Fotografía en el tiempo,
por Antonio Jiménez Millán
Andrés Soria Olmedo y yo compartimos muchas fotografías a lo largo de seis décadas. Hay alguna de principios de los años sesenta en la que aparecemos los dos con caras de niños buenos -él más que yo, probablemente- en celebraciones familiares, tal vez alguna primera comunión o el aniversario de mis abuelos paternos, que se celebró en el entonces famoso hotel Nevada, en la calle Ganivet. Y es que nosotros tenemos una relación de parentesco, a través de las diferentes ramas del apellido Olmedo: la madre de Andrés lo tenía como primer apellido, mi padre como segundo. Esa vinculación también fue la causa de que coincidiéramos en las caserías de nuestras abuelas Olmedo Herrera, o en la lujosa villa de la Huerta de los Ángeles, al final de la calle Molinos.
Ya no nos vimos tanto en los años adolescentes, cuando Andrés estudiaba en el Instituto Padre Suárez y yo en el Colegio de los Escolapios, pero sí que volvimos a encontrarnos en la Facultad de Filosofía y Letras, al cursar la licenciatura de Filología Románica. A los diecinueve años, curso académico 1973-74, yo fui delegado y me impliqué de lleno en los problemas de la transición política española, formando parte de un grupo bastante compacto a la hora del compromiso y a la hora de la diversión. Allí estábamos Andrés y yo, Javier Martínez Abad, Victoria Orozco, Trini Delgado, Aurora García Galán, Justo García Zavala, Paco Sevilla y, a veces, Alejandro Palacios, un compañero de Jaén que había alquilado una casa de dos plantas en la calle Cruz de Quirós; esa casa se convirtió en lugar de reunión frecuente e incluso la mantuvimos entre varios terminada ya la carrera (1976 y 1977). Éramos asiduos de los bares del centro o de las tabernas del Albaicín, pero nunca faltábamos a las conferencias y recitales que nos convocaban en el Hospital Real, desde José Menese y los grupos más avanzados de jazz o de teatro hasta Louis Althusser, que leyó una conferencia en francés ante dos mil -digo yo- estudiantes y profesores que seguíamos la traducción en folios que convenientemente nos habían repartido.
En la primavera de 1976 tuvo lugar un acontecimiento importante para la cultura en Granada. Andrés y yo, todavía estudiantes del último curso de Facultad, formamos parte de una nutrida comisión organizadora del homenaje a Federico García Lorca que se celebró en Fuentevaqueros el 5 de junio de 1976; allí estaban también estudiantes recién licenciados como José Carlos Rosales y Justo Navarro, profesores de universidad como nuestro común maestro Juan Carlos Rodríguez o Mariano Maresca, que luego tendría un papel muy importante como director de Olvidos de Granada, abogados (Jerónimo Páez, Antonio Jiménez Blanco) y poetas (Juan de Loxa, José Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, José Heredia Maya). Otras fotografías -hechas por Salvador Sanchís Canet, compañero de curso- nos muestran en una pega de carteles por las calles de Granada, todavía con el miedo a los grises que, por fortuna, no intervinieron. Un gobernador civil despótico nos impuso que aquel homenaje sólo podía durar media hora y repartió luego numerosas multas entre los que, según él, se habían excedido. Pero en esos días conocimos a Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Nuria Espert, Aurora Bautista o Víctor Erice, participantes en aquella necesaria reivindicación de García Lorca. Al gran poeta granadino dedicaría Andrés Soria Olmedo muchas páginas de investigación filológica, como veremos.
A partir de octubre de 1976, los dos tuvimos la suerte de entrar en la docencia universitaria, Andrés en la UGR y yo en la Universidad de Málaga, en buena medida gracias a la mediación de su padre, don Andrés Soria Ortega, como profesor de Filología Románica. Precisamente en Málaga hicimos los Cursos de Filología Española, imprescindibles para el doctorado, durante el verano de 1977. Bajo la dirección de Juan Carlos Rodríguez, cuya biblioteca ayudamos a ordenar en ese mismo otoño (yo venía de Málaga muchos fines de semana), leímos los dos las memorias de licenciatura acerca de la obra de Rafael Alberti, y, en 1980, las tesis doctorales, sobre diferentes aspectos de la generación del 27. Andrés fue un lector paciente de mis primeros poemas, escritos entre 1974 y 1976, y a él le correspondió escribir el prólogo a mi primer libro, Último recurso, premio García Lorca en la modalidad de estudiantes, publicado por la Universidad de Granada. Por entonces, nos integramos en el “Colectivo 77”, un grupo de agitación cultural creado por el poeta Álvaro Salvador, nuestro profesor de Literatura Hispanoamericana en la carrera. Aquel prólogo sería el primero de los textos críticos centrados en mi poesía, pues hizo reseñas y artículos sobre libros míos muy posteriores.
Recuerdo que le dediqué un poema -nunca publicado después- acerca del intento de golpe de estado en febrero de 1981. Le envidié, entonces, por estar fuera de España: Andrés se había trasladado a finales de 1980 al Colegio de España en Bolonia, y allí obtuvo el doctorado en Lettere Moderne con su primer estudio sobre León Hebreo (1982); su traducción de los Diálogos de Amor fue publicada en 1996 por la Fundación José Antonio de Castro. En los años ochenta y noventa del siglo pasado, Andrés fue invitado a universidades tan prestigiosas como Harvard, UCLA, New York University y Venecia. En Harvard preparó la edición de la Correspondencia Pedro Salinas / Jorge Guillén (Barcelona, Tusquets, 1992) y desde 1990 desempeñó la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Granada.
Quiero recordar algunos de sus ensayos y ediciones críticas imprescindibles para el conocimiento de la llamada “Edad de plata”. Basándose en su tesis doctoral, publicó Vanguardismo y crítica literaria en España (Madrid, 1988; reditado en 2016 con el título Crítica y vanguardia); en esa línea se orientan sus posteriores colaboraciones con la Residencia de Estudiantes, que profundizan en el alcance del centenario de Góngora (¡Viva Don Luis!) y en el cambio de signo que tuvo lugar al final de la década (Rafael Alberti: Sobre los ángeles). Andrés Soria Olmedo es también uno de los mejores especialistas en la obra de Federico García Lorca. En 1986 estuvo al frente de la Comisión Nacional del Cincuentenario de la muerte del poeta y se hizo cargo de la edición del volumen colectivo Lecciones sobre Federico García Lorca; dirigió después, entre 1993 y 2000, la “Cátedra García Lorca” de la Universidad de Granada, y centró su atención en la obra juvenil lorquiana (Teatro inédito de juventud, Madrid, 1994; La mirada joven. Estudios sobre la literatura juvenil de García Lorca, Universidad de Granada, 1997); organizó después el congreso celebrado con motivo del centenario y figura como uno de los editores de sus actas: Federico García Lorca, clásico moderno (1898-1998). En 2004, las publicaciones de la Residencia de Estudiantes dieron a conocer su ensayo Fábula de fuentes. Tradición y vida literaria en Federico García Lorca, en el que aborda la revisión y puesta al día del ingente material bibliográfico surgido en torno a la obra del poeta granadino. Más reciente es su ensayo Lenguaje de poema: Federico García Lorca (2017), y en el mismo año da a conocer Disciplina y pasión de lo soñado en la editorial Calambur. Decisivo es también su trabajo Las vanguardias y la Generación del 27 (Madrid, Visor, 2007), octava entrega de la antología crítica de poesía española dirigida por Francisco Rico. Pero tampoco se trata de hacer una relación exhaustiva de sus aportaciones.
Sí quiero dejar claro que, desde los años de la carrera universitaria, hemos mantenido una complicidad constante alrededor de la literatura, una especie de trabajo gustoso. Coincidimos en muchos tribunales de tesis doctorales, en congresos, en cursos de verano (en Baeza, sobre todo). Andrés siempre tiene un comentario inteligente o una recomendación oportuna que mejora el trabajo de los demás. Y sentido del humor no le falta. Los dos nos hemos jubilado en la misma fecha, 30 de septiembre de 2024. Como eméritos, seguiremos dando algunas clases. A Andrés le rindió su Facultad un merecido homenaje el pasado mes de octubre (mi caso es bien distinto); ojalá sigamos disfrutando de la vida y de las lecturas.