Notas sobre el pensamiento de Mariano Maresca

Sergio Hinojosa

La influencia de Althusser

Para entender la posición de Mariano recordaré algo básico de la teoría althusseriana, pues la influencia de este autor en su pensamiento es tan importante como su propia reflexión sobre los conceptos con los que ajustaba su pensar, sobre todo a partir de otros autores de la escuela francesa como Pierre Macherey, Etienne Balibar o Foucault desde otra perspectiva. También estuvo atento a la producción de otros intelectuales más ligados al psicoanálisis como Jacques Lacan, Jacques Allain Miller o Castoriadis. Si bien, en él primaba más la vertiente marxista. 

La infraestructura, según Althusser, determina a la superestructura “en última instancia”, pero sólo en “última instancia». Esta expresión supone un profundo cambio teórico con respecto a la tradición marxista. Pues la relación de las fuerzas productivas con las instancias jurídica y política, y la actividad ideológica, posee cierta autonomía y determinadas condiciones que inciden sobre el discurso. Para Althusser no se trata de invertir la dialéctica de Hegel, y cambiar idealidad por materialidad para encontrar a Marx. Porque el pensar no lo entiende como “pensamiento”, sino más bien como “aparato de pensamiento”, es decir, no como universo de ideas, sino como el modo de producir conocimientos históricamente constituidos. 

Pensar no es algo natural, sino una producción con sus condiciones determinadas en cada proceso. En definitiva, el pensar lo concibe Althusser como una estructura dinámica que combina un tipo específico de objeto (lenguaje como materia prima); ciertos medios de producción teórica (teoría, método técnico experimental) y relaciones históricas determinadas (teóricas, ideológicas y sociales) en cuyo seno se produce el conocimiento. De este modo, lo escrito, lo pensado, lo dicho o lo ejecutado, es decir, todo aquello que sostiene la superestructura de manera contradictoria, sólo en cierta medida, queda determinado. En realidad, nos dice Althusser, “está sobredeterminado” y por tanto, existe cierta autonomía de la superestructura. 

Lo que Althusser denomina aparatos ideológicos de Estado, los AIE, forman el corazón de la superestructura. Los AIE son dispositivos muy variados (familia, escuela, partidos, sindicatos, iglesias, etc.) y afectan a toda la realidad social. Su funcionamiento, necesariamente ideológico -según Althusser-, no se puede medir por el “nivel de lo enunciado”, por el contenido manifiesto de sus discursos, digamos, sino por las condiciones no explícitas de su producción. Es decir, por el “dispositivo en su conjunto” (familia, escuela, universidad, sindicato, partido…), cuyos mecanismos internos están “destinados a producir efectos automáticos». 

Althusser concede gran importancia al carácter de “automatismo» de la ideología, pues lo considera condición de posibilidad de la misma dada su “naturaleza inconsciente» (en esto cifraba también Juan Carlos Rodriguez la eficiencia del “inconsciente ideológico”). Porque la eficacia de tales aparatos ideológicos depende de la automática “objetividad” que ofrecen (subrepticiamente) al sujeto para interpretar -según dichos automatismos- los efectos de las contradicciones de la estructura. 

“Toda explotación se muestra, más allá de la coerción, sobre una base ideológica” decía Althusser. Y los dispositivos que generan esa base tienen todos en común estar provistos de mecanismos para producir dichos efectos automáticos (inconscientes). El hecho de que estos “mecanismos” sean automáticos, significa que se repiten, que se reproducen, y esto es esencial también, pues el carácter fundamental de la ideología es ser una producción automática, es decir, ser básicamente “reproducción” de las relaciones sociales de producción. 

Se percibe desde la base ideológica. Y lo que se percibe desde la ideología, es el efecto de la contradicción, no la contradicción. Y se percibe como “objetividad”, como evidencia en sí misma. Por decir así, se perciben los efectos de la contradicción y se naturaliza el problema. 

Pero esta percepción naturalizada del capitalismo (por ejemplo “hay ricos” y “hay pobres”) no es un mecanismo psíquico, no es consecuencia de una “falsa conciencia” como pensaba Marx en su Ideología alemana. La percepción de esa falsa objetividad proviene de la “producción efectiva de la ideología” a partir de los “objetos filosóficos”. 

De modo que estos “objetos filosóficos” básicos como la Idea platónica, el Acto aristotélico, el Cogito cartesiano, o el Sujeto trascendental kantiano, alimentan -según Althusser- el nivel del enunciado en toda ideología. Por decirlo de otro modo, espejean en la producción del sentido. Porque detrás de toda gran ideología hay una filosofía que produce tales “objetos filosóficos” y alimenta los discursos. De hecho, según esta perspectiva, que es la de Mariano, el instrumento que consolidó el triunfo de la Revolución Francesa y de la ideología burguesa fue el Derecho, sobre todo gracias a uno de esos “objetos filosóficos»: la categoría de “sujeto”. 

De la acuñación jurídica de esta categoría filosófica de “sujeto” (como soporte de derechos y como sujeto-causa responsable) se desprende toda una serie de nociones que alimentan el núcleo de la ideología y sus valores: libertad, igualdad (formal), responsabilidad, etc. Mariano siempre estuvo convencido de la tesis althusseriana que extiende la ideología a todos los niveles de existencia social. Los AIE la producen, en tanto ocultan las contradicciones y preservan cierta homeostasis del sistema (el sueño de la conformidad). 

Sólo en ocasiones -pensaba Althusser- la ideología sobrepasa dichos AIE y se pone al servicio del desmontaje de la propia ideología. Naturalmente, esto acontece cuando existe una fuerza interesada que impulsa esta producción (el proletariado, según el filósofo). Pero fundamentalmente, lo que hace la ideología es cohesionar los AIE, conformarlos solidarios con dichas nociones básicas, producidas por la filosofía. 

Que la ideología cohesione a los AIE quiere decir que equipa a los individuos, desde todos esos ámbitos (familia, instituciones, etc.), con ideas básicas solidarias con el sistema. Y lo hace haciendo funcionar a los individuos en sinergia con la reproducción de las relaciones sociales de producción. De este modo, la ideología funciona allí donde emergen las contradicciones para congelarlas como “efectos”, como “objetividad” percibida sin que aparezcan visibles las causas y la génesis de esas contradicciones. 

Desde este punto de vista, la ideología no es falsa conciencia, sino un proceso de producción. En este sentido, recuerdo que Mariano se preguntaba continuamente por esos “procesos”, que se plasman en Olvidos de Granada. Es obvio que, actualmente, han cambiado los medios para producir las ideologías. Pero las cuestiones, salvando matices que no vienen a cuento, aún siguen siendo válidas: ¿Dónde localizar las fábricas de ideologías y de bulos incrustados en las mismas? ¿Cómo se producen los “objetos filosóficos” que sirven de base a una ideología?, ¿de dónde se extraen?, ¿cómo se distribuyen y se montan, toda vez que los AIE están siendo sustituidos por otros dispositivos de carácter más global? 

Hoy parecen ser las grandes plataformas de la información, las agencias y los órganos de las grandes corporaciones, y en menor medida las instituciones internacionales y los Estados, quienes aportan los medios a la “materia prima” para elaborar ideologías. Y si los medios han cambiado, también la “materia prima”, sobre todo gracias a la estandarización de categorías concernientes al mundo de los objetos producidos, a los servicios y a lo humano, reducido a recurso. De la necesidad ideológica de justificar se pasa a la producción de realidad alternativa con mentiras fabricadas como verdades irrebatibles. El vaciado de estos conceptos también adquiere nuevas formas en su expansión, en su asunción, en su simplificación (mensajes muy breves), en la relativización absoluta de todo valor y todo “contenido”, procesos todos amparados en una globalización de la circulación y del mercado.

En la nueva producción ideológica, cuya herramienta principal es la Red, poco importa la justificación teórica, poco importa la producción talentosa de los intelectuales encajados en sus puestos universitarios o arrojados al mercado como nómadas becarios o congresistas. La cultura se reduce a parques temáticos, y la producción intelectual a eso que en la Red se denomina “Academia”, una suerte de experticia dispuesta a facilitar elementos técnicos y justificaciones simples a la labor de globalizar el mercado y atemperar sus consecuencias. La confección de retículas, con categorías estandarizadas para la producción, para los servicios, para la configuración de grupos sociales, corporativos, etc., es tal que posee una potencia impositiva muy superior a las de los propios Estados. Y esto sucede tuneando los sistemas jurídicos, los aparatos escolares, asistenciales, sanitarios, etc., e invadiendo progresivamente -vía experticia- la mayor parte de sus antiguas competencias. 

Es evidente que de esta situación se deriva una forma de legitimidad del discurso filosófico, jurídico, político, etc., muy distinta a la de los años 70. Sobre este tema tuve ocasión de conversar con Mariano a propósito de las nuevas nociones (expresiones obtusas incluidas) y de los nuevos raseros evaluativos y sus categorías. Por ejemplo, hablamos de cómo se concibe el sujeto en este entramado y de sus efectos en el aparato escolar. Y algo debí decir con sentido que le convenció, pues, sin ser yo profesor universitario (simplemente seguía la pista a las transformaciones acontecidas en este ámbito y en lo relativo a la expansión de la llamada “Cultura de Calidad”) me encargó que escribiera el comentario al primer número de Olvidos de Granada, dedicado a la Universidad. 

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