Los días con provecho
y Los veranos, el verano, por Juan Vida
Los días con provecho
A Quisquete y a Javier Egea
Teníamos la vida por delante y el mundo parecía estar hecho a nuestra medida. Las horas, los días, los inviernos y los veranos ajustaban su paso al ritmo voraz de nuestra marcha.
Eran los años en que aprendimos a ser artistas y ciudadanos.
En las mañanas de verano, Luis pasaba por mi casa y rápidamente nos lanzábamos a la calle. La primera meta volante la teníamos en Servigraf, una imprenta que era también nuestra sede permanente. Después, recogíamos a Quisquete en su oficina de la Plaza de la Romanilla y pasábamos el control de avituallamiento con Mariano en la cafetería Goya. De vuelta, cumplíamos visita a nuestros héroes marginales del mercado de San Agustín: un aprendiz de unos sesenta años que tenía una oreja más grande que otra; el Perejilo, que durante un buen tiempo arengó a las hordas a comerse vivo al traidor de Jesús de Nazaret, y de forma muy especial a Miguel el Guardacoches, por el que sentíamos verdadera admiración. Dejábamos a Mariano en su Facultad, a Javier en su oficina y Luis me dejaba a mi en el estudio, pintando hasta la hora del almuerzo. Sobre las cuatro de la tarde acudíamos puntuales a la Piscina Granada, en donde ganduleábamos aproximadamente hasta las ocho, hora en que volvíamos a casa para vernos más tarde cenando en El Tiro o en el Tollín y las copas consecuentes en El 32, el Avellano, el Planta Baja o en La Tertulia.
Así rodaba la rueda de los días.
Pero a pesar de toda esa indolencia, del Tour de Perico Delgado y de las motos de Sito Pons, tuvimos tiempo de escribir Tropo Mare y El Jardín extranjero, de pintar Iré a Santiago, de inventarnos la colección Maillot Amarillo y de que Mariano nos descubriera los secretos de Passolini, de Bola de Nieve y de la Ópera.
Respirábamos el mismo aire, entendíamos el mundo de la misma forma.
Durante los cinco años que siguieron a la muerte de Javier, cada 29 de julio me dirigía temprano al cementerio para dejar un libro suyo sobre el mármol de su tumba, con la esperanza de que alguien siguiera viviendo en sus versos el compromiso con ese «pequeño pueblo en armas contra la soledad» que fue para él la poesía. Es decir, su propia vida.
(Ideal de Granada, julio 2009)
Los veranos, el verano
Los mejores recuerdos suceden siempre en verano. El verano eterno de las horas sin tiempo de la infancia; el de la adolescencia, lánguida y hormonada; el de la juventud vigorosa a la sombra de los altos álamos. Los veranos luminosos de cloro, cobalto y piel; síntesis de la vida misma, ida y vuelta, fulgor y muerte en ochenta días.
Con el paso de los años, los recuerdos se atropellan como en un trávelin de fechas imprecisas. Si acaso, se agrupan sin orden en décadas o en edades biológicas, olvidando y reconstruyendo el pasado según convenga. Por ejemplo, los ochenta son para mí un largo verano de diez o doce años vivido en compañía de un grupo estable de amigos junto a los que me formé como ciudadano y como artista. Eran los años del músculo y del comienzo de todo, porque todo estaba por hacer. También el amor. Un largo verano que emerge de un álbum de fotos felices, en las que se repiten los mismos rostros de jóvenes sonrientes. El rostro de Javier Egea, con su gorra de marinero de caseta de feria; el de Luis, ligeramente distraído contando sílabas; el de Mariano, con su cosmogonía del saber plegada y desplegada en sus revistas; el rostro de María José, terso y distante, no sé si enamorada; el de Mari Carmen, ligeramente melancólico y a punto de enfadarse. Y también Bárbara, Irene, las titas y los primos Arredondo y la Boni, una perra callejera que anidó para siempre en mis cuadros. En algunas fotos de aquellos veranos se aprecia un aire como de siesta o duermevela, que estaría muy presente en mis obras de entonces. En otras fotos anteriores, las de los primeros ochenta, el ambiente es decididamente explosivo y feliz. Unas y otras reflejan con precisión el tránsito de la euforia al desencanto de aquellos años, que tiene su expresión más nítida en ciertas fotos y dibujos del final de la década en las que aparecen con un protagonismo desolador las ruinas del pasado industrial y algunos edificios de los suburbios fronterizos con la Vega de Granada.
(Granada Hoy, agosto 2018)