El padre de la horda y la cabeza de turco

Sergio Hinojosa

Narciso, el Uno y el yo de placer

Aquí siempre ha existido un malentendido, porque la imagen no puede separarse del lenguaje. Que alguien hable de en un corrillo, si yo presto oído, es imagen propia que me concierne. Ser aceptado o rechazado me incumbe. Entonces, hay un determinado lazo social ―basado en esta economía narcisista― que une a los individuos y expulsa el objeto a destruir. ¿Qué se dice de mí? ¿Qué piensan fulanito o menganita de mí? denotan el espejeo de una imagen que, a poco que se la tome en serio, enloquece. ¿Seré buen profesor? ¿Seré buen marido? ¿Seré buen padre? ¿Es que existe una sustancia padre, profesor o demócrata? La respuesta es aparentemente simple: la cultura, entendida como la formación de construcciones e instituciones ―y todas ellas “hablan” o “escriben”― al servicio del programa de mantenimiento del principio del placer, se soporta sobre la base de estas “potentes identificaciones” del yo. Léase religiones, movimientos sociales liderados o partidos políticos. ¿Quién no ha sido forofo o militante de alguna causa en su vida, o pertenecido a alguna organización voluntaria y apasionadamente? Craso error, la distancia no es sinónimo de ineficiencia, más bien al contrario. Pero la experiencia es la experiencia.

El sujeto, capturado en el espejo de Narciso, construye e instituye así lazos afectivos, ―unidos en la hermandad con o sin banderas― que sirven a la causa de esta necesaria cohesión social. Kant ya había planteado el problema en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: los animales tienen el instinto para seguir adelante con su programa de satisfacción de la necesidad, el hombre sólo está dotado de pensamiento, y eso hace más compleja su trayectoria. Pero cuando Kant plantea esto, mira al cielo buscando el sentido último de ese don celestial de la razón y, de camino, borra la peculiaridad deseante de cada sujeto. El sujeto, en su relación con los otros, viene en el idealismo transcendental incluido en el mismo paquete. Envasado en un lenguaje que lo sumerge en las aguas de un programa ético con la promesa de fines últimos. Ignora con ello la dimensión que aporta el lenguaje al cuerpo en su particular enganche. Y subido a ese tren de lenguaje ―que es el fantasma―, cada cual soporta una repetición de ser fantasmáticamente… Sea arropado en aquello que socialmente se sitúa como espejo de “padre/madre”, “profesor/a”, partidario, “skinhead”, “muyahidín” o forofo/a del MAGA (Make America Great Again).

Evidentemente no hablamos de lo mismo, no es lo mismo la imagen de un fanático o un trumpista, sostenido por una organización monolítica e incontestable, con vocación de odio y sin diferencia ni desvíos en su seno, que estar sujeto a la laxitud de una identificación circulante, cuestionable por el rodeo social y plural de una sociedad occidental. Los votantes de Trump son también occidentales, se puede objetar. Sí, pero las redes sociales y su autoexclusión de la diversidad, los hace mirar siempre al mismo pesebre, para desechar la alteridad como si estuvieran bajo una satrapía. Sin embargo, la palabra que circula puede mover esos espejos y sus reflejos. Admitir el flujo de la diversidad es un buen antídoto. Cuanto menos tenga que echar cuenta el sujeto a su identidad, mejor. Será señal de que existe menos constreñimiento. Naturalmente, siempre que haya normas para balizar la convivencia.

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