Tiempo al tiempo,
por Antonio Monegal
Jaime Gil de Biedma decía que, con los años, al hacernos mayores, no perdemos los amigos, pero los dejamos de ver. Cito de memoria, así que las palabras seguro que no son exactas. Es la típica situación en la que me vendría muy bien la ayuda de Andrés para recordar. Su saber es amplio, curioso y sobre todo generoso, pronto a desbordarse hacia el otro. Mi amistad con Andrés está hecha, como supongo que la de otros, de retazos: conversaciones y risas, copas y cafés, encuentros, largos o fugaces, en Cambridge (Massachusetts), Los Ángeles, Nueva York, Lexington (Kentucky), Granada, Madrid, Ciudad de México, Venecia, Frigiliana, y algunos rincones más que he olvidado. Bajo la sombra benéfica del añorado Claudio Guillén y la físicamente más lejana pero no menos sentida de Federico García Lorca, que cosió tantas complicidades y a la que luego él se vinculó, gracias a Laura, con lazos más estrechos. Aunque cuando nos conocimos, la primera vez que coincidimos en Harvard, nos convocaban otros poetas: él preparaba la magna edición de la correspondencia entre Jorge Guillén y Pedro Salinas y yo había llegado para escribir una tesis sobre Luis Cernuda, proyecto que abandoné. Mi fidelidad a Cernuda perdura hasta hoy y es quizás más íntima, aunque sólo le haya dedicado un par de artículos. Aquello en lo que más trabajamos no siempre es lo que mejor representa quiénes somos, aunque en Andrés sospecho que sí se da esta armonía.
Nos llevamos pocos años, sin embargo, siempre ha sido más sabio que yo. Me beneficié tempranamente de su ensayo Vanguardismo y crítica literaria en España (1910-1930), indispensable aún hoy para cualquiera que se interese por aquellas dos décadas prodigiosas a las que también me asomé en la primera parte de mi carrera, sobre las que ayuda a deshacer diversos malentendidos. Son también memorables sus reflexiones sobre el dispositivo de las antologías, a propósito de la de Gerardo Diego, que preceden su propia y valiosa labor de antólogo, informada por aquel bagaje teórico. Cito estos libros iniciales porque muestran la fuente de donde sale el valioso caudal que les siguió, pero no he emprendido estas breves líneas con intención de recorrer la producción académica de Andrés que, a pesar de su innegable mérito, no es de entre sus virtudes la que aquí quiero subrayar, ni la que hizo que fueran un lujo aquel encuentro y la frecuentación que siguió (por desgracia ya menos habitual). Descubrí entonces el extraño placer que se deriva de leer a los amigos y aprender de ellos, al igual que me ocurrió con otros compañeros de viaje de la misma época, Enric Bou, Christopher Maurer o Mario Hernández, como si la conversación de sobremesa se extendiera a la página impresa. El goce de la camaradería se une al íntimo orgullo de estar rodeado de gente a quien uno admira. Cuando uno se hace mayor, ya no incomoda formar parte de la pandilla de los empollones. Siempre he dicho que uno de los privilegios de esta profesión, cuando la suerte acompaña, es la oportunidad de codearse con gente interesante, que te estimula intelectualmente, y en este elenco Andrés ocupa un lugar destacado.
He mencionado su generosidad con sus muchos conocimientos, y de ello puede dar fe cualquiera que se haya asomado a ese pozo sin fondo. A Andrés no le interesa la competencia, ni el medrar, sino el arte de la conversación y compartir. Sin haber sido estudiante suyo, he podido apreciar su manera de darse en la palabra, discretamente, sin pedantería ni condescendencia. A mí me encaminó hacia el tema de mi tesis, cuando más perdido estaba, después de recibir un jarro de agua fría. Tras renunciar a la idea de centrar mi investigación doctoral en Cernuda, por motivos que no vienen al caso pero que algo tienen que ver con las indagaciones de Andrés en aquel epistolario de la Generación del 27, decidí estudiar las adaptaciones al cine de obras literarias españolas. Entonces, un reputado experto, el director de la filmoteca de Harvard, me dijo que para demostrar que el libro era mejor que la película no hacía falta otra tesis doctoral. Tras este chasco, en una charla mano a mano en el Café Pamplona de Cambridge, que recuerdo como si fuera ayer aunque han pasado casi cuarenta años, Andrés me sugirió buscar un director cuyas películas superaran o dieran la vuelta a la obra original, como ocurre con Alfred Hitchcock, y me encaminó hacia Luis Buñuel, a quien dediqué mi tesis. Se lo he agradecido múltiples veces y lo reitero aquí, a pesar de que él insiste en quitar importancia a esta deuda. Como esta pequeña anécdota, que reúne generosidad y modestia, otros amigos suyos deben evocar muchas. Una vida dedicada a la investigación me ha enseñado que es el humor lo que une a las personas. Ocurre en las relaciones amorosas, pero no menos en la amistad. Es imperdonable aburrirse con un amigo, pero, incluso cuando ocurre, uno sabe que seguirá el momento de reírse juntos. Todo va de complicidades, esa secreta e inexplicable conexión que nos acerca entre humanos y puede conducir al crimen o a la dicha. Es lo que justifica el viejo tópico de que, aunque la separación sea dilatada, uno se reencuentra como si se hubiera visto ayer. Ahora nos vemos menos que en otras épocas y se echa a faltar. Ha pasado el tiempo, pero la memoria regresa con facilidad a aquella desenfadada juventud. Homenajes como el que le dedicamos a Andrés están hechos de la materia del tiempo: pasa éste y toca mirar atrás, si la fatalidad no dicta que uno se quede por el camino. Dándole tiempo al tiempo, llegamos al momento de celebrar al amigo y la amistad. En aquel entonces, cuando éramos jóvenes, no lo pensábamos, no sabíamos que recordaríamos.