Luna y artificio de Alejandro Gorafe

Fragmentos

Han sido muchas las voces que, a lo largo de cuarenta años, se han ido sumando a la trayectoria de Alejandro Gorafe, edificando ese peculiar mundo en que los objetos y las imágenes (los objetos y las imágenes de Alejandro) son retejidos en la trama de las palabras. Hemos querido recoger algunos fragmentos de esos textos, publicados en prensa y en catálogos de exposiciones, para recorrer de su mano aquel itinerario fecundo, poético y divertido. El primero, escrito por Juan de Loxa en 1983, se cierra celebrando la irrupción en la escena artística de Alejandro Gorafe como una «batalla de juventud» que Granada gana; el último, escrito por Carmen Ocaña este 2025, comienza afirmando que «Alejandro es ahora un bulanico». Sirvan para dar cuenta de la importancia que a lo largo del tiempo la obra de Alejandro fue ocupando en la vida cultural granadina. Y de la que tuvieron los afectos que hizo surgir, hasta el punto de incitar a su formulación en palabras, en los depositarios de esas voces.

Equipo Olvidos.

Antología

El artista, que inició su andadura haciéndose íntimo enemigo de los ángeles que por las noches recogen cajas de cartón en Granada, robándoles materiales («Sin trampa y con cartón», 1980) cubrió posteriormente de cera la cartulina para catalogar colores como en el viejo anuncio de «Tintes iberia» («La otra cara», 1981)… y se adentra, por fin, en un laberíntico itinerario no de calles albaicineras, sino de cuerpos que se confunden, o funden, en una comunión consciente que se enreda en tramas que configuran gestos-sorpresa, sueños de dos en dos e inevitable, una amorosa crueldad, o ese itinerario del que solamente pueden alejarse los niños perdidos.

Si Alejandro Gorafe, llevándole la contraria a las revistas de modas, desobedeciendo el mandato, imponiéndonos su atrayente singularidad, ha conseguido asustar a los coleccionistas adoradores de Alice y B. Toklas, quiere decir que Granada acaba de ganar otra batalla de juventud.

Juan de Loxa, «Por donde van los tiros», Periódico de exposición, núm. 4, Museo Casa de los Tiros, del 11 al 28 de julio de 1983

Fue entonces cuando, con esa misma precisión que vemos en las manos de los prestidigitadores, fue disponiendo -una por una- sobre su mesa de trabajo una singular colección de gafas manipuladas. Algunas, extrañamente emparentadas con las arañas, exhibían cuatro patillas a cada lado y se las diría dispuestas a emprender una inminente huida. Otras parecían haber experimentado el calofrío de un erizo y ostentaban, supliendo los rutinarios cristales amenazantes y agudos alfileres dirigidos a los pacientes ojos del usuario faquir o masoquista. Las había montadas sobre cerraduras, mariposas, preservativos, galletas, brazos de muñeca, rejas, pequeños blocks en blanco, chupetes, tacones, copas …

Se trataba, en efecto, de objetos heterogéneos y en muchos casos delirantes, pero nunca (y esto debe quedar bien claro) escogidos al azar. Muy al contrario, cada elemento incorporado a unas determinadas gafas -sea grotesco, lírico, espeluznante o sórdido- pretende revelarnos una manera de ser, la posible identidad de quien pudiera usarlas.

Es obvio, pues, que Alejandro ha subvertido la función que las gafas poseían, a mi juicio, como máscara. Hemos sido, por lo tanto, descubiertos. Un Alejandro ligeramente burlón parecía recordárnoslo cuando, con aire más travieso o lúdico que moral, denominaba su última exposición de gafas manipuladas con el siguiente título: «Para que veas». Y bien que «vimos», bien; y bien que fuimos «vistos» en el momento en que, sin razón aparente, demoramos nuestro paso por la sala frente a cierto ejemplar de raros anteojos … De alguna manera, allí también estábamos nosotros. Nosotros y nuestros vicios, elevados a la categoría de obra de arte, en el «marco» -a todas luces inusual- de una montura de gafas.

Javier Jurado, 1991

Una pintura que tiene mucho de elemento objetual y que reúne las mejores condiciones para su aplicación al campo del diseño, tanto gráfico como escultórico o arquitectónico incluso. Si a ello unimos el carácter de divertimento que pueden encerrar estos cuadros, como una manera de rompecabezas donde buscar la figura que se nos oculta para desvelar su íntima tragedia y elevarla a otra dimensión diferente gracias al hallazgo de este arte, comprenderemos la complejidad matemática de las composiciones y la voluntad de metodización racional que se ha impuesto el pintor.

A medio camino entre la figuración y la abstracción, Alejandro Gorafe nos sitúa con su exposición en un territorio hasta ahora desconocido que por derecho propio le pertenece y que nosotros debemos esforzarnos en compartir.

José Gutiérrez, «El equilibrio y la razón», Periódico de exposición, núm. 4, Museo Casa de los Tiros, del 11 al 28 de julio de 1983

Una de esas raras ocasiones en las que todavía podemos toparnos con algo «agresivamente nuevo», sorpresivo, original, e impactante -sin rozar la chabacanería, como, por desgracia, con demasiada frecuencia ocurre- es la muestra que el joven Alejandro Gorafe ha presentado en la Casa de los Tiros. Alejandro está empeñado en ser distinto, es decir, en ser él mismo. Para ello no ceja en su afán de expresar y expresarse con materiales, técnicas -y procedimientos inéditos, hasta el punto de identificarse temporalmente con ese arte, que no por «povero» o «efímero» es menos solemne y trascendente: antes fueron los cuadritos y las vidrieras, ahora son. las grapas y los plásticos, y luego serán las cerillas, las chinchetas, o los clips. Mientras a otros pintores jóvenes y sin dinero -se les seca la imaginación, Alejandro se aplica cada día con inusitado entusiasmo para sacar partido de aquellas mínimas cosas que la vida diaria le ofrece, y en las que nadie repara como posible material artístico.

Juan Manuel Gómez Segade, «Los ‘grapados’ de Alejandro Gorafe», Ideal, 1 de abril de 1986

En su taller de alquimista Alejandro Gorafe soñó incesantemente con un Albaicín desguazado y reconstruido sólidamente mediante grapas, aunque éstas no fuesen más que un trazo sutil, pero cierto, en el boceto y la mayor parte de las veces auténticas y doradas lañas para la entelequia. Con tal probidad -hasta donde humanamente pudo- en la composición de ritmos y acentos edificó el poeta inglés la ciudad de Xanadú, la ciudad que realmente existió y que a su vez fue diseñada en el mundo onírico, según nos cuenta Borges en El sueño de Coleridge. En las coordenadas de la constelación artística de Alejandro Gorafe una luminaria brilla con particular intensidad: el objeto. El objeto puro y nunca simple. Sus objetos han podido ser contemplados en sus exposiciones personales y colectivas, desde cojines y chaquetas en las que las grapas se ponen al servicio de los elementos más cotidianos, convertidos en misteriosos hermanos mayores del puzzle, hasta esa gran estructura -delgada y reptante suspendida en el aire mediante un entramado juego de hilos imperceptibles, la espina dorsal de un dinosaurio perfectamente dispuesta en el espacio, y que dibuja en nuestra mirada nada más verla el resto del voluminoso cuerpo, invisible pero no inexistente, por supuesto.

Juan Carlos Romero, «Alejandro Gorafe: desde el formato hasta el soporte», Ideal, 8 de junio de 1990

Este Alejandro Gorafe es incorregible: ¡Mira que empeñarse en hacer ver cuando la mayoría está empeñada en hacer la vista gorda! Desde hace un tiempo pasea sus gafas-símbolo sin conseguir ese aplauso que recibe junto a los rascacielos de otros lares ante los que gusta fotografiarse. A Gorafe le va lo grande, hecho a base de pequeñas cosas: sigue componiendo paisajes pop con etiquetas y con grapas, sigue uniendo girones de imposible disimulo, y sigue utilizando alfileres para montar un decorado de farándula, más significativo de lo que parece, porque en él decanta su ingenio y resume su discurso.

Juan Manuel Gómez Segade, «Los ojos de Gorafe», Ideal, 19 de agosto de 1991

Este granadino enamorado del arte dice «me gustan los objetos tal como son, las personas tal como son…, no me gusta modificar la naturaleza porque cuando se hace es para ocultar algo». Tal vez ahí descanse una de las causas que justifiquen la fobia que este hombre tiene a las gafas. La primera, que dio origen a la colección fue la Gafaraña, una gafa con seis patas. Este modelo que ahora se exhibe en una galería parisina puede ser la esencia de los temores de su creador; por un lado la aversión que siente por las gafas y por otro el miedo que le dan las arañas sintetizan de forma magistral el horror que experimentaría si un buen día se despertara con ‘eso’ delante de su rostro. Detrás de cada ejemplar se esconde un personaje, una historia, o tal vez una vida, por lo que todas sin excepción, han sido elegidas con minuciosidad y sumo cuidado. Este hombre, fascinado por los objetos, con los que tiene mucho que decir, confiesa que nunca se dedicará a vivir de su arte porque «para caer en la comercialidad prefiero vender caramelos o chicle».

Lola Arco, «’Para que veas’ el mundo con los ojos de Alejandro Gorafe», Ideal, 28 de agosto de 1991

Yo presenté por primera vez una exposición del artista en 1987 y ya fue la impresión inicial la sorpresa, porque entre nosotros las consecuencias del pop y op-art o del conceptual han sido escasas y fundamentalmente difusas. De ahí lo excepcional de esta manipulación de la realidad cotidiana, hecha con la acuidad de un científico experimental, la destreza de un ingeniero y la sensibilidad de un poeta. La pasión por la cotidianeidad, por la preciosa labor de desciframiento de las profundas significaciones de sus objetos revive actitudes dadaístas y surrealistas. Los objets trouvés, los testimonios parlantes que la existencia va colocando ante la mirada vigilante del artista, se convierten en los principales signos a partir de los cuales crear una obra que es representación y metáfora de una realidad profundamente poetizada.

Ignacio Henares Cuéllar, «La poesía de la cotidianeidad», Ideal, 20 de marzo de 1993

La actriz granadina Cruz de Espadafor, completamente desnuda y embadurnada de patés y frutas, protagonizó la noche del sábado la inauguración del ciclo Algo más que una mirada que la galería Espacio D’, de la localidad alpujarreña de Bubión dedicará a artistas granadinos durante esta temporada. La joven ofreció su cuerpo para servir el buffet- ya los asistentes a la inauguración, quienes recibían la comida de las manos de los autores de la exposición, María Angeles Agrela y Alejandro Gorafe. La muestra de Gorafe, titulada La aventura cotidiana 1l, presenta catorce obras que plasman el universo particular del artista, que utiliza como técnica la deformación de diversos objetos de consumo.

«Una mujer embadurnada de comida inaugura una exposición en la Alpujarra de Granada», Ideal, 5 de septiembre de 1995

Se trata de una gramática de la expresión del objeto vulgar, cuya definición se logra a través de sus propios logros y no de una reglamentación a priori y cerrada de su casuística. Es la lógica del bricoleur, ese «para algo servirá», que hemos señalado más arriba, y no la del ingeniero, que planifica todos y cada uno de los pasos a dar.

Es en esa lógica difusa que parte del objeto para regresar al objeto, que afirma la cosa no por lo que denota, sino por sus implicaciones poéticas, en donde se encuentra la labor creadora de Gorafe. Una labor (en este mundo, diría él) de transmutación de lo vil y vulgar en algo que lo trasciende, y de paso, ilumina nuestro contacto con el mundo mismo. Un mundo poblado por cosas, que son desechos olvidados en un gran almacén de objetos perdidos esperando que alguien, por fin, los redima de su triste condición de insignificancia. Su labor es devolverles el sentido, mediante el humor y la metáfora. Pura greguería.

Nicolás Torices Abarca, «La utopía de lo cotidiano», en Gorafe, catálogo de la exposición, Palacio de los Condes de Gabia, 1999

Esos papeles triturados, como el resto de los objetos cotidianos que habitan las obras de Alejandro Gorafe -canicas, piedras, pajillas, botones o lentejuelas-, son objetos en busca de autor; objetos generalmente solos y abandonados, objetos que buscan compañía, que desean perder su función primitiva, encontrar otro sitio; y colocados así, fuera de su contexto, llaman nuestra atención sobre sus posibilidades ignoradas y son un desafío, una invitación a la libertad y a la osadía. Parecen sugerirnos que si cualquier cosa puede estar en cualquier lugar, también nosotros podríamos estar en otro sitio. Y esa insinuación es lo más valioso de la muestra, una modesta insinuación y un íntimo convencimiento que ha encontrado un refugio en los esfuerzos de Alejandro Gorafe: en el ilustrativo Cómputo de visitantes de la Alhambra, en el risueño Niño Jesús con 6 Dios-trías, en la deconstrucción conceptual del Paisaje de Torres según Gorafe, o en el humor de las gafas imposibles, podemos ver las huellas de ese convencimiento, de ese afán.

José Carlos Rosales, «Alejandro Gorafe: La utopía de lo cotidiano», Ideal, 10 de octubre de 1999

Pues Alejandro Gorafe desarrollaba ya durante los ochenta en esta ciudad una exquisita «mise en scène» de su impecable concepto de la idea creadora y la llevaba hasta sus últimas consecuencias, cuando aún no se había generalizado entre nosotros el concepto de instalación, la idea de la descontextualización objetual y matérica, ni ese tierno y a la vez despiadado, lucidísimo, criticismo social que es la base de una obra que, entre la pintura y la escultura, derriba moldes y fronteras entre cualquier suerte de disciplina artística usual y busca en los más insospechados objetos y elementos, partes o totalidades en sí mismos de una realidad que nos rodea y que son testigos y actores, por supuesto de nuestra propia vida, la magia de lo existente, el significado oculto –para casi todos– de cada pieza, cada objeto singular, cada materia natural o manufacturada que en las manos de Alejandro Gorafe, como por arte de magia, se convierten en monumentales configuraciones dotadas de vida propia, de una vida subyacente a la mera apariencia de la realidad, a través de ese amor por las cosas y la vida que es esencial a la incansable actividad artística de Alejandro, a través de su auténtica pasión creadora, a través de una absolutamente inusual inteligencia que ve de verdad a través de cualquier objeto, a través de cada segundo de vida.

Eva V. Galán, «Obras recientes de Alejandro Gorafe. Galería Sandunga». Ideal, 3 de abril de 2001

En ese juego colectivo que plantea Gorafe, vecinos, amigos y conocidos le ayudan proporcionándole material para sus obras. En este caso pinzas, el elemento protagonista en ‘Ironía y artificio’. «Luego se alegran cuando ven que han aportado algo en la obra de arte», asegura Gorafe. Paradojas, contradicciones, originalidad, a veces impertinencia, de lo que se trata es de reunir elementos sin conexión aparente pero que al juntarlos crean una nueva historia. Ocurre con ‘Erizo’, una papelera de las de toda la vida a la que se le han incorporado pinzas de madera que la hacen parecer un erizo.

(…) Gorafe se lo pasa muy bien haciendo arte y esta actitud se refleja en todo lo que crea. «Quiero que la gente sepa que también lo pueden pasar bien viendo arte, e incluso les animo a hacer arte de este tipo, con pocos medios, que no necesita maquinaria ni un estudio, me gusta que el arte sea asequible a todo el mundo».

Brígida Gallego-Coín, «Gorafe, el mago del reciclaje», Ideal, 18 de diciembre de 2004

Sin embargo el silencio de esas rítmicas escaleras (o ventanas) de malla es algo más que silencio. De algún modo esas mallas manipuladas y torcidas, troceadas, rotas o separadas, son una especie de pentagrama, una partitura sutil donde podría escucharse la pulsión de un deseo, el afán de una búsqueda que ya no se contenta con los viejos perfiles del mundo. Los alambres y los muelles de Gorafe son un esqueleto, lo único que queda cuando se acaba el tiempo.

José Carlos Rosales, «Las mallas de Alejandro Gorafe», Granada Hoy, domingo 16 de marzo de 2008

Piezas que surgen del reciclaje, recurso habitual en la trayectoria artística de Alejandro Gorafe y que por obra y gracia de su privilegiada visión creativa, logra la feliz transgresión reconocible en su humilde funcionalidad, a la obra de arte. De la masa férrea a la forma recreada con vocación de volar y también con vocación de crecer.

Alfonso Alcalá, «Raíz y Pluma», en Deus est Machina!, catálogo de la exposición, Ruiz Linares Antigüedades, 2012

A lo largo de estos años, al artista granadino lo hemos visto manipular los elementos extraídos de lo más cotidiano — pinzas de tender, muelles de colchón, tablas de lavar, platillos de botellas, éste sempiterno elemento en su producción, y todo aquello susceptible de marcar unas rutas de jocosa, festiva, pero rigurosa y trascendente manifestación.

Pero la obra de Alejandro Gorafe no se reduce a una específica y sistemática utilización de una poderosa plástica conformante. Su obra, una vez que ha deslumbrado por su absoluta potestad material, plantea un mágico episodio de circunstancias estéticas que dejan entrever las infinitas posibilidades de una obra muy bien estructurada conceptualmente y difundida rigurosamente en un compendio absoluto de suprema emotividad artística. El autor hace que los elementos patrocinen una nueva dimensión, les concede una entidad superior haciéndolos transitar por unas vías significativas emocionantes, novedosas, con una gran carga de compromiso conceptual de índole social y plástica.

Bernardo Palomo, «Alejandro Gorafe sabio encantador de posiciones plásticas», en Gorafe. De la ironía sugerida a la invención visible. Catálogo de la exposición. Instituto de América de Santa Fe, 2013

Ahora, 17 años después, en plena madurez artística y creativa, ‘Gorafe’ regresa con una exposición de su última obra. La diputada provincial de Cultura y Memoria Histórica y Democrática, Fátima Gómez, ha señalado durante la presentación que ‘El silencio de los objetos’ es «un nuevo reto para Alejandro ‘Gorafe’, con un hilo conductor que es el metal como elemento vinculante, mediante el cual nos quiere representar el vacío y la nada, lo tangible y lo intangible, lo visible y lo invisible».

El propio Alejandro ‘Gorafe’ ha manifestado que regresar a Condes de Gabia le ha supuesto «una emoción impresionante y mucho nerviosismo, porque me he reencontrado con muchos amigos de entonces y con otros nuevos que han apoyado este nuevo proyecto». ‘Gorafe’ ha reconocido asimismo que su obra ha evolucionado bastante durante estos 17 años, «porque he suprimido los títulos, que antes eran el cincuenta por ciento del mensaje de la obra, y muchos elementos compositivos para quedarme solo con la esencia, hasta llegar al borde del vacío y del abismo».

R.I., «’Gorafe’ regresa a Condes de Gabia diecisiete años después», Granada Hoy, 30 de abril de 2016

En otro sentido, la visión escéptica de Alejandro Gorafe hacia el mercado del arte, amplía la valoración de artistas y amigos admiradores de su obra, mientras la crítica sigue las intervenciones del autor para alabar su extraordinaria capacidad de idear y de ejecutar ideas. Otro ensamblaje, acerca de su visión crítica del arte como producto en La Edad de los Metales: una colección de chapas olvidadas dentro de sobres de numismática, habla de la repetición y la obsesión del coleccionismo, también señera en una pequeña vitrina portadora de los fósiles del siglo XX, unas pequeñas escultura-objeto, en forma de ammonites, creadas con latas de refresco que hacen un guiño al POP-ART.

Concha Hermano, «El alma de los objetos», en Alejandro Gorafe. El alma de los objetos. Catálogo de la exposición. Fundación Antonio Pérez, Cuenca. 2019

Incorporar a los objetos las situaciones acumuladas en su periplo, incorporar, en suma, lo que los objetos tienen de cosa, es entonces otro modo de añadirles espesor, de expandirlos. ¿Y qué es Canto a la familia sino un objeto literalmente crecido, que incorpora materialmente un entramado de relaciones que ha tomado de su carácter de cosa? ¿O, mejor aún, que se sitúa en la fisura precisa entre el objeto y la cosa? Una olla usada, sin duda la reliquia de un mundo, el del hogar, se metamorfosea aquí hasta volver forma visible la multiplicidad de manos que debió asirla. Un aura solidificada, podría decirse. O, incluso, de modo más cursi, podría decirse que se instaura así un mundo: el del hogar. Todo ello, claro, si no fuera porque esas asas múltiples oscilan entre el recuerdo acumulado del uso y la protuberancia aberrante. Si esa olla crecida configura una imagen de la memoria y de la multiplicidad, no es al mismo tiempo menos irónica. ¿No habrá habido demasiado glotones o demasiadas manos intentando meterse en el cazo?

Gabriel Cabello, «Los objetos aumentados de Alejandro Gorafe», en Alejandro Gorafe. My Way. Catálogo de la exposición. Corrala de Santiago, 2023

La idea de «atrapar el viento» sugiere un juego quimérico, una ilusión, una paradoja literal entre el verbo atrapar, que significa aprisionar-privar de libertad a alguien o algo- y el fenómeno atmosférico del viento que acentúa lo inaprensible. En el contexto artístico -atrapar el viento- es una misión imposible, una escena figuradamente ficticia materializada en sugerentes formas abstractas, geometrías de levedad y de gracia, patrimonio del universo gorafeño.

Concha Hermano, «Alejandro Gorafe. Artífice de ingenios», en Atrapavientos. Alejandro Gorafe. Catálogo de la exposición, 2025 -Ateneo de Málaga

Alejandro es ahora bulanico -palabra muy granadina-, que es fruto del chopo de Fuente Vaqueros y que danza en el viento. El vuelo de estos algodoncillos no es más que una estrategia de dispersión y fecundación que tiene la naturaleza. Así encontramos a Gorafe en el viento, atrapado y libre, visible e invisible, mostrando en equilibrio, el vuelo de una mariposa en la punta de su dedo -es esta obra-, o haciendo surgir de un caracol de mar marmórea mano. Existe esa obra. De la inverosimilitud o rareza, bulanicos en la cabeza, convertidos también en obra de arte y en fanal protegida y presentada.

Carmen Ocaña, «GORAFE en Atrapavientos…» en Atrapavientos. Alejandro Gorafe. Catálogo de la exposición, 2025 -Ateneo de Málaga
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3 comentarios en «Luna y artificio de Alejandro Gorafe»

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