Queridos blancos:
L´UNITÀ, 1989
LA FÁBRICA DEL SUR, 1990
Traducción: Mariano Maresca
Hay un racismo abierto, brutal que se manifiesta en seguida. Hay otro sutil, latente, podríamos decir «moderado», pero quizás más extendido y por eso más insidioso. Lo captamos en esa pregunta tan frecuente que oímos en el autobús, por la calle, en las tiendas, ante el inmigrado que pasa: «¿Qué quieren? ¿Qué han venido a hacer aquí?». Yo digo que en esta pregunta hay una falsificación de los hechos históricos. No son ellos los que nos «invaden» . Somos nosotros los que los hemos invadido, desde los tiempos de Colón. Desembarcamos allí y los ocupamos. Levantamos nuestras plantaciones y llevamos los esclavos negros encadenados. Y construimos imperios en sus tierras. Todavía hace sólo treinta años que dos Estados de la civilizadísima Europa mandaron sus acorazados a Suez para intentar volver a imponer su dominio. ¡La liberación de Argelia fue hace apenas dos decenios! E incluso cuando acabó la ocupación política de continentes enteros, durante años hemos rapiñado su petróleo casi a coste cero; y además de rebuscar en su subsuelo, hemos saqueado sus bosques, les hemos vendido dinero a precio de usura y les hemos hecho pagar a un precio altísimo nuestra modernización. Todo ello quemando y arrasando costumbres, culturas, paisajes. Todavía hoy existe un país compuesto en su inmensa mayoría por «negros» y gobernado sólo por blancos.
Hemos vendido armas a países del tercer mundo para atizar guerras y dividirlos, y de paso ganar buenos cuartos con las guerras.
Somos nosotros, por tanto, quienes los hemos obligado a venir, empujados por la necesidad. ¿No es entonces ridículo preguntarse por qué vienen? Ya ni siquiera se tiene en pie el discurso de la «civilización», es decir, de la lenta (y progresiva) homologación con el modelo de desarrollo de la civilización occidental. Lo han dicho nuestros científicos: la extensión de este modelo energético y de consumo a todo el planeta no es sostenible, la madre tierra no lo soporta.
¿Y no es curiosa tanta cólera porque estos «extranjeros» crucen nuestras fronteras? ¿Quién sino nosotros -occidente, América- ha inventado el mito de la frontera que está cada vez más lejos? ¿Y quién ha cantado y canta ese mito todos los días con la secuela infinita del film que de madrugada, a la hora del almuerzo, en el desayuno nos cuenta la epopeya del cowboy que cabalga «más allá de la frontera»?
Así pues, las fronteras las hemos destrozado nosotros los europeos, los occidentales. Por lo demás, ¿cuánta riqueza alemana se ha hecho en esta segunda mitad del siglo con el sudor de los turcos inmigrados? ¿Realmente estamos pensando ahora, después de haberlos desarraigado y obligado a venir, en subir el puente levadizo de nuestras ciudades y cerrar las puertas? ¿O en construir nuevos guetos, reservas especiales?
¿Para cuántos? Y sobre todo ¿por cuánto tiempo?
Pues el camino del racismo, de los guetos, como también el del numerus clausus no sólo es inmoral y absurdo, sino a la postre impracticable. Y sin una respuesta abierta a este nuevo «evento» que nosotros hemos provocado no tendremos paz: ni en el cuerpo ni en el alma.
No tendremos la paz del cuerpo -por decirlo así- porque estos otros desembarcarán igual, y si desembarcan clandestinamente será peor; porque si no van a tener derechos, serán usados en el mercado de los braceros y de los servicios de precio más bajo. Y habrá zonas donde se desencadenará la «guerra entre los pobres»; y habrá suburbios, chabolas, estaciones en los que la desesperación de estos » sin derechos» y «sin ciudadanía» los empujará al acto violento o los entregará a los narcotraficantes apostados en la esquina.
Y menos paz tendremos en el alma, porque estos «clandestinos», «guetizados», «marginados» serán el espejo de nuestra violencia, de nuestra prevaricación y de toda la sangre de que están manchados nuestros códigos morales. Y entonces, para aplacar nuestra mala conciencia, vendrá realmente el riesgo del retorno público del racismo, también frente a los terroni*, que también son sur.
Esta historia mi generación la conoció en su propia piel, cuando se declaraba «enemigos» primero a los judíos y luego a los que no se declaraban enemigos de los judíos. La cadena infame. Pienso, sin embargo, que no bastará con decir «yo no seré racista» o «yo diré no». Es preciso saber que ante lo que está empezando a ocurrir deberemos cambiar nuestras reglas y nuestras formas de agregación, y por tanto a nosotros mismos. Me parece evidente que deberá cambiar el sindicato, no sólo abriendo sus filas, sino precisamente cambiando con ese fin la trama de sus reivindicaciones. ¿No estamos ya, por lo demás, cambiando nosotros, partido comunista, cuando llevamos como candidata en la lista romana a Halina Mohamed Nur? ¿Y no se está ampliando ya nuestra plataforma de propuestas, esto es, nuestra actuación política?
La misma cuestión de los derechos se amplía y se complica, porque habrá que plantear nuevas paridades, pero también nuevas diferencias. Tendremos que repensar el sistema escolar, por lo menos aprendiendo de las dolorosas experiencias de nuestros grupos de emigrados, por ejemplo en Alemania. Y deberemos plantearnos el problema de la ampliación del voto. Por » provisionales», «clandestinos» o «chabolistas» que puedan ser, estos desembarcados en nuestras tierras están entrando ya en la vida de nuestras instituciones. Y esto no lo lograremos sin modificar nuestra cultura, lo cual significa, antes que nada, conocer y conocerse.
Digamos la verdad. Hoy, a estos inmigrados, nosotros los conocemos sólo como «astillas» en movimiento, «trozos» de un mundo oscuro, fragmentos «de color».
Incluso en esta época de la velocidad de la información, África, por ejemplo, es para muchos de nosotros oscura, o por lo menos un continente espeso de pesadas sombras, o un lugar de vacaciones. Ni siquiera conocemos bien los nombres de los Estados africanos. Y eso que de África ya sabemos mucho: por lo menos ha llegado el sonido de su música, o de su danza, o «astillas» de sus extraordinarias esculturas. Pero ¿qué son para nosotros las Filipinas, o las islas de Cabo Verde? Por eso estos inmigrados nos resultan anónimos, definidos sólo por el color de su piel; por eso nos resultan tan oscuros, extraños y amenazadores.
Y sin embargo, si no queremos quedarnos en algunas «concesiones» (o en el mejor de los casos, en la asistencia o la caridad), debemos reconocerlos: conocer su historia y la razón última de su desembarco entre nosotros, de su «viaje».
Llega a ser verdadero «sujeto de derechos» quien es reconocido en su historia, en su «igualdad-diversidad», en su posible futuro; pues sólo así el derecho no es concesión en precario y puede convertirse en derecho- poder.
Sólo este conocimiento-comprensión puede descubrir y hacer entender la posible riqueza de esta diversidad. No alejaremos realmente el riesgo de la infección racista si no comprendemos, si no reconocemos la autonomía y la posible riqueza de esa alteridad, de eso que en la calle nos parece «extranjero»; algo que no sé y no tengo (y que como soy hoy no puedo tener) y que, desde el momento en que interviene en mi vida me modifica y me puede enriquecer.
Cierto: razonar así significa ir más allá del horizonte de la » justicia» o de una «decencia» humana con la que se espera tranquilizar la conciencia. Va más allá de asegurar un techo (y no una chabola o un dormitorio), un salario contratado (y no el mercado negro de los braceros). Significa meterse en la cabeza que defender el derecho de estos «extranjeros» es defender mejor (y ampliar) también los derechos y los poderes de los «indígenas» italianos, y ampliar el radio de nuestras posibilidades de comunicación social y humana.
Y no basta – me parece- que hagamos un esfuerzo para hacer conocer el patrimonio de competencias, profesionalidad y estudios que llevan consigo muchos de estos inmigrados, que normalmente desechamos con la imagen tan extendida y tan sumaria del vù ‘cumprà?**. Debemos sacar a la luz el trasfondo histórico y las potencialidades -también para nosotros- que hay, sofocadas y sepultadas, en esa «debilidad», tan herida, del inmigrado arrojado al mercado occidental de los braceros más baratos y sin derechos.
Es un tema que va más allá de la cuestión incluso de la «gente de color». Habría que ver si no debemos cambiar algo en el paradigma, el criterio, la medida de evaluación (pero la palabra «medida» lleva siempre a un cálculo meramente cuantitativo) con que miramos a tantas «debilidades» que, si leyéramos desde otro ángulo y extendiéndolas a otros horizontes, podrían resultar llenas de nuevas riquezas.
Baste pensar en lo que puede significar para la vida de este planeta una insurrección del tercer mundo, una salida de sus sufrimientos y agregaciones actuales.
Habremos vencido verdaderamente al racismo cuando a estos inmigrados, «extranjeros», » sin rostro», los llamemos por su nombre, los reconozcamos en su potencialidad de riqueza humana: los reconoceremos, en suma, porque nos dan, y no es pensable un futuro sostenible de este planeta sin la salida del tercer mundo de su subalternidad.
Y multietnicidad, pluriciudadanía, no significan pérdida de la memoria, dispersión en lo indistinto y lo anónimo, sino convivir y caminar e incluso confrontarse y hasta pelear con «otros nombres», en esta batalla que dura toda la vida y en la que siempre buscamos tener un nombre.
Apenas nacemos, nos bautizan y nos inscriben en el registro; y esto nos dice de inmediato cómo cada uno de nosotros es arrojado desde el primer minuto a una trama de relaciones.
Pero ese es siempre un nombre que nos ponen, aunque sea nuestro padre o nuestra madre el que nos lo pone. Y en el fondo la vida parece eso: búsqueda, construcción –en la relación con los otros- de nuestro verdadero nombre: incierto, inseguro, siempre por encontrar.
* Expresión despectiva utilizada para designar a los hombres del sur, equivalente -en cierta medida- a «catetos».
** Transcripción fonética de Vuoi comprare?, según lo dice el » negro» al ofrecer su mercancía.