El cristal con que se mira

Juan Vida

Muñecas de trapo

Luis Carlos Nieto

La conciencia es una materia difícil de gobernar. Imagino que también de pintar. Las imágenes de Juan Vida son inquietantes, activan conciencias. Detrás de lo cotidiano hay algo que paraliza cuando te detienes en ellas.
Nada de lo que hacemos es inocente, como se puede ver en la serie sobre  migraciones, donde sientes que te vas introduciendo en un territorio incómodo, lleno de sensaciones contradictorias. Por eso el instinto te lleva a taparte la cara y encuentras que el pintor se ha tapado los ojos con cuchillas o ves las manos negras inanimadas que no dejan ver al ciego, asfixiante autorretrato.
En una de las imágenes un hombre extenuado (uno o miles) se arrastra por una playa. Todavía le queda una prueba, un salto. Cultura de la frontera. Su salto le sacará del cuadro, ya no será del pintor, se saldrá del trozo de espacio que le vino asignado. Frente a esto, marco de alambre, ahora con cuchillas, como la valla que han puesto en Melilla. Alambre de concertina, curioso nombre, monumento a la indecencia.  Si África tiene hambre pues que coma cuchillas dice esta obra de ingeniería macabra.
Pero lo que nos demuestra Juan Vida es que  los filos ya existían dentro de la frontera, como la cuchilla que come la mujer en otra imagen impresionante o la de la maquinilla que deja sin palabras o  la que corta un pecho.
El último cuadro de la serie tiene flores como cuchillos y dos niños envueltos en un sudario como muñecas de trapo. El arma que los mató tiene la culata móvil para que la puedan usar todos los niños del mundo, ingeniosos fabricantes. Imagen impecable, muñecas de trapo para simbolizar la muerte, para condenar la guerra.

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