Antonio Jiménez Millán

SEVERO, MA NON TROPPO, Juan Vida

Antonio y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, casi tanto como años tenemos. Nacimos casi en la misma calle y casi en el mismo año. Nos sedujo la misma oración y creímos en la misma utopía. Después, rompimos con todo sin olvidarnos de nada. Antonio es un amigo fiel que se hizo sabio en la calle y en las bibliotecas. En todos estos años nunca ha habido entre nosotros más distancia que la que separa al noctámbulo del que madruga. Y justo ahí, en esas horas intermedias del día, entre su desayuno y mi almuerzo, hemos aprendido a mirar de un mismo modo las viejas fotos viradas al sepia, las veredas desiertas, la tierra quemada, las medianerías como cuadros de Mondrian y las vías muerta del tiempo. También las llagas o el bálsamo de la memoria.

Con los años, las personas de una generación acaban pareciéndose entre sí. Una misma forma de vestir y de hablar, los mismos miedos y la misma vanidad nos igualan por edades o por décadas. Nosotros somos de una generación en la que la historia hizo que nuestro fulgor biológico y el fulgor democrático del país caminaran durante un tiempo de la mano. Fueron los años en los que creímos que el futuro era un papel en blanco sobre el que iríamos dibujando el prodigio de un mundo nuevo, mejor y más justo. Después, el óxido de los días fue creciendo de forma simétrica entre nosotros y la sociedad, hasta llegar a esta incipiente decrepitud desde la que asistimos achacosos a la desintegración de un mundo que alguna vez pensamos incuestionable. De pronto, un mal día, en medio de ese paisaje en declive, el azar dispone su trama y alguien pronuncia lo innombrable y se suspende todo y todo se vuelve pasado, dejándote más vulnerable y necesitado que nunca.

Al terminar la lectura de este libro, uno tiene la sensación de haber hecho un viaje de casi 40 años por un historia lineal y homogénea, en la que la voz reconocible del poeta nos ha ido describiendo con precisión el peso de las brumas de la memoria.

En algunos poemas, Antonio revela las fotos de su álbum familiar desde un presente histórico en el que es a la vez el niño de la fotografía, el adulto que la mira y el hombre que se ve mirando la foto. Es decir, el autorretrato del hombre que se ve-viéndose. Y es que toda expresión artística es, en gran medida, un autorretrato involuntario e inevitable. Diría, si se me permite el término, que auto biológico. La alegría o el fracaso, el dolor o la risa son cosas que le suceden a las personas de carne y hueso en un lugar y en un tiempo determinados. Lo físico y lo ideológico, la enfermedad y la explotación, la Biología y la Historia no se pueden separar del individuo que las vive, del mismo modo que es imposible separar lo que ocurre en el cerebro que piensa de lo que ocurre en la mano que escribe. No hay discordancia posible, todo es la misma cosa, un sistema nervioso evolucionado que se ha cubierto de un cuerpo que vive en un momento concreto en una realidad concreta. Pensar lo contrario equivale a considerar que en nuestro ser y en nuestro estar hay un espacio para las cosas del cuerpo y otro para las cosas del alma.

El dibujo apareció en Biología Historia (Visor, Palabra de honor)

En Línea de sombras hay varios poemas memorables en los que Antonio nos propone atravesar la superficie de un cuadro, como si entráramos con sigilo en uno de esos dioramas de los viejos museos de Historia, para fisgar los secretos que laten al otro lado de la escena detenida para siempre. Estos «cuadros animados» me recuerdan a esos vídeos de Bill Viola en los que los personajes sorprenden al espectador con un leve parpadeo o con un movimiento lento y repetido, como en el delirio de una noche de fiebre.

Los diez poemas inéditos que cierran el libro celebran la normalidad de la vida, completando, hasta el momento, el relato escrito durante años por Antonio Jiménez Millán, un hombre entrado ya en los 60, que ajusta cuentas con el pasado para enfrentarse de forma ventajosa a los amagos de un futuro incierto. Antonio es un poeta esencial, nada retórico y muy culto, algo serio y bastante preciso al que los amigos llamamos fraternalmente «Severo» Millán.

(Texto publicado en Línea de sombras, colección Juancaballos Poesía)

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