La ley externa, Eros y Thanatos
Darwin bajó la escala del cielo kantiano a la filogénesis de la especie, y puso otra vez al hombre genérico en la trayectoria animal. Pero tampoco fue muy lejos en lo que atañe a la alteridad y a la complejidad del lenguaje humano en su impacto con el cuerpo.
Freud sí ve en esa alteridad inserta en el lenguaje (castración) el intersticio que libera al lenguaje hacia cotas más altas (cultura) y la diferencia entre lo animal y lo humano. Una discontinuidad, un salto, que no puede explicarse con la descripción evolutiva darwiniana y mucho menos con la metafísica. Esto lo lleva más lejos del objeto inicial de su análisis: ¿por qué el hombre tuvo necesidad de crear la cultura como medio para mantener esa economía del principio del placer?, ¿por qué la búsqueda del placer y la evitación del dolor lleva al hombre a esa otra “evolución” descomunal que es la civilización? El tratamiento de esta cuestión lo conduce ―con paradas interesantes en el erotismo anal― al análisis de la formación del yo, y a la reconfiguración inicial de los instintos: Eros y Thanatos.
Freud se adhiere a la teoría evolutiva, pero la entiende como una conquista por parte de los instintos de nuevos modos para su satisfacción. Y en esa conquista, la evolución se enfrenta con una resistencia opuesta: la inercia al abandono de las viejas formas de descarga. Aquí Freud encuentra una dificultad, pues su mirada evolucionista y su meticulosa observación de su experiencia chocan al intentar explicar lo que sucede en su consulta mediante el modelo evolutivo. ¿Qué observa? ¿La necesidad sexual animal? No, observa que a la sexualidad no le corresponde el objeto como la comida al hambre. No se trata de necesidad, sino de juego pulsional. No hay objeto complementario en la sexualidad. Y a partir de los años veinte abordó esa complejidad de la satisfacción / insatisfacción con lo que denominó las transformaciones de la pulsión de muerte mediante la palabra.
La pulsión de muerte está en Freud ligada a la Wiederholungszwang, a la compulsión a la repetición, que se impone al sujeto muy a su pesar, pensemos en el síntoma obsesivo, en la histeria, o en los distintos tipos de adicción. Esta es la guía fundamental que encontró en 1920 para la práctica clínica: se debe localizar Thanatos en el discurso del paciente, pues esa pulsión se repite irremisible acompañada de displacer o de un goce que exige destrucción.
Y en oposición a la pulsión de muerte, se alzan las barreras que construye Eros ―más frágil y débil― para contenerla. Es mediante Eros que nos distanciamos de la repetición inercial de la muerte y ponemos la destrucción al servicio de Eros, para elevarnos a relaciones cada vez más complejas. Y son más complejas porque nos relacionamos con los otros mediante una organicidad y unas instituciones cada vez más sofisticadas. Y esta complejidad la creamos fundamentalmente a través del lenguaje.
Eros y Thanatos son para Freud una exigencia teórica necesaria para entender la economía y la dinámica del aparato psíquico. Eros contra Thanatos, Eros imbricado con Thanatos, Eros interponiendo defensas contra la eclosión de Thanatos. Parece un mito milenario. Pero si nos quedamos ahí, no entendemos a Freud.
Pues bien, la primera barrera que la cultura antepone a la pulsión de muerte es la prohibición del incesto. Una primera prohibición del goce que se repite. Una primera detracción de libido a la vida sexual por parte de la cultura. Una prohibición que separa evolutivamente la “horda primitiva” de la primera institución del “Derecho” y de la “Ley”: el totemismo. Freud creía esta versión de la antropología, la que entonces existía. Sin embargo, considera que el peso de la ley, en su forma más elaborada, sólo llega con el monoteísmo, con el judaísmo.
Las religiones monoteístas introdujeron, con el Uno ―absoluto e imaginario―, la dimensión del padre con todo su peso simbólico e imaginario. Simbólico por lo que tiene de deuda acumulada en un sólo significante: Dios. E imaginario, por lo que tiene de sometimiento…, por tender hacia una servidumbre involuntaria y pendiente de una ley exterior. Dependencia subjetiva que encuentra su soporte real en algunas instituciones ―en este caso religiosas― comandadas en nombre de un Uno. Son este tipo de instituciones y organizaciones religiosas o políticas, las que sin descanso sustentan el nombre del líder o de un dios. Sometimiento, por tanto, al Uno omnipotente e imaginario (idealizado).
Por contra, la obediencia “interna”, es servidumbre voluntaria, en la medida en que la ley se asume como propia. Freud la describe como un über, como Über Ich, algo que está sobre el yo, ―”superyó” se tradujo― y que sólo es posible con el desenlace del Edipo. Dicho de otra manera, hay algo, tras la expulsión del objeto edípico, que modula al yo e introduce la ley. A partir de ahí, el objeto se aleja del goce incestuoso. Freud lo escenifica en Tótem y tabú con el asesinato del padre de la horda primitiva. Esto es, con la identificación al “padre muerto”, a eso que hace ley y separa del objeto primigenio. Es condición indispensable para el encaje de la alteridad, que siempre anida en el otro.
Así, lanzado al espacio sideral, fuera del cobijo incestuoso primitivo e imaginario, fuera del empegostamiento familiero, el niño o la niña― tando da― tienen que buscarse la vida en otro lado. Por tanto, otro centro gravitatorio servirá de pivote al devenir de las criaturas. Y esta nueva identificación (simbólica) no sólo les marcará los límites a la satisfacción, sino que les permitirá derivar y aplazar dicha satisfacción hacia terrenos socialmente permitidos.
Pero si esta red de relaciones que es el Edipo no se disuelve y fracasa, se abre un resquicio y un falso desenlace, mediante el cual, la pulsión erótica, al no poder localizar en el exterior destino alguno para su satisfacción, retorna al yo, cargando al otro como simple espejo sin otorgar alteridad alguna. En el momento en que surja la alteridad, la diferencia surgirá el problema de lo no asimilable. Y la pulsión de muerte, aliada a Eros, conseguirá eyectar el objeto displacentero para alejarlo, suprimirlo o agredirlo. El yo sólo está entre los otros que son “los míos”, los iguales. Y aquello que me ha producido displacer, localizado en el otro,― que era mío― se convertirá, tras la insatisfacción, en objeto a batir. O bien, de manera más solipsista, ―si el otro es intocable por ideal― retornará contra el propio yo a la manera de irredenta culpabilidad y castigo inconsciente. Toda transgresión merece su castigo. La rivalidad peleona, la agresividad, en el seno familiar o en los círculos de cofrades hermanados políticamente, dan cuenta del destino de Thanatos en el primer caso, la neurosis obsesiva en el segundo. El sujeto no acaba de marcharse del objeto incestuoso, goza de lo prohibido, pero ve las orejas al lobo. Porque llo que se aperoxima como alteridad no es más que el propio goce reprimido y desviado hacia el exterior como figura degrada.
La ley aceptada por coerción, como ley externa, normalmente respetada sólo por existir posible amenaza, se muestra en esta etapa fálica ―dice Freud― bajo la forma de amenaza de castración. El lenguaje coloquial lo muestra de mil maneras: “niño ―o niña, da igual―, que no, que no lo hagas más. Que eso no se hace, que si no…, etc.” En fin, los avatares del respeto heterónomo son variopintos. Pero en todos ellos, el sujeto infantil se ve obligado a buscar modos de evitar ese agujeto, esa espada de Damocles que lo lanza fuera. El goce no consentido saca al sujeto del tiesto…, abre el vacío de la alteridad, de la castración, al pisar tierra prohibida. Este malencuentro con la falta es traumático, pues la castración la concibe Freud como este malencuentro en el terreno del goce, irrepresentable imaginariamente y por tanto traumático; “no hay palabras para decirlo… y por eso se actúa”. Porque el sujeto, abandonado a ese goce, queda desarmado, sin palabra sobre la que sujetarse en el discurso. Tras el impacto silencioso, es el momento del síntoma o de las ocurrencias fantasmáticas pintadas por Narciso, a veces agresivas y malévolas. De modo que hay diversas formas de quedarse prendido al goce del objeto primordial ―ese que persiste en las neurosis―, todas ellas concomitantes con esa relación de dependencia con el otro y tintadas de rivalidad.
Ahora bien, la inflación imaginaria que tensa esta relación tiene dos polos; el padre terrible y el padre ideal. Cielo e infierno, blanco y negro; dos caras de la misma moneda. El sujeto envuelto en esa vorágine dual, se ve obligado a observar vigilancia y evitar todo aquello que porta amenaza de castración. Igualmente se ve obligado a perseguir el ideal como fuente de satisfacción (narcisista). Por eso en la histeria, el deseo aparece como una obligación. Perseguir ser notable, famoso, objeto de deseo, falo bajo el ojo público que desea, mira y petrifica. O bien, perseguir a aquel que lo posee para mostrar que realmente no lo tiene.
Ahora bien, en una sociedad polarizada políticamente, estos elementos pulsionales se liberan del ámbito privado para engancharse a algún señuelo político que preste semblanza a la salvación y prometa remedio al desamparo, para vengar el daño que cada cual sufre al devenir servidumbre obligada y no sujeto de deseo.
Incertidumbre, precarización, marginalidad exclusión, pero también empuje hacia el goce sin freno ―el incestuoso― ambas posiciones prestan superficie a la emergencia del padre de la horada, un Trump o una Ayuso (en la “etapa fálica” no hay diferencia de sexo, hay objeto único: falo, trampa de Narciso), una carátula que preste amparo con la seguridad del único y algunas promesas milagrosas. “Padre de la horda” en Freud, “padre imaginario” en Lacan, no remite más que a la fascinación y a esta sumisión, que Freud denomina “autoridad exterior” (äussere Autorität). Se trata de un mandato que funciona sólo en tanto hay una “autoridad exterior”. Dicho de otro modo, palo y zanahoria, o si se quiere amenaza de castración y semblante ideal.
Esta autoridad externa se presenta como “presencia” que intimida/promete y nos recuerda que si no cumplimos el deseo del Otro ―inscrito en el cuerpo del propio sujeto como goce― vendrá la castración, “la retirada del amor”.
