MEMORIA DEL AGUA, Obdulio Jiménez
Homenaje a Antonio Jiménez Millán
Era una mañana soleada. Todo presagiaba la calma. Unos días antes, Antonio me escribió un WhatsApp diciéndome que por fin le daban el alta en el hospital y deseaba retomar nuestra comidas y cafés literarios. En ellas hablábamos de la familia, de su nueva actividad como profesor emérito, de sus proyectos, de lo feliz que se sentía en la universidad y lo que disfrutaba impartiendo clases y dando conferencias. Hablábamos sobre nuevos poetas, nuevas formas de poesía o si existía un futuro para la poesía tradicional.
Él amaba la vida. Disfrutaba cada instante. Sabía la fugacidad del tiempo, pero gozaba atrapando cada uno de los momentos vividos en un nuevo poema. En su poesía brillaba el sentimiento y las emociones de la experiencia a través de sus palabras traducidas en bellas imágenes de prosa poética. Siempre infatigable, su labor ingente nunca se detuvo incluso en el propio centro hospitalario donde nos regaló nuevos poemas.
Él se definía como poeta, profesor e investigador de la vida a través de la biología e historia. Era hombre de un nuevo renacimiento cultural. Inteligente, culto y bondadoso obtuvo grandes premios de poesía, comenzando con el premio García Lorca y terminando con el premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.
Ironizaba siempre. Decía que él pudo vivir sólo un mes de la poesía en toda su vida (lo que, a la larga, fue cierto). En sus poemas revivía el cine, el jazz, y sus experiencias en los distintas ciudades y lugares donde vivió. París, Málaga o Granada.
Defendía siempre la musicalidad y la coherencia interna de la atmósfera de un buen poema. Yo le comentaba que sus alumnos eran el mejor club de fans que tenía. Y asentía con su eterna sonrisa. Quiero recordarlo con la intensidad de esa mirada que atrapaba cada instante. Siempre dispuesto a enseñar, ayudar y colaborar. En estas difíciles circunstancias, me hizo un regalo muy generoso con sus extraordinarios comentarios sobre los poemas de mi nuevo libro (aún sin publicar). Libro que, además, completó y engrandeció con un maravilloso prólogo.
Desde hacía tiempo, él sabía que la muerte rondaba cerca “y sientes que la vida se repliega/ y tiene más pasado que futuro”. Así lo avisaba frente al televisor en su poema doce de septiembre. “Nunca buscó certezas. Sí una clara consciencia de los límites.” Escribía en uno de sus últimos poemas.
La clandestinidad en la intimidad de su poemario buscando la libertad. Sus ciudades plenas de experiencias. Su memoria del agua sobre Granada con los dibujos de su amigo Juan Vida o sus noches en París seguirán eternas y nunca caerán en el olvido. Mientras, las jacarandas frente a su casa siguen floreciendo en el paseo junto al balneario escuchando el rumor de las olas.
Ahora, como eterno profesor universitario y en el vacío inmenso que nos deja quiero rendirle un pequeño homenaje con este modesto poema para recordar su magnífica figura docente.
MEMORIA DEL AGUA
Amanece. Una fría mañana de enero.
El sol apenas si calienta el aula.
Subo a la tarima y contemplo
las vacías bancadas
donde ayer los jóvenes miraban
absortos los versos mientras flotaban
como pompas hacia ellos
hasta estallar.
Las sillas, ahora vacías,
refulgen con el sol y crepitan
los poemas del ayer.
Son apenas unos rescoldos
que quedan impregnados
al calor de la memoria.
En la pizarra sigue escrita
la voz que da musicalidad a los versos.
Lorca, Machado y, siempre,
la realidad y el deseo de Cernuda.
Sé que la poesía es la experiencia
que nos descubre el arte
y narra la vida al caminar
solitaria por las ciudades,
atrapada en su realidad mágica,
que impregna el olvido.
Siempre quise conocer.
Sentir que la verdad no se esconde
cuando suena una música por las calles
de Granada, Málaga o París
en el descanso de la luz.
Ahora, todo se vuelve huérfano
en el arte, y en la soledad del aula cerrada,
mientras el sol traspasa la habitación
para convertirse en biología de las emociones
y en historias del olvido
de este frio invierno que se evanesce
por la memoria del agua.