Andrés Soria Olmedo

La habitación propia de Andrés Soria Olmedo,
por Gabriel Cabello

La sensación era la del espectador que llega algo tarde. Aunque quizá valga más decir que llegamos en realidad en el momento justo, cuando todo aquello parecía deslizarse cronológicamente hacia el pasado al tiempo que sus efectos se espesaban como presente, como la atmósfera cultural en la que se habían ido tejiendo, en la que aún se tejían, nuestros propios afectos. El subsuelo sobre el que descansaban nuestros caminos era ya indisociable de los años en que una ciudad atravesada por el más laberíntico de los imaginarios —y por la más sorda de las brutalidades— se había abierto definitivamente a la modernidad. Y que lo hizo, además, proponiendo algo específico, identificable y que nos identificaba a ojos de los demás. Recuerdo haber asistido, en noviembre de 1997, a uno de los actos del ciclo Los martes de la Cuadra Dorada, que en la Casa de los Tiros organizaba José Antonio García Sánchez. Juan Carlos Rodríguez conferenciaba sobre Habitaciones separadas, el libro que en 1994 había dado el Premio Nacional de Literatura a Luis García Montero, quien lo acompañaba. Habló del cómo que, en los poemas, articulaba el cruce del espacio y el tiempo —el rincón y el año que combinó Huidobro—; de la mano que traza mediante la escritura un viaje que alarga el espacio que nos aprieta, que esboza el recorrido de un exilio donde, como en el poema emblemático sobre Jovellanos, se procura una libertad que no se tiene, que debe conquistarse. García Montero no pudo evitar, y así lo dijo, emocionarse durante el acto; y se definió públicamente como una persona de grupo (cada cual —añadió— que interprete lo que quiera).

Aquel poema, El insomnio de Jovellanos, era seguramente la condensación más precisa de lo que hace un par de años Andrés Soria Olmedo desarrolló como propio del optimista melancólico García Montero. Es decir, no abandonar la creencia en la historicidad de la literatura y de las emociones, pero sin desentenderse ni de las contradicciones generadas en la configuración verbal específica que es el poema, ni de las modulaciones del trato del yo con una esfera pública transformada. Era allí, en algún recoveco de esas modulaciones, donde debía subyacer la ciudad que el poema Defensa de aquella amistad no dejó, una vez más, de articular según un movimiento temporal:

Las ciudades se pliegan, se despliegan, suceden
y se abren nocturnas, como fotografías,
a través de los hechos, las desapariciones,
existiendo dos veces, temblorosas, verbales,
a la luz del pasado y a los pies de la vida.

Y por allí, por alguno de esos pliegues, debíamos transitar también nosotros, habitantes de la ciudad que se despliega a la luz del pasado y a los pies de la vida. Solo que los pies de la vida parecían haberse desplazado un tanto con respecto a lo sucedido dos o tres décadas antes. Nuestro mundo, al filo del cambio de siglo, era ya el de las becas erasmus, con su inevitable mezcla de banalidad y bendición, y era, también, el de la explosión de la videocultura. Muy pronto iba a ser el de internet. Era, en suma, el mundo de la espacialización del pensamiento que había diagnosticado Jameson. Y en él nos tocaba, a nosotros, intentar decir yo soy. Juan Carlos Rodríguez había escrito que la historia debía dejar de ser el discurso del no (frente al que, para Gadamer, la obra de arte nos impele siempre a pronunciar): había que decir a la historia, asumir la historicidad de las emociones para construirlas de otro modo —lo que equivale a construirse a sí mismo de otro modo— mediante artefactos culturales. Solo que para él no tenía mucho sentido preguntarse por el destino de la percepción en un mundo donde la circulación de imágenes en tiempo real parecía arrasar con las categorías fenomenológicas. Inevitablemente, la cosa no podía ser igual para un historiador del arte, aunque seguramente lo único bueno del libro que mal que bien logré pergeñar al respecto fue respetar su origen situado, asumir que lo importante era la incidencia de aquella circulación en nuestra experiencia efectiva. Andrés Soria Olmedo fue uno de los primeros lectores de aquel libro, y huelga decir que la cosa me sorprendió enormemente. Él era un formidable erudito, y no era lógico que perdiera su tiempo con algo definitivamente menor. Claro que entonces yo no sabía lo que, sin embargo, era vox populi en Granada: que Andrés había sido uno de los primeros lectores de casi todo. Y que la primera piedra del edificio intelectual a cuya construcción él ha consagrado sus días ha sido siempre la palabra lectura.

En Defensa de aquella amistad, justo después de los versos citados, la figura que aparece es precisamente la de Andrés: No sé qué más. El tiempo de los días siguientes,/como Andrés, se hizo largo en una biblioteca. De nuevo hay aquí un como, de nuevo otra articulación del tiempo y el espacio, del rincón y del año. El tiempo que se alarga en el espesor acumulado en las bibliotecas es el tempo de Andrés. Uno podría imaginarlo entre los papeles, la música, los objetos de su escritorio y su habitación, alojados en ella, por decirlo a lo Bachelard, tanto recuerdos como olvidos. Si no fuera porque, para él, todas las bibliotecas del mundo son de algún modo su cuarto. El año que viene o me vengo aquí o me tiro por el cubo de la Alhambra, había escrito Lorca a sus padres en la primavera de 1919, desde Madrid. Lo citaba Andrés en el catálogo de Una habitación propia, la exposición con la que quiso homenajear a la Residencia de Estudiantes, y que tiene como hilo conductor el deseo de Lorca de disponer de ese cuarto tan agradable que tengo muchas ganas de escribir y estudiar solo con estar en él, y en el que llegó a recibir la visita de medio Madrid, aunque para ello fuese transformado en una cabaña en el desierto o en una balsa de naufragio, desde cuyas ventanas él y Dalí gritaban pidiendo auxilio. Andrés no se fue a Madrid (por más que, temporalmente, haya enseñado en Nueva York, en Boston, en Venecia), ni tuvo, menos mal, la ocurrencia de tirarse desde la torre de la Alhambra. Andrés, por el contrario, cultivó ese tiempo largo de su cuarto en Granada, y ha conseguido que le acompañe, como su ritmo propio, a todas partes.

En los años noventa hubo mucha actividad en torno a las vanguardias españolas, y uno, investigador primerizo, hizo acopio de lo que pudo: catálogos de exposiciones; facsímiles de revistas; el impresionante Diccionario de Bonet. Sabía, no obstante, que ya en 1981 se había defendido en Granada una importante tesis doctoral sobre el tema, que leí en la edición de Istmo de 1988, donde Andrés recorría la vida de las revistas literarias de las vanguardias asumiendo la ambigüedad de estas, el nudo que la conciencia de la propia historicidad formaba con la entrada al mercado. Pero solo fue aquel libro mío tan poco ortodoxo el que me dio acceso a lo que yo hubiera deseado obtener por vías más apropiadas: a la apabullante erudición y, supongo que puedo decirlo, a la amistad de Andrés. Desde entonces, mi trato con él ha sido a todas luces injusto, pues son muchas las veces en que, ante la perspectiva de escribir sobre Picasso, Ortega o, por supuesto, Lorca, le he pedido consejo —las veces que, sin pedirlas, he recibido sugerencias provechosas son ya difícilmente cuantificables—. Pero su generosidad lo ha puesto fácil. Su generosidad y, por qué no decirlo, su interés, tan lorquiano, por el arte más allá del lenguaje verbal, bien compaginado con aquello que Jorge Guillén, con cuya expresión lenguaje de poema Andrés ha titulado su último libro, defendía frente al uso del indefinible término poesía: Digamos “poema” como diríamos “cuadro”, “estatua”. Todos ellos poseen una cualidad que comienza por tranquilizarnos: son objetos, y objetos que están aquí y ahora, ante nuestras manos, nuestros oídos, nuestros ojos.

Seguramente, lo primero que se fijó en mi memoria de aquel libro de Andrés sobre las vanguardias fue el poema de Moreno Villa con que se abría: Jacinta; Picasso; los dineros por arte. Hoy le leo que también en Moreno Villa está el ritornello del cuarto: de la casa malagueña a la Residencia de Estudiantes y, sobre todo, al cuarto plural que imagina, en el barco que le traía de vuelta en 1927, como el que marca el pulso de un país culturalmente entusiasta. «En realidad, nadie se da cuenta de lo que pudo influir en los otros», escribió, a propósito de su relación con los más jóvenes de la Residencia, en Vida en Claro. Ignoro hasta qué punto Andrés es consciente de su influencia en tantos de nosotros. Aunque, en el fondo, tanto da. Lo único esperable es que siga añadiendo espesor a esa habitación propia que tantas veces se alarga hasta acogernos.

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