Pietro Ingrao

Andrea Perciaccante y Daniel Cundari

El Sur: Pietro Ingrao

LA FÁBRICA DEL SUR, 1989

Traducción: Mariano Maresca

Si pienso en la idea del Sur -en lo que esta palabra significa hoy en el sentir de millones, quizás miles de millones de personas- tengo la impresión de asistir a un vuelco, o a la emergencia de algo.

Hubo todo un siglo, el dieciocho -pero también antes (Goethe) y después (Gauguin, Lawrence)- en el que el Sur aparecía como el lugar de una fisicidad y de un saber incontaminados, de una calma y de una pasión que iban unidas, de un carácter indomable del ser que se distendía en su fluir, incluso hasta el final trágico, pero siempre en ruptura con un artificio impuesto a la vida. El Sur era violeta. Un color denso. Pero también era arquitecturas desnudas, horizontales, sin vértices, sin vértigos.

Nací en un pueblo que no está exactamente en el Mezzogiorno, pero que era Sur porque era mundo campesino. Ya en mi juventud la idea del Sur había sufrido una dislocación. Este cambio de imagen tenía sus raíces en la rebelión campesina: marea de revueltas, espuma que acompañaba el áspero avanzar del mundo industrial moderno. De un modo u otro, con los libros, los relatos y las historias y con las imágenes de este mar campesino, el tema del Sur volvía, pero marcado ya para siempre por una connotación de sufrimiento y de opresión. Al principio de los años treinta, el Sur siempre era para mí y para otros -que luego seríamos arrastrados por las guerras atroces que partieron el mundo en dos- el lugar de una injusticia. Pero parecía como si la sangre, el sufrimiento, las muertes, las derrotas tuvieran que venir siempre envueltas en aquellos gritos de colores extremos, absolutos, en aquel azul, en aquel violeta. Y tampoco los caídos, los sacrificios, las debilidades, las aflicciones podían ser separadas de aquella luminosidad incorruptible. Antes bien, en aquella luz la sangre era sangre; y no parecía posible mistificarla.

Hoy creo que todo esto realmente ha desaparecido. La palabra «Sur» se ha ensanchado en el vocabulario cotidiano. Quizás no haya ni un día ni una hora en que no oigamos pronunciar esta palabra. La realidad a que alude se ha hecho enorme. En el fondo, antes, en mi juventud (e incluso antes), Sur era el Sur de Europa, era el Mediterráneo, Grecia, o el primer confín de Oriente; o simplemente las islas del Sur, mares del Sur como los de Stevenson.

Ahora, el Sur hace añicos la vieja pupila eurocéntrica. Ya no hay un confín al Sur. Es la mayoría del planeta. En nuestra mente cambia, por tanto, su dimensión. Cambia su rostro. El Sur de antes parecía poseer unas medidas propias, confines. Ahora parece difícil medirlo: decimos que dos tercios o tres cuartos del género humano son Sur.

Y ya no es una tierra fija, intacta. Se desborda. Emigra. Invade. Europa, antes, iba al Sur: como para evadirse de sí. Hoy, Europa está insegura: tanto es así que algunos ya intentan o sueñan con acotar recintos: regímenes de apartheid y culturas racistas.

El Sur, hoy, viene del Norte. No es ya una lejanía intacta: es hervidero, amalgama. ¡Cuidado con infravalorar los odios terribles que este nuevo contacto entre Norte y Sur puede desencadenar! Antes, el Norte, Occidente »dosificaba» las cantidades de Sur admitidas a su banquete; eran siempre cantidades sujetas con cadenas, fuesen éstas materiales o más sutiles. Hoy ya no parece posible «dosificar»; por lo menos, dentro de poco ya no será posible dosificar; pronto será así.

Antes, el Sur, incluso cuando era paupérrimo, se presentaba a los «blancos» europeos como una sutil armonía; quizás trágica, pero armonía. Hoy, el Sur es acusación: pregunta que acusa. Ya no hay armonía en su rostro: hay crispación. Cuando era joven aprendí y comprendí que en muchos lugares del Mezzogiorno había hambre. Pero en mis pensamientos usaba la palabra «pobreza», que siempre parecía implicar una medida. Hoy se trata de un hambre distinta, porque se produce delante y en medio de la opulencia, porque emigra del campo y de la aldea y encoge los estómagos en las megalópolis descoyuntadas y sacudidas por diez, veinte millones de habitantes.

Y »Sur» ya no es estar en una dimensión definida, reconocible, aunque sea flaca, descarnada, sino que es emigrar material e interiormente, mudarse a otras tierras y entrar en costumbres, lenguas, leyes violentamente diferentes. No pienso sólo en los millones de clandestinos que cruzan incesantemente las fronteras de los Estados Unidos o de Europa. Pienso en otros muchos -en África, en Asia, en Sudamérica- que no pueden pensar su vida como un estar en la propia tierra y que -aunque ellos no lo piensen así- se han convertido interiormente en emigrantes. Y no como los emigrantes de mi pueblo que, hace un siglo, iban a un lugar, América, haciendo la cuenta de la forma y el momento de la vuelta, teniendo una patria definida a sus espaldas. ¿Cuántos pueden hoy en el Sur del mundo decir »esta es mi patria segura de la que me voy a la que volveré»?

Por tanto, un Sur distinto del que ya no podemos separarnos. Estamos mezclados con él. De ahí que resulte necio el orgullo con el que todavía intentamos poner barreras e increíble que no sepamos decir desde ahora a nuestros hijos y a nuestros nietos que está sucediendo esa mezcla; y la ciudad sigue extendiéndose, los nombres de las calles ya no bastan, las periferias están en el centro. Redefinir un tejido, un plano de esta ciudad humana -si lo conseguimos- debemos hacerlo juntos. So pena de exterminios.

Sin embargo, este Sur dislocado, este Sur enorme, disarmónico, guarda dentro de sí lenguas, culturas, costumbres, como un mar todavía inexplorado. La frontera enjoyada de Occidente es sólo una frontera: y hoy comenzamos a entrever más allá. En una ocasión, los occidentales descubrimos no sólo la belleza, sino también la compleja multiformidad del arte africano: y muchos de nosotros, que nos quedamos mudos ante esos lenguajes extraordinarios, apenas sabemos algo de los flujos internos, de las corrientes subterráneas, de los ciclos que los alimentaron. Confieso que, durante mucho tiempo, entendí el Sur como desorden, es decir, como irreductibilidad positiva que se resistía e incluso desquiciaba a las retículas del saber occidental. Mi corazón estaba con ese desorden, y sin embargo es cierto que no sabía reconstruir cuántos flujos de lenguajes y por tanto de normas había en aquel desorden. En cualquier caso~ percibía, percibo una alteridad. El Norte: los vértices de los rascacielos inmateriales. Y en otro lugar, de rodillas o en conflicto, el Sur.

Ahora me pregunto si es posible ver aún contrapuestos estos dos polos, Norte y Sur. Cuando menos, emerge clamorosamente a la luz el vínculo. Nosotros, Occidente, habíamos sojuzgado sanguinariamente tierras y gentes del Sur en las Américas, en Asia, en África. Las hicimos dependientes. Ahora estamos descubriendo que nosotros, Occidente, dependemos de los bosques de la Amazonia y del Sudeste asiático para nuestra vida, para el aire que respiramos. No sólo se han acortado las distancias, la relación es circular.

Me pregunto si para esta nueva geografía del mundo países como Italia y España, que han sido no tanto países de frontera como tierras de encuentro de civilizaciones, no tendrán una palabra singular que decir, algo que pueden decir mejor que otros. Y ser puente. Pero la palabra puente no me convence mucho: puente es transición. Quizás habría que decir enlace. De las amalgamas del pasado, entre los muchos y distintos que se asomaban a las aguas del Mediterráneo, brotaron en un tiempo injertos y florescencias de civilizaciones nuevas, hibridadas. y por tanto polimórficas, no catalogables en los ficheros. ¿No es quizás el momento de mirar al Sur con esta memoria?

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