Sobre el poder de lo grotesco 

Victoriano Alcantud

¿Qué explica el ascenso y la persistencia en el poder de figuras como Trump, Milei o Bolsonaro? Este artículo rastrea la genealogía del concepto de grotesco —desde el carnaval popular de Bajtín hasta la categoría político-histórica de Foucault— para proponer una respuesta. Frente al análisis psicoanalítico, insuficiente por sí solo, el autor articula una lectura estructural: el grotesco contemporáneo no es el carnaval subversivo de los dominados que invierte las jerarquías para regenerarlas, sino su imagen invertida, el carnaval de los dominantes, que exhibe obscenamente la arbitrariedad del poder precisamente para afirmar su carácter inevitable. Siguiendo a Foucault, lo grotesco no debilita al soberano: lo maximiza, mostrando que el poder puede ejercerse con plena eficacia —y con plena violencia— incluso desde la descalificación y el ridículo. El descrédito no es el límite del poder; es, hoy, uno de sus mecanismos esenciales.

En una entrevista reciente, la psicoanalista Elisabeth Roudinesco comentaba la escena de la entrega de la medalla del Nobel de la Paz que Corina Machado regaló a Donald Trump : « He visto en esta ceremonia grotesca el franqueamiento de una línea : sabiendo que nunca tendrá el premio que codicia, Donald Trump organiza una puesta en escena : la entrega de un premio que no le está destinado y que no es sino un simulacro (…) Pero precisamente ahí algo da un vuelco : por esta puesta en escena grotesca y sin experimentar en un solo momento el miedo al ridículo, se produce una realidad extraña, paralela, delirante. Tenemos pues la confirmación de lo que constituye la esencia del trumpismo : el poder de lo grotesco – y ahí reside su peligro totalmente real »

Roudinesco avanza algunas ideas sobre la patología del personaje: Trump viviría en un mundo fabricado por él mismo, idéntico a su deseo de omnipotencia, de goce sin límites. La ceremonia del Nobel  muestra que no está jugando, que vive realmente la escena: un delirio de grandeza fundado en el culto de su ego, un delirio narcisista histriónico, peligroso en la medida en que su entorno lo acepta y se somete a él. Sus actos dan la impresión de que no existe en él ni alteridad ni ley interiorizada. Su lógica es binaria: los buenos o los malos, ganar o perder. Su infantilismo funcionaría como un dispositivo de seducción: desarma al adversario, rebaja el nivel de discusión, transforma la violencia en espectáculo. Su obscenidad autorizaría una forma de goce político pulsional. En resumen, Trump sería la encarnación de una soberanía enloquecida.

Podemos estar más o menos de acuerdo con estas pinceladas de psicopatología pero en realidad nos dicen poco de cómo este personaje está donde está, y cuáles son los resortes que le permiten mantenerse donde está. La explicación psicoanalítica en estos casos es manifiestamente deficiente si no se cruza con otros elementos. En este caso al menos con los efectos provocados por la globalización neoliberal, por un lado, y con el poder que otorgan a los dirigentes constituciones presidencialistas como la de EEUU, por otro. A pesar de que nos encontramos obviamente ante una sobredeterminación de razones estructurales o accidentales que demandan sesudos análisis, nos contentaremos aquí con seguir la sugestiva pista apuntada más arriba del “poder grotesco”.

Es notorio que el calificativo de grotesco está siendo utilizado de manera indiscriminada estos últimos años desde que aparecieron en la política personajes tan sinestros como peligrosos de la calaña de Boris Johnson, Javier Milei o Jair Bolsonaro. Es así que, en un análisis sobre el periodo de la pandemia, Christian Salmon observaba una nueva forma de gobernar por la desmesura que desdeña cualquier afiliación ideológica y trastorna los rituales institucionales. Para Salmon el origen de este fenómeno vendría de la lógica del descrédito que ha inundado la política. Es más, se habría creado una subcultura de la incredulidad política que se ha extendido a todos los discursos autorizados hasta entonces. La crisis de 2008, de la que todavía sufrimos los efectos, y los estragos de la pandemia, provocaron un aluvión de teorías complotistas y la aparición de figuras grotescas que no pretenden instituir sino desacreditar aún más el sistema político y que fundan su legitimidad precisamente en el descrédito que corroe al sistema. Desdeñando la deliberación dentro del sistema democrático, su actividad se basa en una continua especulación sobre su descrédito. Estos siniestros personajes que alcanzan la cima del poder personifican una figura del soberano sin apenas relato ni leyenda, una figura infame que carece de cualquier atributo de la “fama” que normalmente se atribuye a los hombres de Estado. Aunque las figuras absurdas que encarnan recuerdan las del carnaval medieval, son sin embargo su imagen invertida: no reconocemos la explosión de la risa y el exceso popular que subvierte los códigos del poder sino que se trata de un carnavalesco que instala los valores de lo grotesco en la cima del poder, convirtiéndola en la escena del descrédito en donde reinan la parodia y el miedo.

Genealogía de lo grotesco

La noción de grotesco tiene una genealogía documentada que convendría revisitar brevemente. La referencia clásica es la de Mijaíl Bajtín en su conocido estudio sobre Rabelais publicado en 1965, quien definió el “realismo grotesco” como una cultura popular enraizada en los ritos, espectáculos y obras cómicas de la Edad Media y el Renacimiento y en particular en la tradición carnavalesca. Esta cultura sería la manifestación de un cuerpo genérico, popular, como fuerza positiva y regeneradora, poseedor de una risa cómica anclada en lo material. Lo grotesco surge de la tensión entre la cultura de élite y la tradición popular, entre lo antiguo y lo nuevo, lo noble y lo trivial, lo sagrado y lo profano. Estrechamente vinculado con el carnaval, opera una inversión temporal de las jerarquías y de los valores subvirtiendo la relación entre dominantes y dominados y provocando una gozosa anarquía. La inversión es también topológica: de lo alto hacia lo bajo, que desactiva las formas de la espiritualidad en favor de la afirmación de la corporalidad y de la materialidad de los organismos. Cuerpos reducidos a su dimensión funcional. Contrariamente a la ausencia de defectos y a la asexualidad de los cuerpos clásicos los cuerpos grotescos hacen gala de orificios y protuberancias por los que copular, defecar, orinar, comer, beber, digerir o regurgitar. Concepción cósmica de la existencia, lo grotesco carnavalesco aparece como una fuerza regeneradora que subvierte y destruye la cultura dominante permitiendo el advenimiento de un orden nuevo. Transmutación incesante de la muerte a la vida y de la vida a la muerte, lo grotesco permite un renacimiento permanente. Lo fundamental de lo grotesco es pues su fuerza de regeneración. Bajtín insiste en que la degradación grotesca es “ambivalente, a la vez negación y afirmación. No solo se precipita hacia lo bajo, a la nada, a la destrucción absoluta, sino también hacia lo bajo productivo, ahí donde se efectúan la concepción y el nuevo nacimiento, en donde todo crece con profusión” (p 30)

Aunque reconocemos algunos rasgos de lo grotesco actual vemos claramente las diferencias: ante todo no se trata del carnaval de los dominados sino del de los dominantes; utiliza elementos grotescos como el exceso o la procacidad (que lo hacen atractivo para un sector importante de las clases dominadas que se identifican con su desenfado grosero), pero no cuestiona las jerarquías; no conlleva ninguna ambigüedad, ni ninguna forma de regeneración gozosa, es tan solo negación de lo existente. Todo ello nos incita a preguntarnos cuáles son los efectos de lo grotesco cuando se encarna en el poder y en qué consiste su capacidad de fascinación. Para responder a esta pregunta daremos un último rodeo que nos ayudará a atar cabos sueltos. 

En su curso del año 1974-1975 que tituló Los Anormales, Michel Foucault hace una brevísima referencia a la cuestión de lo grotesco. En su lección inaugural intenta asentar las bases de su investigación sobre la relación entre la verdad y la justicia y, tras la lectura de dos peritajes psiquiátricos sobre sendos casos de justicia, sostiene que en el lugar en el que se encuentran la institución judicial y las instituciones cualificadas para enunciar la verdad (el saber médico), nos encontramos con formulaciones que poseen el estatuto de discursos verdaderos pero que son ajenos a cualquier regla de un discurso científico y que son, en sentido estricto, grotescos. Lo que le lleva a definir el concepto: “Llamaré ‘grotesco’ el hecho, para un discurso o un individuo, de poseer, por su estatus, efectos de poder que por sus cualidades intrínsecas deberían estar privados” (p. 12). Aplicado a nuestro tema quiere decir que existen personajes políticos (grotescos) capaces de ejercer el poder justificados por el simple estatuto que les otorga su función, pero que por sus “cualidades” (mejor sería hablar de sus defectos) deberían estar privados de esa función. Y sin embargo se mantienen, y se mantienen con éxito.

Lo grotesco, o lo “ubuesco” como también lo denomina Foucault en una referencia a Alfred Jarry y su Ubú rey, no es para él un simple insulto sino una categoría del análisis histórico-político. La soberanía grotesca maximiza los efectos de poder a partir de la descalificación de aquel que los produce. Y no se trata para Foucault de un accidente de la historia, sino de “uno de los engranajes que forman parte inherente de los mecanismos del poder”. Ejemplos como los de Nerón o Mussolini, según él, nos hacen ver que el poder tiene la capacidad de trasmitir sus efectos desde una posición manifiestamente infame o ridícula. Se trataría además de “uno de los procedimientos esenciales de la soberanía arbitraria” que constituye, por ejemplo, uno de los rasgos esenciales de la burocracia occidental desde el siglo XIX. Aunque la etnología nos muestra casos en los que el poder se encuentra a la par ridiculizado y entronizado por una serie de ritos, nada parecido ocurre en esta gradación de la “indignidad del poder”, y añade: “Mostrando explícitamente el poder como abyecto, infame, ubuesco o simplemente ridículo, no se trata, creo, de limitar los efectos y de descoronar mágicamente a aquel al que se le da la corona. Me parece que se trata, al contrario, de manifestar de manera impactante lo ineludible, lo inevitable del poder, que puede precisamente funcionar con todo su rigor y en el extremo de su racionalidad violenta, incluso cuando está entre las manos de alguien que se encuentra efectivamente descalificado para ello.” (p. 13)

Vemos ahora que no se trata solo de la irrupción espontánea de personajes patológicos en la esfera del poder (aunque no sería arbitrario afirmar que cada época tiene los políticos que le corresponden y que en la nuestra es evidente que pululan los sádicos narcisistas). El desorden neoliberal y el desmantelamiento de las instituciones que aseguraban la cohesión social, el fracaso descomunal de su política económica, el vacío de sentido y el descrédito que han invadido la totalidad de los discursos racionales, el complotismo como forma de juicio político, han engendrado personajes grotescos y les han otorgado un poder descomunal. ¿Qué significa pues que un discurso tenga un efecto de poder, en virtud de su simple estatus, cuando todo lo que encarna debería descalificarlo? Se trata ni más ni menos de que ese discurso nos pone frente a la evidencia de la arbitrariedad del poder. Un poder que desacredita cualquier forma de legitimidad, cualquier forma de justificación exterior a su práctica y que se manifiesta como puramente performativo. No se trata del carnaval popular que, en una suspensión temporal, se ríe de las jerarquías. Se trata del carnaval de los dominantes que afirma la obscenidad de las jerarquías y que nos muestra su falta de sumisión a cualquier regla que no sea la de su propia voluntad. Es ciertamente un carnaval que desacredita el poder, pero mostrando su carácter inevitable y que nos dice: no podréis escapar.

Coda. En su estudio sobre el cuerpo grotesco Bajtín afirma que “entre todos los rasgos del rostro humano, solo la boca y la nariz (…) juegan una papel importante en la imagen grotesca del cuerpo (…) Para lo grotesco la boca es la parte más marcante del rostro. La boca domina. El rostro grotesco se reduce de hecho a una boca abierta, y todo el resto no sirve más que para encuadrar esa boca, ese abismo corporal abierto de par en par y devorador” (p. 315). El pozo, la bodega, el “vientre de la vaca” son equivalentes de la “boca abierta de par en par”. En la topografía grotesca la boca corresponde a las entrañas, al útero, pero al lado de las imágenes eróticas del “agujero”, la entrada de los infiernos se representa como la boca abierta de Satán. Esas “fauces del infierno” a las que los personajes grotescos nos conducen si no hacemos nada para remediarlo.

Referencias

Bakhtine, Mikhaïl, L’oeuvre de François Rabelais et la culture populaire au Moyen Age et sous la Renaissance, Gallimard, 1970. [trad. española: Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Traducción de Julio Forcat y César Conroy, Madrid: Alianza, 2005]

Foucault, Michel, Les Anormaux, Cours au Collège de France, 1974-1975, Gallimard/ Seuil, 1999. [trad. española: Los Anormales, Akal, 2001]

Roudinesco, Elisabeth,  Donald Trump est-il totalement fou ? Elisabeth Roudinesco sur le pouvoir délirant de la Maison-Blanche, Le Grand Continent, 16/01/2026 [https://legrandcontinent.eu/fr/2026/01/16/donald-trump-est-il-totalement-fou-elisabeth-roudinesco/]

Salmon, Christian, La tyrannie des bouffons. Sur le pouvoir grotesque, Les liens qui libèrent, 2023

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