Luna y artificio de Alejandro Gorafe

Joaquín Peña-Toro, Alejandro Gorafe, labores de artificio

«Me dedico a hacer que vuelvan a tener sentido los objetos que dejan de servir», así justificaba Alejandro Gorafe su trabajo en una entrevista de 1994. Con esa naturalidad construyó su camino de transformaciones inesperadas donde no pretendió devolver esos objetos a la vida útil, sino a una vida con sentido que es un estado superior de las cosas. Según este posicionamiento, que enuncia el propio Gorafe, se le puede considerar como artífice (en la acepción con la que se reivindica Guillermo Pérez Villalta: un autor más amplio que el artista) sin artificio, un artífice sincero. La clave siempre ha estado en su mirada al mundo y eso apareció con claridad en una de sus primeras exposiciones (Para que veas, de 1990) llena de gafas.

Alejandro Gorafe fue tomando las gafas del siglo XX para mirar, con la abundancia del pop, a los materiales desechables, plásticos y envases efímeros de colores saturados. Esa superproducción de formas troqueladas, maquinales, impolutas se ha tornado cálida en sus metamorfosis manuales que empleaban el disfraz del bricolaje para tamizar la seriedad de su mutación. El exceso, no sólo en la sobreoferta sino en el disparate formal de la exuberancia, lo encaminó al kitsch, en muchas ocasiones, con la alegría de un placer culpable.

Miró, con las gafas del minimal, la seriación y la repetición sin límite que solo pretendía entregar lo que ves, sin darle más vueltas. Y, sin embargo, quedaba añadida una vuelta de tuerca oculta, indetectable a simple vista, porque su abordaje no era directo, aunque pretendiera parecerlo.

Usó monturas con los cristales del surrealismo para encontrar aquello que los objetos querían ser en su vida secreta (daliniana). Al revelar su naturaleza onírica, los redimía de su cotidianeidad, liberando todo su potencial poético. Maquinaba estos cambios con la sorpresa de un cadáver exquisito, combinando significados previamente inconexos hasta producir el chispazo de sentido: «yo lo único que he hecho es aislar el objeto y combinarlo con otro», explicaba con cierta candidez que no restaba fuerza a sus hallazgos.

Más allá de lo surreal, Gorafe ha practicado el dadaísmo en su recolección de objetos fortuitos que nunca llegaron a cumplir la categoría de objetos encontrados, sino que permanecieron como ítems del departamento de objetos perdidos. En ellos, la razón poética hacía aparecer, por ejemplo, un frasco de perfume al revolucionar un alambre iluminado. Con esta obra, Clonaciones (que no puede contener el líquido para el que sería útil), aparecen ecos del Air de Paris duchampiano.

Tomó el disfraz científico en muchas ocasiones para cuestionar el prestigio de la taxonomía y alterar sus podios. Como los Becher o Juan del Junco, adoptó maneras de archivo, jugando con la apariencia científica para reclamar la superioridad de la estética como medida y orden de las cosas. Más adelante, la solidez de la ingeniería acompañó a su tratamiento de las mallas y las retículas. Produjo formas geodésicas con complejidad y armonía matemática muy precisa sin que eso restase la gracilidad o equilibrio, como si se tratase de un buen discípulo de Calder.

Formas muy diversas de comportamientos artísticos arman la práctica de Gorafe: performance, poesía visual, construcción escultórica… lo fundamental es el propósito poético, la voluntad artística subjetiva y, finalmente, compartida. Al ver su trabajo, existe la sensación de estar invadiendo un espacio privado, un taller cuyas piezas no tenían como primer destino a ser publicadas; como si este paso a lo público hubiera sucedido por la acumulación de objetos que demandan ser mostrados, justificados en su nuevo estatus.

En esta relación del artista con el mundo, una vez cribado por su manera de verlo, hay palabras que se reiteran para Alejandro Gorafe, en las que estaremos de acuerdo: su humanidad y su ternura (Eva Galán), ironía e inocencia (Ignacio Henares), ingenio y desenfado (José Carlos Rosales). Estas cualidades personales signan toda la obra de Gorafe con humor capaz de desarmarnos y bonhomía con la que ejerció como artista o en su faceta de activador de la cultura. Su desempeño en la sala Arrabal & Cia puede entenderse como una extensión de la tarea artística, generando una gestión desde el taller, desde el núcleo de la intuición creadora.

Su obra tiene sentido gracias al humor, la ironía y la retranca con la que establece la complicidad con el espectador. Una vez tendida esta base, interpretar las piezas de Gorafe resulta una tarea conjunta que nos permite acompañar al artífice en el momento de transportar el sentido de los objetos, desde la literalidad a la poesía. Esa habría sido, como diría en primera persona al titular una de sus piezas, Mi labor en el mundo.

Alejandro Gorafe ha recibido emotivos homenajes tras su desaparición: de sus compañeros en Arrabal & Cia o desde la feria Lateral que, en el Centro Cultural Comares, hizo a Gorafe protagonista de la edición 2025. También hemos podido ver exposiciones póstumas en el Ateneo de Málaga (Atrapavientos, febrero de 2025) o el proyecto inédito que estaba preparando con la comisaria Concha Hermano: Ferias.

Esta individual póstuma, Ferias, para el Centro de Estudios Lorquianos, resulta especialmente significativa por la vinculación de Gorafe con el Museo Casa Natal del poeta en Fuente Vaqueros durante treinta años. Las piezas están inspiradas en la suite de poemas homónima de Lorca (1921). Maruja Mallo dedicaría, al mismo tema y en la misma década, un conjunto de pintura del que el Reina Sofía conserva La verbena (1927). La serie, cómplice con el poeta, es descrita por la propia Mallo como «verbenas cósmicas de movimientos rotativos». Gorafe, por tanto, no solo sintoniza con Lorca sino, a través de él, también con Mallo. Opera una estrategia paralela a ambos: extrae elementos cotidianos propios de la fiesta para simultanear giros saturados en estructuras llenas de ternura.

Es el epílogo involuntario de una labor que, en su apariencia de disfrute sencillo, guarda un calado que espera confirmación. Lo adecuado, en este momento, sería reunir una colección amplia de todos los campos trabajados por Alejandro Gorafe en una exposición que dejara un catálogo rotundo para difundir su trabajo.

Siendo Gorafe un poeta visual y dada su vinculación artística (sumando piezas como El muchacho de los siete corazones de 1998) y vital con Lorca, no parece insensato proponer que esta retrospectiva, o una exposición de aspectos compartidos con el poeta, fuera programada por el Centro Lorca de Granada. Alejandro Gorafe estaría en el lugar que le corresponde.

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