Andrés Soria Olmedo

Defensa de aquella amistad,
por Luis García Montero

A Juan Manuel, maestro de la duda.

La ciudad prometida que se llamaba noche
tuvo dos argumentos para buscar la luz.
Cuando Javier venía escondido en su risa,
la inocencia y el fuego arañaban las copas.
Antonio trajo entonces un sol para noctámbulos.

En aquellos inviernos de nubes escolásticas,
los reunidos pactaban las lluvias de verano.
Juan Carlos, el teórico, descubría dos versos
en los malos poemas y en las buenas canciones.
Mariano conspiraba a favor de la ópera.

En aquella ciudad, en aquella insolente
ciudad de la alegría recién inaugurada,
Álvaro deshojó los ritos del futuro
y la palabra hoy, Juan tenía en sus ojos
el olor a pintura que necesita un sueño.

Las ciudades se pliegan, se despliegan, suceden
y se abren nocturnas, como fotografías,
a través de los hechos, las desapariciones,
existiendo dos veces, temblorosas, verbales,
a la luz del pasado y a los pies de la vida.

No sé qué más. El tiempo de los días siguientes,
como Andrés, se hizo largo en una biblioteca.
Siempre fue de mal gusto cerrar antes de hora.
Ciudad de los olvidos, la fábrica del Sur,
conmigo vas, mi corazón te lleva.

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Olvidos de Granada
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