Notas sobre el pensamiento de Mariano Maresca

Sergio Hinojosa

El sujeto: marxismo y psicoanálisis

Creí entonces acordar con él, que la expresión AIE quedaba corta y era necesario indagar sobre las nuevas formas de producir eso que Marx y Althusser dieron en llamar “ideología”. En efecto, uno de los “objetos” importantes en dicha producción ha sido y es “el sujeto”. Mariano le dedica bastante espacio en su producción. En su tesis aparece de la mano de la burguesía, a la manera althusseriana; el sujeto como un yo de reconocimiento/desconocimiento, a partir del cual se organiza ese instrumento de transición del Antiguo Régimen a la sociedad político-burguesa que es el Derecho. Este creo que fue uno de los temas fundamentales del análisis de Mariano si no su objeto por excelencia. 

Mariano distinguía el sujeto empírico, sometido a las relaciones concretas de una formación social, con una experiencia particular de las relaciones sociales, del deseo, de la muerte, etc. Ese sujeto empírico, repito, lo distinguía del sujeto universal que articula el Derecho. Y que igualmente sirve como núcleo de la relación burguesa y de la ciencia. De la ciencia en tanto sujeto epistémico del progreso con su correlato abstracto de “objeto”. Sujeto universal que despliega la categoría de “objeto”. 

La emergencia de un sujeto abstracto en el discurso jurídico, por ser cualquier sujeto, abrió las puertas a todo roll y a toda identificación social posible. Esa igualdad abstracta fue una ganancia de la sociedad burguesa. Pero a la vez, esa categoría incluía su dimensión empírica, el yo de quien se identifica en un momento determinado como trabajador, profesional, sujeto de derecho a la vivienda, a la escolarización o se siente interpelado por cualquier otra atribución, que pudiera recibir en una sociedad formalmente constituida por libres e iguales. Dicho de otro modo, el individuo, al reconocerse en la formalidad jurídica que ofrece el Derecho, es capaz de servir de soporte a toda ley, por un lado; y por otro, sirve de superficie a la experiencia con el objeto, con las cosas, y en especial con la propiedad, en todas sus posibilidades. Es decir, el sujeto como “objeto filosófico” está a la base de la sociedad como categoría ideológica, jurídica y política, y a la base de la ciencia como sujeto del conocimiento y de la experiencia igualmente ideologizada. 

La ley exige universalidad, y justo por eso, equipara e iguala a los individuos, pero oculta la naturaleza de sus diferencias empíricas de clase. Largo sería el debate sobre cómo entender hoy la noción “clase social”. No este momento ni lugar. Sea como sea, dicha universalidad, predicada por Kant y asumida por la revolución jurídica burguesa, impone, al igual que lo hace con el sujeto, una universalidad al objeto. De modo que éste se vuelve solidario con el sujeto abstracto, permitiendo cualquier uso neutro, manejo, indagación, experimentación, o disfrute del objeto. 

Un contrapunto a estas nociones podrían ser los residuos arcaicos del objeto sacro y del sujeto no sometido a derecho, es decir, lo que socialmente quede de un sujeto no político y de un objeto bañado por la ideología religiosa pre-burguesa. Ambos quedarían fuera de las reglas y de la dialéctica circulatoria del mercado, en donde todo objeto acaba siendo mercancía. Nuestras instituciones poseen aún rasgos de este tipo, cuyo sentido arcaico se ha desplazado y se ha hecho funcional al sistema capitalista. Pienso en algunas relaciones feudalizantes conservadas en instituciones religiosas, o en otras que no son religiosas, pero en donde el dominio personal urde los lazos básicos y prima sobre las reglas, aunque en modo distinto a lo sagrado. Pensemos ciertos rasgos del nepotismo conservados en la Universidad.

La Universidad está sometida hoy a la dialéctica impuesta por el esquematismo empresarial y asimilada como un stakeholder más (Academia, se la denomina) en el “trabajo colaborativo” relativo al mercado global e impuesto en la Red. 

Pues bien, este sujeto universal, este “sujeto burgués”, que se reconoce como causa de su pensar, de sus actos, y en definitiva, como responsable de su vida, deja a la sombra su más genuina peculiaridad. Una peculiaridad cuyo sentido se encuentra en Mariano dividida por dos teorías: el marxismo y el psicoanálisis. O dicho de otro modo y aplicándolo a lo que digo: la particularidad perdida en el proceso social de reproducción, o la particularidad perdida en tanto se accede al lenguaje y a la socialización, es decir en tanto que el sujeto queda sujetado al inconsciente. Lo que escapa de uno, cuando la sociedad, la pareja, la familia, los amigos, vecinos, socios, compañeros, etc, etc, nos requieren. Es decir, lo que escapa de uno cuando los AIE lo encasillan en sus relaciones establecidas. Marx lo pensaba en términos de clase y de interés de clase, Althusser también. 

Y en Freud, lo que escapa de uno previamente al quedar incluido en el universo simbólico, es decir con la primera palabra que lo eleva a ese nuevo mundo, fuera del miasma biológico, es un sujeto atado al goce a través del lenguaje. El sujeto del inconsciente es un previo, una matriz que se repite y remodela más tarde, durante los primeros años de la infancia, y que está hecha de palabras dichas en espera de un bebé (sea bajo el signo del amor, de la angustia, de la indiferencia o de la locura), remodelada por el encuentro con la diferencia sexual y activada por la amenazada de la pérdida de la posición narcisista. 

Mariano, al igual que Althusser, se ocupan de estas dos peculiaridades, aunque priorizan el primer sentido, el social. El debate, aquí, quedó pendiente. Tengo que subrayar que mientras la posición de Althusser con respecto al inconsciente iba en dirección contraria a la concepción de Lacan, la de Mariano creo que era más conciliadora, aunque fuera como él decía “una cuestión menor”. Actualmente hay quien pretende aproximar ambas teorías. Tampoco es momento ni lugar, pero parece un tanto forzado aproximar psicoanálisis y marxismo -pues tienen objetos diferentes. Y son objetos muy diferentes, a menos que no importe demasiado borrar los límites exigibles a los conceptos de una y otra teoría. 

No creo que ambas teorías sumen conceptos complementarios; la una porque apunta a la plusvalía, y la otra, porque ciñe teóricamente la palabra que sale, en el aquí y ahora, del síntoma, del grito, de la palabra angustiada de un sujeto que habla abandonando su cuerpo en un diván. No es el mismo objeto, ni la misma dirección, ni el mismo campo, ni los mismos medios, por más que desde Herbert Marcuse se haya intentado hacer masa entre estos dos continentes. Es más, Althusser parecía tener una concepción del psicoanálisis negativa, incluso lo manifestó con cierto resentimiento en su último escrito, en El porvenir es largo, en sus memorias. 

Mariano enfoca siempre el objeto social. Él leía con gusto a Castoriadis (de formación y experiencia psicoanalítica) y aunque, desde mi punto de vista, esta versión no sea tan potente como la de Lacan, es verdad que cede un lugar importante al psicoanálisis a través del concepto de “lo imaginario”, que no es precisamente el de Lacan. Debemos considerar a Lacan un marco teórico, pero debemos, igualmente, contrastar la experiencia y modular los conceptos bajo las nuevas exigencias que imponen otros retos. 

Althusser pensaba que la psicología aún no había encontrado su objeto. Según él, éste objeto ya existía y era el inconsciente. De modo que no contemplaba el concepto de inconsciente como operativo psicoanalíticamente, sino como una base aún más sólida de la ideología burguesa, pues añadía, a la noción de sujeto ligada al Derecho, lo indiscernible que a ésta escapa. Es decir, creía que era un “objeto filosófico” más apto para instalarse como causa individual de lo aleatorio, como noción potentísima sobre la que hacer bascular toda contradicción, evitando así cualquier escenario desvelador de la realidad de la explotación. O dicho de otro modo, para Althusser, el inconsciente era una categoría superior burguesa por estimular el individualismo hasta el extremo último.

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