Antonio Jiménez Millán

LAS PALABRAS TIENEN ROSTROS, Lorenzo Saval

Las palabras tienen rostro, lo sé porque al empezar estas líneas una sonrisa muy definida se me aparece en el teclado y no es otra que la del amigo que ya no está. Siento su presencia a mi lado susurrándome recuerdos y emociones. –Te acuerdas, insiste con ese sosiego elegante y calmado que le caracterizaba. Claro que me acuerdo, le contesto, aquí no hay olvido, sólo ausencia.  

En esa primera edición del recuerdo, que empezó hace muchos años, se me aparece Antonio en la terraza de una cafetería de Torremolinos. La oficina de la revista Litoral estaba en un edificio colindante. Me propone hacer una edición sobre Picasso y más tarde coordinar una antología sobre la joven poesía andaluza junto a otros amigos poetas. Después de ese encuentro entablamos una jugosa amistad. Ambos habíamos nacido el mismo año y coincidíamos en muchísimas cosas. El arte, nuestro equipo de futbol, las mujeres y la poesía siempre fueron el motivo perfecto para charlas interminables que terminaban siempre de madrugada. Bebíamos lo que no está derramado. Ron o Ginebra con Coca Cola. Éramos jóvenes y sabíamos mantener el tipo con elegancia, aunque a veces cuando la luz del alba aparecía en el horizonte veía a Antonio subir casi de rodillas las escaleras del jardín de La Tarde, nuestra casa de entonces en Torremolinos, para luego coger el coche, llegar milagrosamente a Málaga y allí seguir hipnótica y lentamente al camión de la basura que parada tras parada lo llevaría finalmente a su casa. Solamente un gran poeta, un hombre prudente, con un enorme ángel de la guarda en el salpicadero podría haber superado una y otra vez ese arriesgado peregrinaje de amistad.

De esos momentos son estos versos aparecidos en su libro Casa invadida en un poema titulado La Tarde.

Así he de recordar aquella casa,

como una balsa a la deriva

siempre a salvo del frío y las tormentas.

Y en esa “balsa a la deriva” que fue La Tarde, hicimos muchísimas cosas. Una casa que tenía una ventana en el techo para ver la luna y que aun hoy retumba en mi memoria en estos versos de Juan Rejano. La tarde es ya mi casa, mi casa transitoria, donde todo es aun joven, hasta las telarañas de los sueños remotos. 

Hicimos juntos una serie de litorales en los que cabría destacar esa edición a Jaime Gil de Biedma, El juego de hacer versos y los números dedicados a la Poesía Catalana y Gallega. Más tarde llegaron Cartas y Caligrafías, Complicidades dedicado a Luis García Montero y Navegante solitario a José Manuel Caballero Bonald.

Hacíamos Litoral cómo y cuándo se podía y de una manera muy precaria. El correo y los tiempos eran lo que eran, no existía internet ni nada que se le pareciese. El proceso era muy lento, Antonio me traía los libros en una maleta con los poemas seleccionados para que se transcribieran. Estos estaban marcados en sus páginas con trozos de papel, que a veces con el traqueteo del viaje se caían y cambiaban de sitio. Esta labor de selección duro años y de esto podría hablar también José Antonio Mesa Toré, cómplice en esta gran aventura literaria.  

Dejándome llevar por esa memoria del olvido, publicamos en aquellos años iniciales, su libro Restos de niebla, en uno de los nuevos suplementos de Litoral y una edición sobre los poemas de Picasso del que era un reconocido especialista.

Entre los libros y cuadernos que tienen en su portada mis collages o mis dibujos me inclino por Inventario del desorden de la colección Visor de poesía donde aparece mi cuadro La gran viajera, pintado a principios de los noventa. Un obsesivo trasatlántico con una señorita sentada en la proa.

De todos los viajes que hicimos presentando la revista, que fueron muchos, recuerdo especialmente el del sur de Francia. Y lo recuerdo porque en Arlés, uno de los pueblos de la Provenza donde Litoral hacía acto de presencia, vivimos una experiencia inolvidable. Nada más llegar, un miembro de la organización nos dejo en un pequeño hotel. Después del acto en que participábamos tuvimos la oportunidad de escapar a nuestro albedrío y conocer divertidos lugares de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. Cuando ya no podíamos más y decidimos irnos a descansar descubrimos en la calle que ninguno de los dos sabía de que hotel se trataba y menos dónde estaba. Caminamos durante horas, perdidos por las calles de Arlés, con un frío que aún me paraliza recordarlo, tratando de encontrar unas banderas que me pareció haber visto en la puerta del establecimiento. Al amanecer, y por pura casualidad, lo encontramos. Las banderas seguían ondeando en la puerta del hotel como las de una fragata a la deriva.

Ese viaje al sur de Francia, me inspiró un cuento, El sueño de la mujer desnuda, que publicó Antonio en la colección Sinera de la Librería Anticuaria del Guadalhorce, y que ahora vuelve a aparecer en la colección La Dragona de Miguel Gómez. Sigue teniendo la misma dedicatoria de entonces: A Antonio Jiménez Millán, perdidos una noche en Arlés.

Y perdidos estamos ahora, más que nunca, sin su presencia.

Con el próximo número de la revista aparecerá un díptico dedicado a su memoria en el que publicamos sus dos últimos escritos.

En el último poema que escribió Antonio poco antes de morir titulado Vida invisible, nos dice, que es mejor irse en silencio, sin dramas ni delirios impostados. Que la vida es ya invisible a cierta edad. Estos versos fueron escritos en el hospital donde se encontraba y hacen acrobacias, como sólo la poesía sabe hacerlo, en el corazón de todos aquellos que le conocimos.

Antonio decía que los poetas reúnen palabras para olvidar la soledad; para quienes fuimos sus amigos, su partida nos deja una enorme y silenciosa soledad.

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