El padre de la horda y la cabeza de turco

Sergio Hinojosa

La alteridad como desecho: “Los vamos a cazar”

Ese Otro irreductible al principio de placer, externo al espejo narcisista; eso que podemos denominar alteridad, malcuajada en el Uno imaginario. En la dialéctica narcisista no se encaja más que como síntoma o acto. El semblante hortera de Trump no deja de hacer guiños a ese Uno. Pero aquí el acto está localizado por el dedo acusador y no responde a un proceso espontáneo en las relaciones humanas, sino a un constructo organizado por la fake-newsfera comunicativa. Temor, sumisión e identificación a los emblemas del padre imaginario van unidos, por más que el padre ofrezca un semblante imposible y ridículo. Hay quienes remedan ese Otro para hacerlo creíble y fortalecer el lazo que permite la “acción”. Y con desvergüenza, y el más refinado cinismo, cubren de gloria su ridícula promesa y su siniestra presencia acusadora. Lo malo es que Trump no inspira sólo autoafirmación neurótica y fascinación a sus seguidores, sino miedo real a todos porque ha accedido a un poder descomunal y real.

  Al afecto que produce el temor a dicho elemento externo, que nos obliga cuando somos niños ―y a los adultos encadenados al yugo del padre de la horda cuando se hace presente el padre terrible―, lo llama Freud “soziale Angst”. De manera que hay presencia amenazante, y por eso hay ajuste al mandato. ¿Siempre? Afortunadamente no. Pero hay que tener cuidado con la atmósfera que se crea, pues si cunde la idea de la omnipotencia del padre terrible, los cofrades se sentirán omnipotentes también y cambiarán su miedo por odio. Así, la cabeza de turco estará servida. Y con esta velocidad del acontecer, todos podemos perderla como Holofernes en un momento determinado, es decir, cuando el capricho del padre de esta horda de sumisos envalentonados nos apunte con el dedo.

Este análisis de la dependencia del Lust Ich, del yo primitivo del placer que sólo reconoce la amenaza exterior y por eso se somete, lleva a Freud al análisis de esa compacticidad imaginaria de las formaciones de masas. Si no hay ley interiorizada, si no hay Super-Yo (en el sentido de la muerte del padre) o deseo en nombre propio, hay autoridad externa y sometimiento ante la amenaza de castración, que en la fase fálica aparece como miedo a la “pérdida de amor”.  

La pérdida de amor en los hermanitos/as de la horda primitiva es la pérdida del lazo que mantiene la ficción en pie. Ficción o mundo vivido en nombre del otro, es una composición ajena, apropiada por identificación y, por tanto, siempre al borde del desamparo (Hilflosigkeit). Aquí, la identificación imaginaria al semejante, en el supuesto amor, en la supuesta amistad, camaradería, etc., permite al sujeto, coagulado como cofrade, no sólo sostenerse como ser deseante en el juego de miradas, sino apropiarse de los emblemas del ideal (soy como él, o como ella porque tengo lo que el otro, el rival, no tiene: falo) y ofrecer a la pulsión de muerte una localización “afuera”, en el exterior, en donde se ha arrojado lo displacentero. Fenomenológicamente se ve en ciertos usos y costumbres como las celebraciones multitudinarias de hermanamiento cofrade, o en las pequeñas agregaciones que unen sus mimbres para hacer frente al escaso compromiso de ir a hablar con el profesor, o aproximarse al jefe, o al presidente del partido. En fin, muchas y variadas son las formas en la reflexión de imágenes en espejo, urdidas para evitar el peligro de la castración, es decir, se intenta evitar de diversos modos la emergencia de la falta, del vacío y la inermidad sobre la que se eleva nuestra estatura..

Pues bien, para los encadenados/as a ese goce del que no se pueden o quieren despegar, pero que les hace sufrir, hay una vía de escape. La pulsión de muerte puede dirigirse al exterior. Sólo que a costa de encontrar una causa de todo mal. Esa causa, que señala el dedo del dictador, puede fabricarse a gusto del cliente, de modo que la experticia partidaria puede generar un odio pret à porter localizando en el discurso una víctima propicia. Los gentiles lo hicieron artesanalmente y eligieron a la comunidad cristiana a partir de San Pablo, los burgueses sirvieron de diana a los comunistas, los judíos a los nazis, los comunistas sirvieron de causa-excusa a las dictaduras europeas y latinoamericanas, y los emigrantes sirven al actual ultranacionalismo. La neurosis está muy bien repartida, tanto como el padre de la horda primitiva; un Trump, o una Ayuso salvando las distancias, semblantes que parecen hablar en nombre propio ―por más que sus asesores les soplen a la oreja―, aguantan el p/falo tieso del ideal y de la porra. No es el semblante de un mandado, no es la orden de un funcionario, ni la sugerencia de un colaborador, es el mandato de un único. De modo que ese Uno (no es masculino ni femenino, es falo) puede ejercer de padre de la horda, prometedor y terrible. Y erigiéndose Uno sirve de atracción fatal para quienes espejean y giran en torno al falo, al objeto de deseo del Otro sin alcanzar satisfacción más allá de su espejo.. ¿Qué niño más mono!, ¡Qué niña más lista! ¡Qué tío con más coj..! Y toda la serie de lindezas que rodean y fijan ese objeto, en el que se convierte el/la paria de turno. 

Él también fue, y sigue siéndolo. Flequillo al viento y decidido, hace frente a la historia, pavoneándose en relato breve, muy breve, tipo “Elon X”. También quiere mirar al infinito como los profetas, pero le sale la mirada de tendero desconfiado. Y arrastra con su bravura de niño consentido a su “pueblo”, que no sabemos si es el de Palo Alto o el de Silicon Valley. Y de ese “pueblo” se encarga la ingeniería social, para emborronarlo con argucias y atiborrarlo de mentiras. Argucias salidas de los Think Thank de los republicanos más soeces, aquellos más cínicos que saben cómo hacer comulgar con ruedas de molino a ese “pueblo”, bombardeado con miedos, promesas y sentimientos oceánicos ante la bandera. Gente con pánico a perder lo poco que le queda del andamiaje para la vida. Perder la ficción que los sujeta como objetos deseados. Ahí estamos en lo que Freud llamaba la fase fálica, común a ambos sexos. Esos gallitos, que asoman la cabeza y alardean cuando hay multitud, abrigados por la impunidad, sean gallos o gallinas, en solitario son seres atemorizados que no quieren correr el riesgo de vivir, y se cuidan muy mucho para no meter la pata y salir despedidos. Por eso debemos cuidar de que no haya demasiado ruido en el gallinero. Esa multitud ―que no hay tantos― irrumpe continuamente en la voz pública y hace mucho ruido cuando asoman la cabeza, pero de uno en uno, la bajan y sienten miedo. Sin embargo, las redes sociales y determinados medios pueden hacer creer que sí, que son mayoría. Por eso se crecen. 

Aunque no hay que simplificar, si crece la ultraderecha es también porque hay quien paga sus infraestructuras y la dotan de medios para hacer ruido y extender sus mensajes de odio y miedo. Un miedo que se traduce a la postre en miedo a la pérdida del lazo que soporta la ficción los hace vivir. Miedo que socialmente aparece cada vez más como amenaza de exclusión. Y mostrando la otra cara, se permiten la licencia de mentir y extender la idea de que el resto estamos equivocados. Que hay masa crítica y que aquí, a Europa, también llegará la fuerza que anima a ese “pueblo”, que enarbola banderas, que asalta instituciones, al mando del padre de la horda, con su pluma gigante y sus ademanes de representante de un concesionario de automóviles. Un padre de la horda freaky, con flequillo rubio y dueño del país más potente de la Tierra.

En fin, a Freud le tocó vivir una realidad más formal y a nosotros ésta. Y él supo hacer un análisis lúcido de cómo solucionan el malestar los sujetos en este tipo de agrupaciones, cohesionadas por identificaciones especulares. ¿Y cómo lo hacen? Fácil: simplemente tienen que situar la pulsión de muerte fuera del campo propio, en esa extimidad tan cercana inconscientemente, pero tan ajena a la conciencia: moro, extranjeto, socialcomunista, palestino…¿europeo? Esos que, desde la alteridad, se tornan malévolos y propensos a robar el trabajo, violar, y toda la serie de males imaginables. El peligro se ha desplazado y hay que combatirlo. «Los vamos a cazar» fue una amenaza lanzada por Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional del gobierno de Donald Trump. Le faltó decir, “en caso contrario, perderemos el objeto imaginario más valioso que tenemos, el falo”.

De estas naderías están hechas las guerras. Así, de este modo, las identificaciones imaginarias (no hay más que ver los atuendos de quienes asaltaron el congreso de los EEUU) abren cauces (de lenguaje) a una economía libidinal sostenida por el narcisismo y la eyección del displacer. Los otros, los enemigos de la patria, me roban, me violan; son escoria, mierda, excremento, basura a arrojar fuera, lejos de mi vista. Aunque siempre se esté vigilando para ver esa basura y saciar en ella la pulsión mortífera.

Se construyen así barreras, instituciones, ejércitos, atesorando la satisfacción erótico-narcisista en el campo de “los nuestros”, mientras se eyecta la agresividad ―un modo de cumplimiento de la pulsión de muerte― contra “los otros”. Y si llega el caso en que, por efecto de alguna rivalidad u odio, ocurra algo reprochable para los propios, siempre podrá deslizarse la pulsión hacia el amigo (tampoco este lazo aquí es real), hasta convertirlo en un otro tachado de traidor, secesionista, o peor aún, de infiltrado. En definitiva, al igual que en el transitivismo infantil ―y no por casualidad―, el otro se convierte en culpable y merecedor del castigo. Nunca hay responsabilidad propia a este lado del muro.  Como ven, Freud está muy lejos de ser algo superado y una bagatela de místicos e iniciados fantasiosos. Otra cosa es que lo hayan borrado del mapa académico localizable, y ande de tertulia en tertulia o paseándose por los museos de lo proscrito. De nuevo el mal localizado, esta vez por la “Academia”.

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