Andrés Soria Olmedo

Gracias, Maestro,
por Encarna Alonso Valero

Es difícil resumir casi 30 años en unas pocas líneas e intentar que quepa en ellas un magisterio como el de Andrés Soria Olmedo.

Tengo un recuerdo curioso de la primera vez que lo vi, sin saber quién era. Fue en una conferencia que se celebró en la facultad, yo era estudiante en alguno de los primeros cursos de la carrera. Andrés estaba entre el público y lo recuerdo por su pregunta y por los comentarios que hizo. Creo que hasta tomé notas de su intervención. Un par de años después, cuando lo vi entrar en el aula, ya como mi profesor, me resultó familiar y la imagen me vino de repente a la cabeza. Pensé: “Este es el señor de la conferencia aquella”. No es fácil que alguien te impresione hasta ese punto en tan pocos minutos.

Eso fue en el año 96. Yo cursaba el cuarto año de la antigua licenciatura de Filología Española y fue mi profesor en la asignatura (entonces eran todas anuales) Novela española moderna y contemporánea. Era una optativa que siempre me agradeceré haber escogido. Andrés tenía entonces una gran barba y nos dio una lista larguísima de lecturas. Resulta difícil explicar la impresión que para una alumna que, como yo, venía de un lugar social muy lejano a la universidad, suponía verse dos días por semana ante un profesor con la erudición de Andrés Soria.

Fue en esa época cuando empecé a leer sus trabajos: los primeros fueron Federico García Lorca y el arte (todavía tengo subrayadas y anotadas esas fotocopias) y un artículo sobre Muñoz Molina al que llegué porque en la lista de lecturas obligatorias de la asignatura estaba Beatus ille. De sus clases salí con la firme determinación de aprender idiomas (en cuanto pude, estudié francés, inglés y algo de alemán), con una lista casi inabarcable de títulos que quería leer y con montones de notas sobre arte y literatura europea (alentada por sus clases, me pasé ese verano leyendo Los novios de Manzoni y a Jane Austen). Se percibían claramente en sus clases el amor por la literatura y el disfrute de leer, y nos los transmitía.

El curso siguiente nos estuvo enseñando literatura del siglo XX. Fue el año del centenario del nacimiento de Lorca y nos animó a asistir al congreso internacional que organizó y cuya celebración coincidió con el final de curso. El año anterior, en la asignatura de novela, le había entregado un trabajo sobre Juan Marsé que no le debió de parecer mal porque me puso buena nota; por eso, y porque otro compañero y yo nos estuvimos picando para ver si nos atrevíamos o no, presenté una propuesta de comunicación, convencida de que no llegaría a ninguna parte. Cuando le contamos a Andrés nuestra idea, nos animó a llevarla a cabo y nos insistió en que lo intentásemos. Nos la aceptaron tanto a mi compañero como a mí: él dio su comunicación con aplomo y disfrutando el momento; yo aterrada, sin que me saliera la voz del cuerpo y con una tensión que me provocó un dolor en el cuello que me duró días. Ese fue mi primer trabajo no estrictamente escolar y mi primera incursión en la investigación, una comunicación sobre los Sonetos del amor oscuro que luego se publicó como capítulo en el volumen de actas del congreso.

Lo que intento transmitir con estas anécdotas es que Andrés es un profesor que siempre te hace querer saber más, te impulsa a buscar y abre mil caminos a la curiosidad. Fue así en ese comienzo y en todas las ocasiones que hubo después, en la asignatura que me dio en el doctorado y cuando tuve la suerte de que me dirigiera la tesina y más tarde la tesis.  Para la tesina me animó a estudiar a Nietzsche y a trabajar sobre la importancia de su filosofía en la poesía española de los años 20 y 30 (me impresionó mucho su artículo Me lastima el corazón: Federico García Lorca y Federico Nietzsche, que fue la base desde la que partí para mi trabajo). Ahí se me abrió un horizonte cuya importancia me resulta difícil explicar y en el que me animaba permanentemente a explorar, siempre desde una absoluta libertad. Lo mismo ocurrió en mi tesis, cuya idea también fue suya. De esos años conservo una montaña de fotocopias, subrayadas y anotadas, de sus trabajos sobre García Lorca, el 27 y la Vanguardia.

Con el tiempo, ese esquema se ha ido repitiendo: Andrés me sugería un tema que le parecía interesante, un título que podía aportar algo importante, un posible hilo del que tirar; yo iba ahí a mirar y se convertía en algo fundamental para mi trabajo y hasta para mi visión del mundo.

Para escribir estas líneas he buscado cuántos libros escritos o editados por Andrés tengo en casa: son más de una veintena, y eso que no los tengo todos aquí. Muchos están llenos de folios con notas, con frecuencia de comentarios que él me había señalado o con  sus sugerencias. Y siempre tengo a mano Fábula de fuentes o su antología fundamental de las Vanguardias y el 27 (he perdido la cuenta de las veces he leído el prólogo).

Cuando llegué a París como investigadora postdoctoral, varios de los hispanistas más importantes de Francia me preguntaron por Andrés con admiración. Una de esas investigadoras me dijo que seguro que íbamos a trabajar muy bien juntas porque las dos teníamos a Andrés Soria como referente. Es algo que, de una forma u otra, siempre se ha repetido: al saber que venía de Granada, me han preguntado por él allá donde he ido y en los eventos académicos en los que he participado. Una vez, después de intervenir en un congreso, una profesora que estaba en la misma mesa que yo me dijo, tras hacerme un comentario elogioso sobre mi ponencia: “Se nota de quién eres”. No estaba segura en aquel momento de merecer esas palabras y sigo sin estarlo, pero reconozco que me sentí muy orgullosa.   

Después, los años nos han traído mucho trabajo y muchos caminos en común, entre ellos un MOOC sobre García Lorca que ya lleva ocho ediciones y largos periodos de trabajo de gestión, que inevitablemente forma también parte de las labores universitarias. En definitiva, casi 30 años (me da vértigo escribir la cifra) con el privilegio de su amistad y su magisterio.

Estoy segura de que se sorprendería si supiera la cantidad de ideas suyas y de referencias sobre muy distintos temas (de Petrarca a la poesía actual, de la música a la historia del arte) que a lo largo de los años ha guardado mi memoria. Recuerdo también muchas conversaciones sobre libros que no tenían que ver con el trabajo sino con el gusto por la literatura: sobre qué estábamos leyendo en ese momento, sobre una novela o poeta que nos había impresionado. Al escribir estas líneas, me ha venido a la cabeza una charla por teléfono, durante el confinamiento, sobre La amiga estupenda de Elena Ferrante, que me había impactado y que él había leído en italiano. No sé muy bien cómo, acabamos hablando de Harry Potter: creo que ha sido la única vez en mi vida que he tenido la sensación de saber más que él sobre algo. De esas conversaciones siempre me ha llamado la atención cómo su curiosidad puede llegar a cualquier tema.

Sería muy complicado hacer un esquema rápido de sus virtudes como profesor e investigador, pero intentaré mencionar algunas: erudición rigurosa (y apabullante); conocimiento actualizado de la bibliografía, nunca entendida como un peso muerto sino como algo vivo que siempre ayuda a comprender el objeto de estudio, a saber necesariamente más; enorme cultura en sentido amplio; gran capacidad para establecer relaciones, también para ordenar ideas y datos; talante generoso y abierto a la hora de leer y situar los textos. No sé si se debe a que no he perdido del todo algunos reflejos de alumna o quizá simplemente a que la admiración a veces me abruma un poco, pero todavía me pongo nerviosa cuando tengo que dar una charla de trabajo delante de Andrés o cuando lee algo mío, a pesar de que somos, desde hace ya mucho tiempo, amigos y (perdónenme la presunción) compañeros. Su presencia constante ha sido el mayor privilegio de mi vida académica y uno de los grandes privilegios de mi vida en general. Con su jubilación se cierra una etapa en el departamento de Literatura Española y me atrevo a decir que una idea y un modelo de universidad. Gracias por todo lo aprendido y lo vivido, maestro.

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