Entrevista epistolar con Alfredo Bryce Echenique

Guadalupe Ruíz

Este artículo fue publicado originalmente en el número 11 de Olvidos de Granada, correspondiente a noviembre de 1985. Se trata de una entrevista epistolar entre la escritora Guadalupe Ruiz y el novelista peruano Alfredo Bryce Echenique, cuyas cartas fueron escritas desde Granada y Barcelona respectivamente.​​​​​​​​​​​​​​​​

Granada, 19 de octubre de 1985

…con las cuestiones que voy a sugerirte no pretendo confirmar sospechas, sino apuntar las líneas de mis fascinaciones: darte un par de pretextos de los que puedes prescindir en cuanto te plazca…

Parto de Julius… y te pregunto por la ternura; y por qué Pedro Balbuena y Martín Romaña se quedan también parados, con los pies hacia afuera y las orejotas ondeando a los cuatro vientos; y por esa mezcla de finura de lata comedia sajona y sal gorda hispánica, y por qué una novela sobre la infancia.

Sigo con Martín Romaña, en sus dos novelas, y querría que me hablases del buen salvaje en París; y de si París bien vale una moza; también de Tristram Shandy en cuanto a los recursos formales, en cuanto al humor. Con esto: ¿de dónde saca un escritor peruano hoy materia para el humor? ¿por qué Julius se ríe de Julius, Martín de Martín, Pedro de Pedro?

¿Por qué Pedro Balbuena miente constantemente sobre la vida de Pedro Balbuena? ¿por qué miente al contar sus propias mentiras convirtiendo la novela en una especie de muñeca rusa hasta el infinito? ¿Por qué cada episodio desmiente al anterior? ¿por qué la vida de Alfredo Bryce desmiente y confirma la vida de sus personajes que no cesan de desmentir y confirmar la de Alfredo Bryce? ¿por qué Alfredo Bryce nos cuenta mintiendo su vida?

Por último, leer las andanzas de un sudamericano en París trae a la memoria al omnipresente Cortázar: ¿qué supone pertenecer a la hornada siguiente, qué supone haberle leído?


Barcelona, 25 de octubre de 1985

La ternura ha sido inevitable en mi vida y me gusta que, sin darme cuenta, se haya ido filtrando en todas mis obras y, en particular, en mis novelas. Me gusta porque creo que, al final, formará parte de la verdad de esos libros y de los que siga escribiendo. Allí quedará probablemente lo que soy y lo que quise ser. A veces pienso, incluso, que el amor verdadero no puede existir sin la ternura y la admiración mutua. Y digo esto con cierta tristeza, pues compruebo que mis tres últimos libros han sido, fundamentalmente, novelas de amor. Y de ser verdad eso que dicen de que la novela nace de una profunda insatisfacción ante la realidad… La comprobación resulta, por lo menos, bastante triste. Pero es tan maravillosa la ternura y es algo tan delicioso sentirla brotar que el día en que no la sienta más y no la pueda reflejar más en mis libros, será muy posiblemente porque me he secado del todo para la vida y la literatura. Porque lo uno va con lo otro, en mi caso. Como si la vida, primero, fuera la fuente de todo lo que escribo, y lo escrito, después, fuera la fuente de todo lo que voy a vivir y de la manera en que voy a vivirlo.

Creo que Julius, Pedro Balbuena y Martín Romaña, se quedan parados siempre así porque son personajes que viven permanentemente asombrados ante la más nimia realidad de lo cotidiano. A mi mismo me sucede, a veces, este «empacho de asombro», como le llamó alguien en algún libro a ese no acostumbrarse nunca a las más chatas realidades y cuyo efecto muy extraño es que, a cada rato, uno se ande encontrando con una especie de nacimiento del mundo otra vez. Te asombra, te asusta, comprobar, de golpe, que un representante de comercio venda, por ejemplo, o que una pareja se componga en realidad de dos personas que andan o viven juntas. De ese «empacho», creo yo, nace la ironía. Espero haberme expresado bien.

El humor también ha sido inevitable en mi vida, aunque detesto el humor de la gente que se ríe a carcajadas porque se le abre tanto la boca que ya no les cabe nada más en la cara y entonces los ojos se cierran y no se ve nada, se vuelve uno ciego a la realidad, deja de verla y observarla. La sutileza en el humor, en cambio, te permite observarte observando y criticarte criticando. Es como si el único camino para llegar a una objetividad total fuera el de una subjetividad bien intencionada. Además, el humor no pide ser comprendido sino creído. En cierta forma le vela la realidad al lector para sugerirle mejor, más emotivamente, para lograr la fraternidad del lector que completa con ella la incapacidad de odio que creo indispensable en literatura. Se complementan escritura y lectura y recién entonces el libro se va de las manos de su autor y los personajes empiezan a hablar por sí mismos y se independizan totalmente de su creador. Sólo entonces el libro está acabado y es de todos y no es de nadie y el escritor habrá dado su obra como el árbol su fruto: sin importarle quién lo recogerá, quién se lo comerá ni cómo, ni cómo lo digerirá. Un anticipo de este goce es dejar que se filtren los sentimientos y no las ideas en los libros. Las ideas cambian, pueden incluso ser abandonadas y traicionadas, los sentimientos, en cambio, a lo sumo, pasan. Creo que esto último lo dijo Borges. En todo caso, lo repito yo, porque siento que es verdad para mí. O esa sensación increíble de que mi cuerpo piense a veces distinto a mí, mientras escribo.

Detesto el humor que no es fino y tierno y que no empieza por uno mismo. Creo que me he pasado parte de mi vida burlándome de mí mismo, desacralizando al Escritor con mayúscula y al escritor y hombre que soy, a través de mis libros. Aunque a veces compruebo con tristeza que por la literatura he perdido seres y momentos muy queridos de mi vida y que últimamente, sobre todo en El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, también he intentado burlarme de este amargo sacerdocio que podría haber significado para mí la literatura, durante los veinte largos años en que aguanté y perdí tanto en Europa, y sólo por seguir llenando cuartillas. Algo así como una vocación muy fuerte, mucho más de lo que yo mismo creía, pero que también intento desmitificar, empezando por mí mismo.

Me preguntas, ¿por qué una novela sobre la infancia? Mira, aunque soy un maníático de la puntualidad (esto debe venir de mi ascendencia británica, escocesa, en realidad, como también un aspecto de mi humor que, como dijo Julio Ramón Ribeyro, tiene de británico, en eso de «el humor empieza por casa», y de hispánico y criollo, porque dentro de ese mundo me he criado), defecto éste contrarrestado por mi ardorosa y gozosa capacidad de esperar (hace muy poco, dos excelentes amigas me invitaron a reunirme con otros excelentes amigos que no veía hace tiempo. Me levanté más temprano que nunca, y a eso de las nueve de la noche, cuando llegaba a casa de esa gente, me di cuenta de que durante el día no había podido hacer absolutamente nada, de que no había logrado concentrarme en nada, y de que me había pasado horas y horas escuchando música. Comprendí entonces que, desde ese apresurado amanecer, hasta las nueve de la noche en que, por fin, llegó la hora de la cita, había vivido un verdadero estado de euforia. Me reí mucho de mí mismo. No había dado golpe porque iba a ver a unos amigos en la noche. Espera gozosa, asombro perpetuo, ironía-casi-de-mi destino. Por supuesto que me quedé hasta las seis de la mañana y dejé a todo el mundo agotado y yo llevaba un impresionante dolor de cabeza cuando regresé a casa), en fin, aunque puntual hasta lo maníático, siempre me las arreglo para llegar tarde a todas las edades y ciudades de mi vida. Llegué a París cuando ya había dejado de ser París. A Barcelona, cuando ya todos los escritores latinoamericanos la habían desertado, con muy pocas excepciones. A España, como veinte años tarde, pues, desde que la vi y toqué la primera vez, poco tiempo después de la llegada a Europa, supe que iba y debía vivir en España. En realidad, creo que en Francia y Alemania (dejo de lado Italia porque ahí sí fui feliz), he vivido siempre en lo que podríamos llamar un interminable estado de postergación. Y con las edades ha sucedido igual. Creo que Julius es un niño, porque de entrada, casi sin darse cuenta, quise dejar testimonio en mi obra de que yo nunca llegaría a ser un adulto y que en los personajes de mis libros (creo que en todos mis libros), aquello que hay de infantil es fruto de su rechazo por lo chata y aburrida que me resulta la madurez. Me encanta una frase de Martín Romaña en que dice que «algún día su corazón y su alma estarán llenos de citas a las cuales su cuerpo ya no podrá asistir» (cito de memoria). Claro, éste es el aspecto trágico del asunto, pero trágico y todo tiene su belleza y su ley.

Por otro lado, creo que uno debe tener la fundamental honestidad de escribir únicamente sobre aquello que conoce y sabe. Y tal vez lo único que sepa yo de mí es que he sido un niño y que eso, a pesar de Balbuenas y Romañas posteriores y tan anti-adultos también, a su edad y manera, me ha marcado para siempre. Asumí, aunque tarde, que había dejado de ser un niño en la representación a la que me obligaba la vida. Sentí que me había acercado terriblemente al fin de algo. Y por ahí lei un día a Lampedusa que decía: «llegado a una cierta edad, todo hombre debería escribir sobre aquellas sensaciones y experiencias que atravesaron su cuerpo» (cito de memoria). Creo que esa puede ser una explicación para una novela sobre la infancia. La otra, tal vez, el haber encontrado la manera más candorosa y, por ello, más sutil, de penetrar lícitamente en un determinado mundo adulto: Un mundo para Julius.

Mirar a París como buen salvaje era también una forma, la única creo, de penetrar en cada intersticio de esa ciudad con la mirada candorosa e infantil, doblada a su vez de caballo de Troya por la ironía y el humor que tanto permitía su desmitificación y la crónica de un desencanto y de una relación triangular ciudad hombre-mito, llena de aflicción. Incapaz de cordura, Martín Romaña sabe que ama y odia a París, al mismo tiempo. De ahí su relación afligida con esa ciudad. Le falla lo mítico pero lo ha amado y ha sido muy feliz y joven y ha soñado y sus sueños, aunque fugazmente, han llegado a ser realidad. Una realidad de la cual no puede desprenderse. Un pasado que es él. Tal vez la mejor imagen de esto la dé su departamento: la otra parte (aquélla en la que va guardando la cama «que fue Inés», «el diván que fue Octavia»), se va llenando de cosas y al final apenas si le queda ese sillón Voltaire que tampoco es suyo y que también perderá. En realidad, al escribir la novela, yo siempre pensaba que la mejor manera de lograr toda esta sensación, era imaginarme a una persona que llega al departamento de Martín y, al entrar, exclama: ¡Dios mío, jamás había visto tanto amor acumulado en tan poco espacio!

Cualquier ciudad del mundo (no sólo París), bien vale una moza, como dices en tu pregunta. Claro, siempre y cuando se den lo que yo llamaría las condiciones onettianas. Es decir, que se trate de dos seres absurdos y maravillosos y de un verdadero amor, o sea de algo tan absurdo como maravilloso.

En efecto, Tristram Shandy es una de las novelas que más me ha gustado en mi vida. La leí después de haber escrito Un mundo para Julius, pero eso que tiene que ver. Yo creo que aún así tuvo influencia y grande en lo formal (más bien debería decir en lo informal), sobre Julius y sobre todo lo que he escrito desde entonces. Hablo de las verdaderas y buenas influencias: no de aquéllas que te llevan a uno a imitar sino de aquéllas que lo llevan a uno a descubrirse a sí mismo como artista, que le revelan a uno algo que lleva oculto en su carácter y estilo y en todo lo que hace como escritor, y que por último le dan a uno la justificación suficiente para seguir adelante en lo suyo, despreciando incluso todo lo que la crítica pueda encontrar criticable en lo que hacemos. Por eso te digo que, más que una influencia formal, se trata de una influencia informal. Las enormes digresiones que hay ya en Julius y en La vida exagerada de Martín Romaña, ese goce de la escritura que segrega escritura, esos inmensos defectos formales que hay en estas novelas, ¿no están ya, e inmensos, en Tristram Shandy? Esa novela me dio, me da la razón, sobre cualquier crítica a la imperfección formal de mis libros. Me encanta esta imperfección. Creo que allí está lo más valioso y la clave tal vez de mis libros. Como en la vida: en el goce de la escritura, abandonar el hilo central, la intriga, perder el sendero por una buena historia que se nos viene a la mente mientras estamos contando otra historia. Deleitarnos en ella. Don gratuito. Como decir: «iba a torcer por esta esquina pero mejor tuerzo por la siguiente porque la calle es más bonita o porque por ahí caminé alguna vez con un ser querido». Perder el tiempo, única forma de impedir que el tiempo lo pierda a uno. Y el que Sterne sea un gran humorista resultó un encuentro-influencia realmente feliz.

Me preguntas de dónde saca un escritor peruano hoy materia para el humor. En mi caso, el único que conozco más o menos bien, el humor es como la ternura. Inevitable y, en cierto modo, complementario y paralelos. Ante el dolor, ante el paraíso perdido, ante el recuerdo atroz, la única manera de recuperar la dignidad, de no caer en la amargura, el rencor, en fin, de recuperar la verdadera dignidad del momento perdido, del ser amado y perdido, es mirar hacia atrás con ternura y humor. Dignificación de la vida. Condición sine qua non, que el humor empiece por casa. Por eso Julius se ríe de Julius, Martín de Martín, Pedro de Pedro Balbuena.

Me preguntas por qué Pedro Balbuena miente constantemente al hablar de sí mismo, por qué miente al contar sus propias mentiras, como en una interminable muñeca rusa. ¿Por qué cada episodio desmiente al anterior? ¿Por qué mi vida desmiente y confirma la de mis personajes que, a su vez, desmienten mi vida a la vez que no cesan de confirmarla? Y, por último, ¿por qué cuento mi vida mintiendo? Bueno, tal vez porque de chico, a cada rato, cuando estaba contando una historia, algún idiota me interrumpía: «No puede ser verdad». Sentía un cruel aburrimiento. Era tan chata la realidad, ¿por qué no contarla un poquito mejor? Ya de grande, me dejan escribir contando las cosas a mi manera. Cuando escribo ningún idiota me interrumpe. Tal vez por eso me volví escritor. Porque decía siempre la verdad pero la gente prefería la chata verdad de la realidad. «Soy un mentiroso que dice siempre la verdad», decía Cocteau. Además, quien dice antes, escribe sobre lo vivido y vive sobre lo escrito, quien escribe lo vivido y vive lo escrito, quien se rebela contra eso de que hoy la gente sólo cuente sus sueños pero no se atreva a vivirlos, termina enredado en los estrechísimos límites entre realidad y ficción. No sé qué hay de realidad y de ficción en mis libros cuando los he terminado. A veces, más que autobiográfico, muchísimo más, mis novelas han sido novelas de anticipación. Me encanta mentir porque la verdad puede ser la realidad y, en este caso, no vale la pena por aburrida. Otra cosa es engañar. Eso es feo, inmoral, y detestable. Lo que pasa esque la gente confunde engaño y mentira. Oscar Wilde tiene un maravilloso ensayo sobre la Decadencia de la mentira. Yo intento reivindicarla porque es hermosa, rebelde, y sumamente entretenida. El engaño, en cambio, es tan aburrido y chato como la realidad. La mentira es sueño y también ponemos nuestros sueños (aquello que somos o que no logramos ser) en nuestros libros.

A. Bryce


P.S. Se me pasó la pregunta sobre Cortázar. Creo que más que la relectura de sus obras que tuve que hacer cuando era profesor en Montpellier, fue la primera lectura de sus cuentos la que me fascinó. Como Sterne, por muy distinto que sea el resultado, Cortázar fue otra de esas influencias-revelación. Describí a Cortázar (mi homenaje a ese encuentro está en mi texto llamado «Mirando al Cortázar premiado» en mi libro A vuelo de buen cubero, Anagrama, Barcelona). Yo estaba terminando de escribir Huerto cerrado, mi primer libro, y me sentía incómodo, como atado de manos. La lectura de Cortázar me hizo descubrir la libertad de escribir «como a uno le da la gana». Inmediatamente escribí un cuento que metí en mi libro, en reemplazo de otro, del que menos me satisfacía. En efecto, Con Jimmy en Paracas es totalmente distinto en su forma y estilo a los otros relatos de Huerto cerrado. Había descubierto algo mío. Y ese relato es el puente entre Huerto cerrado y Un mundo para Julius, el primero de mis libros en que soy yo el que escribe

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