El sentimiento oceánico y los cofrades con banderas
En El malestar en la cultura, Freud no se dirige a los especialistas. No trata de precisar la técnica o perfilar conceptos. Sin embargo, el interés teórico y su reflexión sobre lo que nos aflige son estimables. El manuscrito del malestar fue entregado por Freud al impresor una semana después del 29 de octubre de 1929, el “Martes negro”. Aquel día se hundió la bolsa neoyorkina y provocó una suerte de hundimiento del mundo. Un mes antes había muerto un hombre clave para la posible unión entre Austria y Alemania: Gustav Stresemann. Pese a que el Tratado de Versalles (1919) prohibía la anexión (Anschluss), la unión de los dos países se veía como la mejor solución para salir de la crisis. En 1926, Stresemann había conseguido el Premio Nobel de la Paz generando expectativas nuevas sobre el acercamiento. Pero su muerte dejó al Volkspartei (Partido del Pueblo) en manos de la derecha más recalcitrante, lo que supuso más fragmentación en el parlamento y acabó debilitando aún más la maltrecha República de Weimar.
No es por azar que comience esta obra con el análisis de una expresión de Romain Rolland, “el Apóstol de la paz”. El afamado escritor había recibido de Freud ―como mera cortesía― el manuscrito que lo implicaba. Y Rolland respondió con una opinión no muy favorable. Ese verano, Stefan Zweig envió a Freud noticia detallada de las biografías que fraguaba. La suya ―la de Freud― entraba en serie con la de Mesmer y con la de alguien menos honorable, la de Mary Baker-Eddy, una furibunda iluminada que andaba por América y Europa atando cabos y predicando la Christian Science para aglutinar adeptos. En fin la cosa iba de sectas. Para colmo, Friderike Zweig, la compañera del escritor, seguía con intensidad las campañas del “Apóstol de la paz”, mientras algunos fieles seguidores iban y venían en busca del Nobel para Freud. Unos años antes, se había concedido precisamente a Rolland (1915) “como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos”. En fin, un premio a la prédica del “apóstol de la paz”.
Si a esto sumamos la experiencia de la gran Guerra, Freud tenía motivos para pensar cómo se ata y desata el lazo social y cuáles son sus consecuencias. Cierre sectario, ruptura, disolución o destrucción vienen de la mano de Thanatos. En el texto propone tres fuentes para ese sustrato del “malestar”: el cuerpo, el mundo y la relación con los otros. Esta última como fuente principal. E incluso añade: «bien podría ser un destino (…) ineludible».
Efectivamente, es esta dialéctica de la relación con el otro la que alimenta básicamente el malestar en la cultura. Pero “en la cultura” no remite a un particular marco histórico, ni siquiera a los cuerpos retorcidos, al hundimiento del mundo o a la aniquilación de todo lazo provocado por la última guerra. Remite a aspectos transhistóricos que convierten el “malestar” en un sufrimiento de desencuentro, de inadecuación estructural. Freud resume aquí gran parte de su teoría en línea con Tótem y tabú y El porvenir de una ilusión, en donde ya había tratado los aspectos subjetivos de la religión como forma de apaciguamiento de esta infelicidad consustancial.
Pero El malestar es una obra más radical y su análisis más demoledor. Es interesante observar que, pese a la efervescencia de la extrema derecha: nazis, Stahlhelm, Jungdoetc., la desesperanza de la izquierda y el callejón sin salida de la inadecuación del hombre a “la cultura” que plantea el autor, pese a todo este carácter trágico, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo. La vida hay que aceptarla en sus goces y en sus sombras, al margen de la utopía y de toda idealización de lo humano. Pero no por ello, hay que consentir con la injusticia concreta. Se trata pues, de una visión fragmentaria y de una incompletud plenamente actual, reflejada en este importante texto escrito en un tiempo de incertidumbre y cercano en algún punto a esta pesadumbre que nos invade, ya no tan silenciosamente.
Al hilo de la experiencia cuasi mística de Rolland, que habla de fusión y de “sentimiento oceánico”, Freud se plantea una cuestión política de fondo, aunque en el espacioso marco de antropología: ¿cómo es posible la cohesión de masas, y qué fuerzas se oponen a esta “unión”, para destruirla y sumir a los individuos en un malestar sin solución?
La expresión “sentimiento oceánico” venía a ser, según Rolland, el origen de la necesidad que tiene el hombre de una dimensión religiosa. Freud desmonta esa ficción y vuelve sobre los pasos para preguntarse por el origen del pensamiento religioso. No hay tal sustrato sentimental, pero sí una cierta economía libidinal cuya sede la encuentra en lo que él denomina “Yo del placer” (Lust Ich). Ese sentimiento “oceánico” y esa fusión con el todo, esas ideas sobre la eternidad y la infinitud no son otra cosa que ideaciones hiperbólicas propias de una proyección narcisista de ese estadio. Lo mismo podríamos decir de las proyecciones hiperbólicas salidas del radicalismo populista. La realidad idealizada se funde con lo que place al sujeto, y lo displacentero es rechazado como exterior hostil.
Puede parecer una simpleza a estas alturas, pero Freud no cree que el yo sea la instancia evolutiva e independiente ―soldada a una conciencia libre postulada por el humanismo―, sino algo más coriáceo, algo del orden de la imagen (ideal) que captura al sujeto alineándose en series sucesivas de capas de identificaciones. Identificaciones que lo comprometen y lo ligan a los otros. Porque el yo, de entrada, no existe sin la relación con el otro. Y es a través de esa alienación en la imagen y en ese lazo social, que se vehicula ―en cada caso de manera particular― aquello que está a la base del malestar: la pulsión de muerte, Thanatos.
