La escena oriental
Mariano puso a funcionar este esquematismo expuesto, por última vez, que yo sepa, en un texto colectivo de 2005 Mutaciones de Leviatán. Ahí, en su artículo “Antes de Leviatán. Las formas políticas y la vida social en la crisis del imperio de la Ley”, Mariano reflexionaba con estas categorías, introduciendo además la expresión “escena oriental” para alertar del derrotero que el capitalismo iba tomando. “La escena oriental” es previa al Estado Natural. En ella, como en el Estado de Naturaleza, los individuos están igualmente aislados, pero el vínculo que existe entre ellos es el terror. No hay libertad natural ni política (nada conforme a ley). Los individuos sólo se igualan en “ser nada”, en ser esclavos frente al déspota. En esta situación, las acciones del individuo no alcanzan finalidad alguna (no hay afán de poder ni de posesión -con todo las explicaciones psi que puedan añadirse). La única motivación es el terror, cuyo efecto paralizante no acoge proyecto alguno. Sólo se aspira a morir. El poder no es visible como en el Estado de Naturaleza (la marca de la sangre).
“La escena oriental” se produce en el interior de un espacio de goce: el serrallo. Allí se manifiesta como hastío del déspota saciado con sus estúpidas pasiones y como violencia de la que no hay memoria, pues es un caos no imaginario. Y, sobre todo, es un espacio no abordable por la razón. El relato sobre el déspota, nos dice Mariano, desapareció tras Montesquieu, como si ya no existiera la posibilidad de un retorno de esta escena. Sin embargo, en 2005, Mariano nos advierte de ese retorno cuyo modelo puro se plasma en los Lager nazis del siglo XX.
Jean Amery nos habla de esa esclavitud, de los desposeídos de todo, de los que nada son: “… son ellos, los Müselmänner, los hundidos, el nervio del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, no hombres que marchan y penan en silencio, apagado en ellos el brillo divino, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamar muerte a su muerte, frente a la cual no albergan temor porque están demasiado cansados para comprenderla”. Y Zygmund Bauman recoge otro modelo actual de esta “escena oriental”: “… están suspendidos en un vacío espacial en el que el tiempo se ha detenido. No están ni instalados ni desplazados, no son ni sedentarios ni nómadas. En los términos en los que se narra la Historia de la Humanidad, son inenarrables. Son los “indecibles” de Jacques Derrida, en carne y hueso (…) son los impensables. En nuestro mundo de comunidades imaginarias, son los inimaginables”. Y Agamben llega a afirmar que “el campo de concentración y no la ciudad (lugar de la ley) es el paradigma biopolítico de Occidente”.
Mariano, por su parte, tras el análisis de esa expansión del derecho penal derivada de la “guerra preventiva”, advierte en este libro que “hay demasiadas cosas en las formas de vida de la sociedad contemporánea que parecen más propias de la escena oriental, anteriores no ya del Estado político, sino del “Estado de Naturaleza” del modelo clásico. Porque éste, al menos, siempre deja abierta la salida a la racionalización jurídica de la realidad” exige el pacto social, sea por miedo a perder la vida o la propiedad.
La escena oriental, por contra, es una escena de un poder aniquilador. “Un poder absoluto y despótico ejercido anónimamente desde un punto que no existe (el deseo no existente del déspota), cuyo lugar central es una voluntad vacía, y sobre un territorio que progresivamente se va vaciando, desertizando por el abandono en que todo va cayendo”.
Por otro lado, el objeto filosófico “sujeto”, pese al cambio en el modelo de producción ideológica, aún conserva una potencia transformadora inusitada por cuanto dicha categoría, al adherirse en la actualidad a una identidad yoica, puede hacerlo sobre la base de una denegación de su realidad sexual, nominal o incluso genealógica. De modo que con esta asignación se instala la raíz de la verdad sobre la denegación de la percepción. Esto no es ni bueno ni malo, es inédito. Y si por derecho, como sujeto de derecho, “yo” puedo denegar una percepción, nadie me puede obligar a percibir una realidad, pues toda ella posee un carácter de constructo. Como se ve, esta fuerza del “sujeto de derecho”, origen de la modernidad, aún no se ha manifestado en toda su amplitud en lo que Althusser llamaba AIE (familia, escuela, iglesia, partido, etc.), tampoco nosotros hemos tenido la oportunidad de experimentarlo. Pero afectará a las relaciones sociales, para bien o para mal, nadie lo sabe. Lo cierto es que la estructuración de dichas relaciones en clave identitaria deja tras sí una estela pseudoreligiosa en el sentido de la separación de aguas: “estás conmigo o estás contra mí”, tan propia de la identidad narcisista. En este sentido, se ahonda en lo que Lacan ya pronosticaba como el declive del nombre del padre, es decir, el ocaso del orden simbólico.
El pesimismo no era ajeno a Mariano cuando decía: “Cualquiera de mi generación, si es sincero, al cuarto de hora de su autobiografía, tiene que reconocerse existencialista”. Lo cual no le impedía estar siempre en la brega, pensando, inventando y trabajando al margen de la sociedad positiva, como decía Althusser, sobre nuevos retos y proyectos.
Mariano reivindicaba el reconocimiento de los caminos de Pasolini como apertura, no como cierre religioso o sectario. La inclusividad, en el sentido sexual por ejemplo, no debe ser una suma de identidades, sino un lugar donde a nadie se le pregunte qué identidad ostenta, para segregar o para agrupar entre los elegidos. Los límites de la libertad están siendo perfilados por estos bordes identitarios que la atomizan, la coartan y la desplazan hacia un sentido más “ayusiano” (por poner el título a esa carátula del “neoliberalismo”). Mariano estaba muy lejos de esa forma cutre y obscena de reconocer la libertad y la diferencia.