En diciembre de 1985, el Palacio de los Condes de Gabia acogió unos encuentros que, sin proponérselo con esa solemnidad, acabarían convirtiéndose en un momento de ajuste de cuentas entre una generación y su propia historia. Se llamaron «Palabras para un tiempo de silencio», título que convocaba el fantasma de Martín Santos y la novela que en 1962 había cuestionado, entre otras cosas, los límites del propio realismo social que muchos de ellos habían practicado. Porque Tiempo de silencio no era solo la obra cumbre de una generación: era también su examen más incómodo, el diagnóstico de una literatura que había confundido la buena conciencia política con la exigencia artística. Hablar de esa generación bajo ese título era, pues, asumir la complejidad —y la deuda— sin disimulos. Y Martín Santos no estaba allí para verlo: había muerto en accidente de tráfico en 1964. De él se ocupó en estas mismas páginas Carlos Castilla del Pino, con una de las evocaciones más lúcidas que se han escrito sobre su figura.
Los encuentros los organizó el Área de Cultura de la Excma. Diputación Provincial de Granada, la misma institución que amparaba esta revista. Y OLVIDOS tomó el relevo haciendo lo que mejor sabe hacer: no dejar que aquello se perdiera.
El número 13 —extraordinario— publicado a continuación de aquellos encuentros fue, en muchos sentidos, el número más ambicioso de la revista. 180 páginas en las que se reunieron los escritores de la llamada Generación del 50 —Ángel González, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero Bonald, Carlos Sahagún, Fernando Quiñones, Juan García Hortelano, Carlos Barral, Juan Marsé, José Agustín Goytisolo, Isaac Montero, Armando López Salinas— para hablar de su obra, de su tiempo, de su manera de entender la literatura como forma de estar en el mundo. Lo acompañó Manuel Vázquez Montalbán, que escribió sobre La España de los años cincuenta. Lo enmarcó una Crónica que era también un álbum de fotografías: los niños de la posguerra, la foto fechada en 1936 de la que habló Juan García Hortelano, el homenaje a Machado en Colliure en febrero de 1959 —«fecha que alcanzó un verdadero valor histórico, pasando a convertirse en el emblema ético y estético del grupo»—, las reuniones en el Mosquito de Salamanca donde nació la Revista Española, las Conversaciones de Formentor. Una generación tomando conciencia de sí misma a través de la distancia.
A ese número extraordinario lo acompañó una separata: Inéditos de la Generación del 50. Textos nunca publicados de Alfonso Costafreda, Fernando Quiñones, Carlos Sahagún, Francisco Brines, Juan Marsé y Carlos Barral —este último con las anotaciones de su cuaderno de trabajo de enero de 1955, en el que iba fraguando Metropolitano verso a verso, con una minuciosidad y una exigencia que emocionan todavía hoy—. Ilustraciones de Valentín Albardiaz y Alfonso Sánchez Rubio. Un documento excepcional que, para muchos lectores, resultó la parte más íntima y reveladora de todo el conjunto.
Han pasado cuarenta años. Es un buen momento para mirar atrás. No con nostalgia —la nostalgia es una trampa que la propia «Invitación» de aquel número 13 ya señalaba con precisión:
nadie que cree mirar al pasado puede afirmar que lo que tiene ante sí no es una forma extraña —ensimismada y turbia, pero quizás aleccionadora— del presente, por la misma razón que el futuro sólo conocerá lo que para él sea capaz de inventar la memoria.
Tampoco con la condescendencia del arqueólogo que cataloga lo que ya no respira. Sino con la convicción de que la literatura verdadera no tiene fecha de caducidad, y de que los textos que aquellos escritores pusieron sobre la mesa en aquellos encuentros —y los que publicaron en los primeros números de OLVIDOS, desde sus orígenes— siguen interpelándonos con una fuerza que el tiempo no ha hecho sino intensificar.
¿Qué significó la Generación del 50 para una revista cultural granadina de los años ochenta? Mucho más que un homenaje. Cuando OLVIDOS nació —en 1984, impulsada desde la Diputación Provincial con Mariano Maresca como director y un consejo editorial en el que figuraban Luis García Montero, Álvaro Salvador, Andrés Soria Olmedo, Juan Carlos Rodríguez y otros— había en Granada una efervescencia literaria que miraba hacia aquel grupo de escritores con algo más que admiración: con reconocimiento de filiación. Los jóvenes poetas que harían suya la «otra sentimentalidad» —esa ética de la escritura que también era una manera de habitar el mundo— encontraban en los del 50 algo parecido a una genealogía. No una herencia que recibir pasivamente, sino una conversación que continuar.
Aquellos encuentros de diciembre de 1985 fueron, entre otras cosas, el momento en que esa conversación se hizo explícita. Luis García Montero escribió en el número 13 «Del cincuenta en adelante». La revista llevaba ya varios números hablando de poesía, de novela, de cine, de las tensiones entre modernidad y tradición, de lo que significaba hacer cultura en una ciudad de provincias —o más exactamente, de lo que significaba negarse a que una ciudad de provincias fuera solo eso—. La Generación del 50 era el espejo en el que todo eso se reflejaba y se interrogaba.
Por eso hemos decidido emprender un proyecto de republicación de artículos fundacionales de esta revista. Desde los primeros números —los que algunos llamarán «pre-olvidos» y que ya contenían el germen de todo lo que vendría— hasta el extraordinario sobre la Generación del 50 y sus alrededores, iremos recuperando textos que merecen una segunda vida. Cada uno de ellos irá acompañado de una apostilla: un comentario contemporáneo que no pretende enmendar la plana al original, sino ponerlo en conversación con el presente, hacer visible la distancia y, al mismo tiempo, la continuidad.
Así que estas Apostillas tienen, por tanto, una doble vocación. Por una parte, recuperar para los lectores de hoy algunos de los textos que, fuera de la publicación en formato revista, no se han vuelto a difundir. Por otra, contribuir a una reflexión sobre qué fue esta revista en la década de los ochenta: qué decía, en qué conversación participaba, qué tipo de lectores imaginaba y, sobre todo, qué entendía por cultura en un momento de transformación radical del país.
«Nadie que cree mirar al pasado puede afirmar que lo que tiene ante sí no es una forma extraña del presente», decíamos entonces. Cuarenta años después, la frase sigue siendo verdad. Quizás más que nunca.