Luna y artificio de Alejandro Gorafe

Miradas

Pablo Sycet, A la caza del arte

Editada como múltiple por la galería Sandunga justo cuando nuestro tiempo se abría a un nuevo siglo, ‘A la caza del arte’ llegó a mi vida para quedarse justamente cuando la vida de Alejandro estaba a punto de quebrarse, en noviembre de 2024, al intercambiarla por una obra mía para que su caza estuviera presente en la exposición ‘Paseo por el amor y la muerte’, inaugurada el día después de su inesperada partida para allá de dónde nunca se vuelve.

Aquel intercambio estuvo determinado por compartir durante décadas una enfermedad del espíritu que no tiene cura, y siempre nos acompañó como nuestra sombra: la titulitis crónica. Y, de hecho, ese gusto por cuidar los títulos me lo confirmó Alejandro durante un desayuno en Fuente Vaqueros, mientras me iba mostrando en su móvil muchas de sus obras título a título, entre confidencias sobre nuestras vidas, porque aunque nos conocíamos desde el pasado siglo, nunca habíamos disfrutado de tanta complicidad a la caza del arte.

Inma Puertas, Clonaciones de Alejandro Gorafe

Nos reunimos en casa de Ángela Galindo, Alejandro Gorafe, su pareja, la mía y yo misma, para ver las últimas creaciones de nuestra anfitriona. Una tarde de contemplación artística y mucha conversación, que propició la aparición de anécdotas e intrahistorias de cosas de la vida y, por supuesto, del arte.

En ese momento, ante un elogio por nuestra parte a la obra Clonaciones –propiedad de la Diputación de Granada–, Alejandro comenzó a desmenuzar cómo nació una de sus obras más sutiles y encantadoras. La obra se compone de dos partes muy bien diferenciadas, una son tres fotografías que muestran lo que, para mí, son tres frasquitos de perfume bañados de una luz dorada, como una presencia evanescente y, junto a las fotografías, en unas cajitas iluminadas internamente, unos motorcitos hacen rotar unas varillas de acero moldeadas que, en su eterno girar, crean la ilusión de un sólido que adopta la forma de los frasquitos fotografiados.

Esta ilusión óptica del movimiento nació, como muchas cosas importantes, de una curiosa historia que nos desgranó el propio Alejandro. Una tarde, allá por los 90, Pepe Arrabal se empeñó en asistir a una presentación de libros que se desarrollaba en el Hotel Luz, en la que ofrecían un reloj a modo de captación, se comprara o no. Alejandro acompañó a regañadientes a Pepe y, efectivamente, al finalizar el acto les ofrecieron elegir entre varios regalos, pero no un reloj. Entonces Alejandro escogió una «baticao», lo que ocasionó una pequeña discusión con su acompañante. La cuestión es que Alejandro se hizo portador del presente y empezó a hacerlo funcionar por la calle, como un niño juega con su última conquista. En uno de esos lances de encender y apagar el artilugio, la «baticao» se cae y se rompe: «castigo divino» pensaría Pepe. Pero lejos de esto, al intentar recomponerla, Alejandro se dio cuenta que modelando las varillas y al ejercer la fuerza motriz giratoria, estas creaban formas en el espacio. Aquel paseo y aquella tarde, en principio sin interés, culminó con el paso por el estudio y el comienzo de la formalización de Clonaciones, una de las obras más poéticas de Alejandro: aire, luz y tiempo la conforman.

Concha Hermano, Oda al POP-ART de Alejandro Gorafe

La obra “Publicidad solapada” de Alejandro Gorafe pertenece a la serie “Beber con los ojos”, título original que en este contexto sugiere algo similar a “darnos un atracón de arte con la mirada”. Alejandro concibe la serie como un homenaje a la costumbre española de quedar en un bar para tomar algo. Los bares son para él más que un punto de encuentro, son lugares donde el acto de beber es un ritual social.

“Es en los bares, esos lugares donde se reúne la gente, donde surgen los grandes proyectos, se conocen los amigos, se comparte la magia de un brindis, surge el amor y se fragua todo en esta vida, es un sitio de reunión donde la gente comulga. Es algo tan cotidiano que parece que no lo vemos, pero es de una importancia vital.”. Cada chapa representa una persona, sus gustos particulares, y la persona va dejando su rastro.

Esos pedacitos metálicos con los que antaño jugaban los niños en las calles, son los que Alejandro interviene y devuelve al público como objetos revalorizados. La serie es una crítica al materialismo y a la guerra de las marcas, pero por encima de este concepto, cada obra es un objeto que transmite unas emociones a través de la forma y del color.

“A mí me parecía muy atractiva la estética de las marcas, ya que mi obra siempre ha estado muy próxima al arte Pop”. Afirma.

Tras un proceso de tres años de búsqueda de miles de platillos, de limpiarlos, cortarlos y enderezarlos, comienza la transformación y el ensamblaje. Además de evocar el POP- ART, el efecto visual de estas obras de complicada realización y gran magnetismo está cerca de la abstracción geométrica y del arte cinético.

El ensamblaje de miles de chapas recortadas con precisión matemática, el diseño con variaciones del color y del metal, es una proeza, una prueba del poder fisicista y la creatividad sublime de este autor. Gorafe replantea la chapa y la reinventa con su lenguaje. Y lo dice: “La idea era utilizar las chapas como un elemento artístico para crear una obra visual, a veces arquitectónica, a veces como un mosaico, otras veces como un tejido”.

«Es casi arte post-industrial, como si lo hubiese hecho una máquina. Pero no. En este caso, la máquina he sido yo». Expresa.

Versatilidad y genialidad, dos virtudes propias de la obra de Alejandro. También ironía y humor, que en el fondo ocultan las claves de un sabio pensador capaz de transformar los objetos cotidianos en verdaderos y únicos objetos de arte.

Sergio García y Lola Moral, Alejandro Gorafe

Jesús Zurita, Jardincito

Recuerdo a Gorafe encajando cosas dispares. Recuerdo cómo explicaba algunas de sus obras, sin mayores ceremonias discursivas y siempre sonriendo: «-Me di cuenta de que esto encajaba con lo otro y… era verdad». Mirar su trabajo es dar fe de estos casamientos, encajes, acoples, engastados, machihembrados… tejidos que dan lugar a sus artefactos, los suyos específicos, que siempre entendí como una especie de «objeto-plazoleta», es decir, una cosa cuyas partes constituyentes se reúnen al encuentro solaz, sin objetivos funcionales, sin afán de dispositivo. Partes que se encuentran en la proximidad del barrio. En aquellos incipientes años 2000, mientras todo el mundo prefijaba con «ciber» indiscriminadamente, Alejandro Gorafe paseaba por Granada con un cierto espíritu Bruguera. Así lo recuerdo, apañando grietas con verdores imprevistos.

Carmelo Sánchez Muros, La mujer araña

A lo largo de mi vida, sabía de la existencia de varios tipos de artrópodos, más o menos venenosos. Había oído hablar de tarántulas, de arañas domésticas, que siempre nos hacen reparar en los rincones más olvidados de la casa; había visto magnificas arañas de cristal de Bohemia, pendiendo de suntuosos techos pintados, rodeadas de nubes y robustos angelotes, pero nunca había imaginado que pudiera existir una lámpara-araña de piernas femeninas.

Gorafe inventa, con su alucinante y descomunal imaginación, esta araña para que alucinemos en su contemplación, al transformar unos vulgares elementos (seis piernas de maniquí) en una propuesta, un ready made, que nos envuelve en una inexistente red, despertando nuestra admiración y erótica sonrisa socarrona de complicidad.

Así es que nos despierta un discurso interior sobre la superación del concepto de arte burgués, haciendo un guiño a Duchamp, Dadá, y tantas otras propuestas que él sabe resumir, con su indudable maestría, en esta obra concebida en 1997.

Se mostró públicamente en la Exposición «La utopía del tiempo», en el palacio de los Condes de Gabia en 1999, promovida por la Diputación Provincial de Granada.

José Vallejo, Alejandro Gorafe

Conocí a Alejandro de la mano de Juan de Loxa en los ya lejanos años 80. Aunque nuestro encuentro, ya indeleble, nació hacia 2004 con la exposición I·Conia que comisarió Julio Juste en Baeza. Allí, Alejandro intervino un óculo vacío de la sala, transformándolo en un rosetón catedralicio al aplicar un encaje de fornituras industriales provocando la ilusión de estar viendo una vidriera.

Al año siguiente pude encargarle una obra para la primera exposición de Acordes, en Dar al-Horra, cuyo concepto era la música o el sonido. Alejandro no titubeó y me dijo: vente al estudio –entonces en la Azucarera– y te llevas la pieza. Era la diadema de unos cascos para oír música, sin auriculares, que él sustituyó por dos caracolas de mar. El poema visual estaba hecho, solo faltaba un poco de arena de playa que se consiguió después.

En 2016 le pedí una nueva obra para Acordes III. Llegó a la sala con una gran pieza geométrica compuesta por cientos de Cds cosidos por bridas que jugaban con la luz, sus reverberaciones y el eco del sonido que albergaban. Sinestesia se llama esta obra realizada con materiales reciclados.

Fueron muchas las charlas, las reuniones con amigos comunes. Una noche, en casa de Ángela Galindo, nos contó cómo surgió la obra Clonaciones de 1997, pura genialidad de su particular proceso de creación. Alejandro, como escribió en relación con Música acuática, una de las piezas que preparó para Acordes I, permaneció siempre atento al «gran concierto»:

A través de unos auriculares y un par de caracolas, intento concentrar toda la atención hacia un gran concierto ¿Sin fin? Que es el mar.

Sergei Furst, Reflejos

Cuando me encontré por primera vez con la escultura de arriba pensé que Alejandro la había soldado y me pregunté, brevemente, si estaba loco. En mi mano puede verse el triste resultado de intentar soldar con TIG un alambre de acero delgado. Me llevó un poco de tiempo darme cuenta de que Alejandro Gorafe había llegado a lo anterior por un camino diferente: cortando una malla de alambre, del tipo que se usa para las conejeras. Dicho de otro modo: en lugar de seguir un proceso de adición como soldar, se trata de un proceso de sustracción, de corte. El proceso de adición sería, como he sugerido, casi imposible. Es, de hecho, el tipo de tarea que los dioses inventarían para castigarte. La pieza me recuerda de algún modo a la ilusión del pato y el conejo. Incorpora una ambigüedad, solo que esta ambigüedad no es la del «qué», sino la del «cómo». La ilusión surge le proceso, no de la interpretación de una imagen acabada. Alejandro era un ilusionista. De no haber sido artista, habría sido un mago de circo, sacando a cada instante conejos del interior de un sombrero. ¿Quién de nosotros, cuando lo vimos por última vez tras aquel muro de cristal, no esperaba el siguiente truco?

Alfonso Salazar, La manera de mirar el mundo

A finales de los años ochenta, recién salido del barrio, me interesaba la poesía, pero sobre todo, las otras maneras de la poesía. Por entonces bien veías la poesía visual en directo o tenías la fortuna de conseguir un catálogo, seres de papel mitológicos: la imagen era escasa, confinada. Había descubierto a Brossa, intuía la obra de Loxa, y, de pronto, me topé con Alejandro Gorafe.

Creo que fue primero en una exposición en Sureste, luego en la Escuela de Artes y oficios (así llamada entonces), hasta que, por fin, tuve la ocasión de conocerlo en persona en una efímera galería en Pedro Antonio de Alarcón, muy cerca de Alhamar, donde pude maravillarme ante el Homenaje a la Cenicienta, su Niño Jesús con 6 dios-trías o la Canción del muchacho de siete corazones. Poco tiempo después me invitó a participar en el proyecto 1ª Lectura poética en play back en la Galería Arte Directo. Fue en 1996. Por entonces comencé a elaborar mis propias piezas. Alejandro avanzaba en su lenguaje: había comenzado a trabajar en finas piezas de metal, miniaturas cotidianas entrelazadas, objetos de luz y aire… aunque nunca olvidó los objetos más cotidianos, aquellos en los que yo me sentía identificado como espectador y como creador. Por eso, su colección de gafas me fascina. Yo también colecciono gafas desde adolescente, preparadas para algún día poder convertirlas en algo digno de ser observado. La pieza que acompaña a este texto es eso: un homenaje a las gafas de Gorafe, a su manera de mirar el mundo.

Carmen Ocaña, Gorafe en Gorafe

Así tituló Alejandro la exposición objetual que el 20 de diciembre de 2001, se inauguró en una sala cultural del Ayuntamiento de Gorafe. Las obras expuestas, reflejaban la creatividad y expresiones basadas en una experiencia temprana que quedó grabada en su memoria, y que se convirtió en impulso y fuente de inspiración, que impregnaría toda una trayectoria, transformando sus recuerdos en sorprendentes conectivopatías, en imposibles e inclasificables obras de arte. Pues bien, ese texto -que por licencia mía he titulado «Cuento de Navidad»- fue incorporado al poster editado para la ocasión, «GORAFE EN GORAFE».

Al invitar Olvidos de Granada a amigos y artistas para tratar sobre su vida y su obra, -Gorafe surrealista, conceptual e inconformista, poético, metafórico, semántico, cinético e impresionista-, impresionista por lo que de impresionante tiene su obra, es interesante que el propio Alejandro nos cuente sobre sí mismo. De tal manera que a continuación se transcribirá el texto mencionado. Si en cuanto a la influencia ejercida y proyectada en su obra tuvo esa narración, no menos le marcó, -en el contexto emocional-, la relación con la familia paterna en las vacaciones estivales en Gorafe, un entorno rural de libertad, naturaleza y sencillez, de lunas y cielos estrellados que dejaron imborrables recuerdos, huella profunda en su forma de ser. Alejandro Gorafe valoró siempre las relaciones simples en lo cotidiano, pero exigente en provocadores desafíos. ¿Desafió Alejandro al tiempo en GORAFE EN GORAFE? No es metafórico. Ahora más que nunca.

Alejandro Gorafe, La luna de Gorafe

Un día de enero del año 1970, mandaron de la oficina de Correos un resguardo para retirar un paquete a mi nombre. Como yo era menor de edad, mi padre me acompañó y dijo: soy Manuel García Sánchez, el padre de este niño al que va dirigido el envío. El hombre de la ventanilla fue a por el paquete y, un poco desconfiado, me preguntó mi nombre y le dije: Alejandro. ¿Y qué más? García del Saz, contesté. «Este paquete viene de Estados Unidos , ¿sabes quién te lo manda?». «Pues no», repliqué. «¡Bueno, bueno!» se dirigió a mi padre: «Tendrá que rellenar Vd. este papel». Y así lo hizo.

Se trataba de un tubo de cartón que en su interior contenía el recortable de una nave espacial, y una felicitación navideña. Su remitente, se llamaba Fryxell, y trabajaba para la NASA en Cabo Cañaveral, lugar desde donde se lanzaban los cohetes espaciales con destino la Luna.

Al llegar a casa, entre mi padre y yo, nos dispusimos a montar la maqueta hecha a escala del módulo y la araña espacial. Yo recortaba las piezas con mucho cuidado, mientras él las iba pegando con esa paciencia y habilidad que le caracterizaba.

El resultado fue sorprendente, era un objeto extravagante, en blanco y negra, con su puertecita, sus escaleritas, el radar y unas patas para posarse sobre la superficie de nuestro satélite. Se trataba de una nave diseñada para transportar al primer hombre que puso el pie en la luna.

Recuerdo que, ese día, no me separé ni un sólo instante de aquel extraño juguete. La mesa camilla hacía la vez de satélite sobre la que alunizaba una y mil veces la nave dirigida por mí, muy despacito, porque, según decía mi padre, la superficie de la Luna es muy rocosa y un movimiento brusco podría romper alguna de las patas de la araña y las consecuencias en ese caso serían muy graves. El astronauta eran mis dos dedos que poco a poco bajarían las escaleritas, hasta tocar tímidamente la superficie de la mesa-luna.

A la mañana siguiente, llamaron a la puerta. Era un señor preguntando por Alejandro García del Saz, que llevaba una cámara de fotos … Me pidió que posara para hacerme un retrato. Era muy temprano, nos acabábamos de levantar… Recuerdo cómo mi madre intentaba aplacar un remolino rebelde que tenía en la coronilla, así que, después de hacerme las fotos, se marchó sin decir nada más.

El día después, de mañana, fui a por el IDEAL, como todos los días de vacaciones, pero cual no sería mi sorpresa cuando en una de las páginas vi mi foto publicada con un titular que decía: «¿Es éste el primer niño español seleccionado por la NASA para subir a la Luna?» y un texto hablando de mí. A partir de aquel mismo momento, todo cambió, mis amigos se encargaron de ir pasando la noticia de boca en boca, con lo que en poco tiempo cogí una popularidad fuera de lo corriente en el colegio y en el barrio. A los incrédulos, les enseñaba la prueba de fuego, llevándolos a mi casa para que comprobaran con sus propios ojos a través del anuncio del periódico y con la maqueta para que no hubiera la menor duda, que aquello era totalmente cierto. Sí, yo era un elegido, de la noche a la mariana, pero ¿cómo me seleccionaron, si yo no me había presentado a ningún tipo de pruebas? Desde hacía un par de años, más o menos, yo había empezado a coleccionar minerales, a raíz de unas excavaciones en la Cueva del Agua de Píñar, ya que los geólogos amigos de mi padre solían traerme de vez en cuando algún ejemplar de los que encontrabas por los alrededores del pueblo. Fue entonces cuando empecé a interesarme por la geología. Aprendí a diferenciar y catalogarlos según sus propiedades, etc … y así la colección fue cada vez más interesante.

Un verano, mi padre nos llevó a dos de mis hermanas, a mi madre y a mí, a un sitio que se llamaba «La Venta de los Arcos», cerca de Píñar, donde él continuaba las excavaciones del año anterior. Nosotros nos entreteníamos buscando piedras por los alrededores. Allí conocí a aquel señor Fryxell que estaba trabajando con mi padre en la cueva, buscando restos arqueológicos. Lo recuerdo como un hombre bastante inteligente y con la lengua de trapo, como yo decía. Mi padre y él se hicieron grandes amigos y, sobre todo, había una gran admiración del uno por el otro, ya que hablaban de las estrellas con el mismo lenguaje y conocimiento, que sentía un placer extraño al oírles cuando hablaban de estos temas.

Recuerdo que una tarde, ya en Granada, se presentó Fryxell en casa. Muy eufórico, deseaba enseñarle a mi padre algo que traía en una bolsa de tela, envuelto como un tesoro. Yo fui a curiosear lo que traía. Era algo absolutamente sorprendente, se trataba de una serie de piedras grises con brillo metálico muy raro que colocó sobre la mesa. Le pregunté que de qué minerales se trataba, mientras cogía una de ellas. Mi padre me dijo que la volviera a colocar donde estaba y me explicó este señor que eran muestras de la luna, que estaban estudiando su composición.

«¿Y cómo las tiene usted?». «Pues verás, es que resulta que yo trabajo para la NASA y las ha recogido un robot dirigido desde la Tierra por control remoto y a través de un cohete espacial, llegaron a nuestro planete, de manera que tienen un valor incalculable, ya que existen muy pocas».

Al año siguiente de Píñar, mis padres nos llevaron a pasar el verano a Gorafe. Nunca olvidaré los buenos ratos que pasamos allí. Hice muchos amigos, con los que aprendí a tirar piedras y jugábamos a ver quién alejaba más… (Amador, José el hijo del panadero, el otro Amador, Agustín, que lo he vuelto a ver ahora y vaya cambio, Fandila, este era algo más mayor, digamos que era el capitán, etc … ), eso sin contar a mi primo Jorge, el hijo de Moya y Josefa, o las hijas de Nicolás y Nicolasa, las de la tienda. Mi prima Susana era más pequeña, por lo que apena tuvimos roce en aquella época. También conocí a Loli Bustamante de la que yo estaba completamente enamorado, a Guada, cómo no, y por supuesto a mi amiga Belén, hoy la alcaldesa de Gorafe. Estos eran mis amigos, aunque había muchos más que este momento no logro recordar sus nombres, pero sí aquellos momentos de felicidad.

Por la mañana, solíamos visitar de vez en cuando a unos y otros familiares, mi tío Nicolás (pobre), y mi tía Asunción, ¡cuánto cariño me dieron! Cuando pienso en ellos, que ya no están, se me hace un nudo en la garganta, no sé si yo correspondí de alguna manera a tanto amor. Mis tíos Santiago y Rosa, a los que tanto les gustaba la lectura, mi tío por aquel entonces era el maestro, de lo que yo me sentía muy orgulloso. Mi tía, con esa dulce timidez, hizo muy bien en dedicarse a la pintura, a ver si con esta exposición, se anima de nuevo … ¡Ay Lolita! También la recuerdo de niña con aquel pelo rizado, de Mari Rosa, ¿qué puedo decir? siempre tan amable, siempre cerca de mi padre, con un interés tan especial por las conversaciones o, mejor dicho, por las clases de astronomía que él impartía por la carretera en las noches claras de verano. Manolín, ¡no cambies! Personajes como tú quedan pocos, tú representas la alternativa de todo este embrollo.

Todos tenemos una tita monja, pues la mía se llama Anita, y es especial, aparte de su gran inteligencia, va por delante de todo, con esa claridad de ideas y esa paz inmensa. Y luego están mis titos Antonio y Maruja, todavía no logro entender por qué les negaron la adopción de un hijo ¡cómo está el mundo! Cada vez que hablo con él, me parece estar viendo a mi padre, tan justo y honesto, y ella tan atenta ¡no vaya a faltarle nada a nadie! Y la veías ir desde el salón a la cocina una y mil veces. Sí, en resumidas cuentas, estos son algunos de mis recuerdos, mi infancia fue muy feliz, ya lo creo, por eso vuelvo de vez en cuando a ese punto de referencia que es Gorafe y veo que la gente de aquí, aún no me ha olvidado.

Un día, no hace mucho de esto, fui con mi tío Antonio a ver los almendros de mi padre en el llano, me llevó a un lugar que por un momento creí de otro mundo. En mi vida había visto nada parecido, era un paisaje desértico, donde alejabas la vista hacia el horizonte y no había ninguna referencia de nada creado por el hombre. Era como estar en la Luna. Nunca he podido quitarme de la cabeza aquella visión tan fantástica que de pronto se abrió ante mis ojos. No tengo palabras para describir tanta belleza.

Otro día en Granada, de esto hace ya más de diez años, en una de esas veces en las que quería mostrar a un recién conocido aquel famoso recorte de periódico, noté algo que no había observado antes. Resulta que de lo que hablaba el periódico en realidad era de un regalo de Reyes que aquel señor norteamericano me había mandado desde Estados Unidos, y como titular aparecía aquel texto con una interrogación final… En ese momento, regresó a mi mente todo el pasado, desde que tuve conciencia de lo que en realidad quería ser de mayor y, por supuesto, pude deducir que nada de lo que yo había pensado se haría realidad ¿qué ocurrió? Todo había sido un malentendido, un producto de mi imaginación, pero ¿qué había de verdad en todo esto? Me sentí por un momento engañado, algo así como cuando descubres que no existen los Reyes Magos, sólo que yo ya tenías unos veintiséis o veintisiete años. De manera que le expliqué a este colega que en realidad se trataba de una cariñosa broma de mi padre.

Desde el año 1979 hasta ahora, me he dedicado de lleno al mundo del arte, quizá esperando una carta desde Cabo Cañaveral o seguramente buscándome en cada obra que construía o tal vez creando un mundo en el que vivir a mi medida. Ahora he comprendido, con el paso de los años, que la Luna está en mi pensamiento, que yo siempre he formado parte de ella y que no he necesitado subir allí para conocerla, ya que estaba en el Gorafe de mi infancia, Gorafe como pueblo y como mi nombre indica.

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