Andrés Soria Olmedo

Andrés Soria: la curiosidad intelectual,
por Gracia Morales

Hace muchos años ya de mi primer encuentro con Andrés Soria Olmedo.

Si no recuerdo mal, debió de ser en el curso 96/97, cuando me dio clases en mi último año de Filología Hispánica, en la Universidad de Granada. Impartía la asignatura de Literatura española contemporánea y, además de su conocimiento de esa producción específica, lo que se me ha quedado fijado de aquellas sesiones son los momentos en los que Andrés transitaba, inevitablemente, hacia otros campos teóricos: la mirada tan compleja sobre la noción de modernidad que nos proponía; la implicación de lo literario con cuestiones filosóficas (por ejemplo, el acercamiento tan fértil que nos propuso a la teoría de Paul Ricoeur y sus filósofos de la sospecha); las vinculaciones con otras artes, especialmente la pictórica y musical… Era evidente que Andrés sabía tanto y lo sabía con tanta pasión que le costaba mantenerse en una noción estricta de temario o guía docente.

Tengo grabada en mi memoria una anécdota muy particular. Hubo un día en el que, mientras estábamos en el aula y Andrés explicaba no recuerdo qué tema, empezó a nevar. A través de los ventanales, se veía cómo caía esa especie de algodón, formando, poco a poco, un manto blanquísimo sobre el suelo y en las ramas de los árboles. Él entonces nos habló de Gastón Bachelard y de su poética del espacio. Nos dijo que hay personas que, ante la visión de la nieve, sienten el deseo irreprimible de tocarla. Finalmente, propuso que, quienes quisiésemos, aprovecháramos la ocasión para salir a experimentar esa vivencia. Algunos de mis compañeros y yo misma aceptamos la invitación y durante unos minutos disfrutamos esa percepción sublime del entorno que nos rodeaba.

Sé que, en aquel momento, me sorprendió la actitud de Andrés, porque no era un docente que acostumbrara a saltarse las normas. Lo recuerdo como un profesor muy educado y algo tímido, que, a veces, se quedaba abstraído en mitad de una reflexión, como navegando en su propio mundo interior. Gracias a aquella situación inédita, descubrí una faceta suya más sensible y soñadora.  Me pregunto ahora si no le hubiera gustado también a él levantarse de su asiento y venirse afuera, para poder sentir los copos helados sobre su rostro, dejándose llevar por la ingenuidad y el entusiasmo de un niño grande.

Después de aquel curso, ya establecí con Andrés una relación profesional, en el Departamento de Literatura Española; allí desarrollé mi periodo como becaria pre y postdoctoral y, tras pasar seis años en la Universidad de Jaén, me reincorporé en 2009, como profesora contratada. Durante la mayor parte del tiempo que he estado vinculada a dicho Departamento, Andrés ha ejercido como director, teniendo a su lado, como secretarias, primero a Remedios Morales y más tarde a Encarnación Alonso. Solo algunos años intermedios desempeñó dicho cargo Álvaro Salvador, que contó con Vicente Sabido y después conmigo misma para gestionar la Secretaría.  

A lo largo de todo este tiempo, en nuestro Departamento hemos vivido situaciones bastante complejas y he podido ver a Andrés lidiar en un entorno no siempre amable. En esas circunstancias, de las que era muy difícil salir del todo indemne, valoro, sobre todo, su sentido de la responsabilidad y la capacidad de trabajo que siempre demostró: durante muchos cursos lectivos se prestó a acoger más carga docente de la que le correspondía, con tal de beneficiar al colectivo (a pesar de que él era el catedrático más antiguo y hubiera podido hacer prevalecer ese rango frente al resto).  

Por otra parte, me siento identificada con la visión que tiene Andrés sobre la deriva, cada vez más asfixiante y competitiva (en el peor sentido de la palabra), que ha ido tomando la carrera universitaria. He colaborado con él en la selección de personal para varias plazas y siempre sentíamos el mismo desconcierto y la misma impotencia al tener que aplicar un baremo que, en buena parte, valora los currículums de forma cuantitativa, en lugar de aplicar criterios reales de calidad. En esas ocasiones, durante las largas horas que pasábamos ante el ordenador en mi despacho, nos salvaba el humor: esa fina y punzante ironía tan suya, que he ido aprendiendo a captar, leyéndole entre líneas.

Estoy segura de que, para Andrés, esta profesión que compartimos se basa, sobre todo, en un afán constante por ampliar el propio conocimiento, lo cual no siempre casa bien con la necesidad de cuadrar criterios evaluables por la ANECA o de atender a los índices de impacto. Y esa pasión por aprender se irradia, busca ser compartida. Por eso, un día, por ejemplo, cuando te lo encuentras por el pasillo, Andrés te puede recitar unos versos en inglés o en italiano; o te envía por email un artículo relacionado con una conversación que tuviste con él semanas atrás; y, si pasas por su despacho, es habitual que lo encuentres escuchando algún álbum de música contemporánea, sobre el que es capaz de darte una lección magistral; o si coincidís en un acto cultural, tal vez te recomiende una exposición o una mesa redonda que sabe, a ciencia cierta, que te va a interesar…

Andrés se jubila ahora de sus tareas docentes. En nuestro Departamento, todavía tendremos la oportunidad de disfrutarle algunos años como profesor emérito.  Pero poco a poco irá dejando las aulas.

Estoy segura, en cambio, de que nunca abandonará su curiosidad intelectual.

Porque es, sencillamente, su forma de habitar este mundo.

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