Significación actual de La otra sentimentalidad y de Javier Egea

Miguel Ángel García

Romper el cerco

Es verdad que se aprecia una sorprendente madurez formal en Serena luz del viento, un libro anclado en eso que se llama la tradición, aunque en su segunda parte Egea ya suena más a Egea; que A boca de parir (1976) —un título, sí, manifiestamente mejorable, pero que tiene un preciso sentido en el mundo del cante jondo— supone una transición poética e ideológica; que Argentina 78 (1983) no va mucho más allá del atinado alegato político y comprometido, de la literatura contra los dictadores; que ya el amago «materialista» (voy a llamarlo así) de Troppo mare (1984) revela que, por encima de las luchas colectivas, nos aguarda la soledad; que el no menos espléndido Paseo de los tristes (1982) quiere mostrar como pocas veces se ha hecho en poesía la imposibilidad del amor y de la vida en un mundo gobernado por la explotación; y, en fin, que en Raro de Luna, donde Egea se mueve en territorio sonámbulo e investiga las relaciones entre el lenguaje poético y la experiencia psicoanalítica, puede observarse un abandono en lo concerniente a los postulados de La otra sentimentalidad. Manuel Rico ha señalado que el lenguaje del Egea central y su construcción de la vida cotidiana se apartan de la «poesía figurativa», así como que con este libro más o menos surrealista culmina el proceso de ruptura estética con la poesía de la experiencia. Yo no hablaría de ruptura en este caso. Ni diría que se ha intentado «desideologizar» la escritura del autor a partir de su inserción en un discurso académico dispuesto a primar el «experiencialismo psicologizante». No creo en las campañas dirigidas contra este o aquel poeta y menos desde el mundo académico. Sí en que ninguna lectura es inocente y en que los poetas siempre andan a la greña. Son las fricciones propias del campo de producción cultural, como diría Bourdieu. Luchas por algo al fin y al cabo tan inane —al menos para mí— como el capital simbólico en poesía. De otro lado, la escritura de los grandes no se puede domesticar. Ninguna literatura, ninguna poesía se deja desideologizar, ni la más supuestamente blanca.

Ese Egea de Troppo mare y Paseo de los tristes va por una línea aparte, la línea otro-sentimental, que algunos consideran uno de los afluentes que fueron a confluir sin más en el río mayor de la poesía de la experiencia. Raro de luna no culmina una ruptura con los tonos y modos experienciales; simplemente los ignora, los orilla, pero el precio del salto al surrealismo/irracionalismo es el apartamiento de La otra sentimentalidad, por más que Egea pretendiese situar este libro en la tradición surrealista revolucionaria —incompatible con el capitalismo, a su juicio— de textos como Sobre los ángeles y Poeta en Nueva York. Se ha dicho que la rareza y lo oscuro, las zonas no conscientes, se convierten en una nueva vía de indagación ante la imposibilidad de concretar una poesía materialista, una práctica ideológica de la poesía. No creo que Egea se tropezase con esta imposibilidad, como un muro que le impedía seguir avanzando, ni que llegara a romper,  poética e ideológicamente, con nada. Sencillamente porque una ruptura total nunca es posible. Volvía a la ideología de la palabra poética porque en realidad jamás la había abandonado. Quizás para fortuna de la poesía, pero no para los que alguna vez hayan soñado con una transformación materialista de la escritura. Quiero decir: con escribir de otra manera en otro mundo distinto a este.

No hay más cera que la que arde y quizás Egea siempre estuvo más próximo, por emplear otra vez términos althusserianos, a la ideología de la creación y la expresividad poéticas que a cualquier ruptura en este terreno. Apenas dejó de entender el lenguaje poético —y repito que en cierto modo por fortuna y en cierto modo por desgracia— como una realidad sustancial. Voy a mojarme y decir que el mejor Egea sigue estando para mí en Paseo de los tristes y concretamente en sus dos últimas secciones: «Flota en este lugar / un aire de posible belleza, de miseria real, / un cierto aprendizaje de burdos poderíos, / un aroma de desclasamiento / y también un extraño deseo. / Mirad sus ropas, su fingida grandeza: / van de regreso como de costumbre / hacia los torpes refugios que vende el capital / a cambio de silencio». Que en el inconsciente de Egea estaba grabado, como en el de todos nosotros, el hecho de que la poesía es forma, función poética, otro uso del lenguaje, que él se sabía y se quería poeta y nada más que poeta, es algo a mi entender muy claro. Basta pensar en la gran cantidad de borradores y versiones intermedias del poema «Paseo de los tristes», al cual pertenecen los versos que acabo de citar. En este sentido, Egea era auténticamente juanramoniano (Machado, en cambio, confesaba que tenía la costumbre de no volver sobre lo hecho) y podría llamársele, con expresión de Celaya, aunque dándole otro sentido ligeramente diferente, poeta perfectista. Como si hubiese que estar tocando y retocando el poema hasta descubrir que así es la rosa. Hasta llegar a una relación de intimidad con el lenguaje.

No por decir que vendemos nuestras vidas al capital uno se convierte automáticamente en poeta materialista. Sobre todo si lo decimos sin separarnos gran cosa de la ideología dominante de la poeticidad, que no es lo mismo que la poética dominante en este momento o en este otro. Me da la impresión de que, por recordar a un crítico tan polémico como Castellet cuando defendía el realismo histórico (esto es, antes de darse la vuelta como un guante y decirnos que la poesía volvió por fin con los novísimos), en el caso de Egea, como en el de algunos poetas de posguerra, a una actitud realista correspondía un lenguaje aún simbolista, sin olvidar que esa dualidad simplista simbolismo/realismo resulta inasumible. El gran Egea de esos dos libros centrales, Troppo mare y Paseo de los tristes, me hace pensar algo semejante en muchas ocasiones. Nunca puso en duda lo poético en sí, la poeticidad para la que estaba excepcionalmente dotado. Y aun así hoy nos deja estupefactos que uno de los poemas de la sección «Renta y diario de amor», de Paseo de los tristes, llegara a titularse provisionalmente «Pour Marx», un guiño a Althusser que se corresponde con el que le hace «Leer El capital», el poema que cierra Troppo mare. Todo lo cual lleva a corroborar que los dos libros obedecen a un mismo tiempo en la producción poética del autor, a un mismo movimiento en el sentido musical.

Los guiños althusserianos a los que acabo de referirme no me parecen suficientes para sostener que a través del marxismo Javier Egea rompe, a comienzos de los 80, en pleno fervor otro-sentimental, no solo con su obra anterior sino a la vez con toda una concepción burguesa (idealista, esencialista) de la escritura. Hoy no creo que la sucesión de discontinuidades, de tentativas que van marcando sus libros, uno tras otro, sea una larga y decidida marcha en busca de una escritura materialista. Estoy de acuerdo con Jairo García Jaramillo cuando afirma, de la mano de Barthes y Althusser, alertando sobre la función ideológica de las mitologías, que el mito Poesía rellena el inconsciente juvenil de Egea. Pero, ¿solo su inconsciente juvenil? Estoy igualmente de acuerdo con este antiguo alumno mío en que, sin romper con los esquemas de la ideología literaria dominante, siempre atrapados en la dialéctica de lo puro y lo impuro, Egea pasa de la sacralización de lo privado (el amor) en Serena luz del viento a la sacralización de lo público, a una poética comprometida y una progresiva toma de conciencia política, un cambio de tono que comienza a observarse en su segundo libro, A boca de parir, y sin solución de continuidad en los poemas más directamente sociales o políticos de Argentina 78. ¿No era uno de los propósitos de La otra sentimentalidad abatir las fronteras de lo privado y lo público, lo puro y lo impuro, la intimidad y la historia?

Otro alcance tienen, como digo, los dos libros que van a venir después, Troppo mare y Paseo de los tristes, escritos precisamente en este orden, aunque publicados en el inverso. Suelen situarse en el momento de la ruptura, en ese periodo hoy mítico para nosotros en que Egea, junto a sus dos compañeros granadinos, Álvaro Salvador y Luis García Montero, habría tratado de revolucionar la escritura y construir un nuevo discurso poético. El marxismo le habría llevado a comprender el carácter ideológico de la poesía, la conveniencia de una escritura materialista. Si la poesía era asumida como una práctica ideológica (la ideología se materializa en prácticas), esto abría la posibilidad de transformar la historia. Había que romper el cerco, Javier Egea lo intentó y el maestro Juan Carlos Rodríguez saludó al poeta de Troppo mare, que venía de vuelta de un viaje de transformación personal, ideológica y literaria, como un poeta «otro»; un poeta situado en un horizonte materialista y que no había evolucionado sino roto con todo un mundo anterior. Desde entonces, este fantasma de la ruptura, de la coupure, puesto en circulación por el pensamiento marxista de Althusser, no ha dejado de asediarnos a todos los que nos hemos acercado alguna vez al poeta. Imposible escapar a la sombra inmensa del profesor Rodríguez, a la revolución teórica que ya había iniciado por entonces. A su zaga, hemos leído Troppo mare y Paseo de los tristes como libros que nos invitan a construir otro mundo, otro amor, otras relaciones humanas alejadas de las relaciones sociales del capitalismo, de sus relaciones de producción, que son relaciones de explotación. Otra forma de vida, en suma, y otra forma de escribirla.

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