«Lo que puedes afirmar con casi total certeza es que este es el primer caso documentado de un partido registrado en el Reino Unido pagando por contenido de un influencer de IA que difunde slopaganda

— Matteo Bergamini, Shout Out UK

Slopaganda: un término para una era

La palabra que acuñó Matteo Bergamini, director de la organización de alfabetización mediática Shout Out UK, merece una pausa. Slopaganda es la contracción de slop —término anglosajón que designa el contenido de IA generado masivamente, sin criterio ni verificación, basura digital con apariencia de sustancia— y propaganda.

slopaganda / slop·a·gan·da /Propaganda fabricada con herramientas de inteligencia artificial a bajo coste, sin firma, sin responsable identificable, sin los frenos legales que hasta ahora regulaban la publicidad electoral. Combina la escala industrial del slop —contenido sintético de baja intención crítica— con la función política de la propaganda clásica.

El fenómeno no es nuevo en la cultura de internet, pero su salto a la política electoral organizada sí lo es. Los cuatro temas de Danny Bones superan los 250.000 streams en Spotify y sus vídeos cortos en TikTok, YouTube e Instagram han sido vistos más de 2,7 millones de veces. Su voz suena humana. Su imagen es convincente. Y el coste de producción es mínimo: los periodistas del Bureau reprodujeron canciones de estilo similar en cuestión de minutos usando herramientas de IA de acceso libre. «Antes de estas herramientas, hacer este tipo de música llevaba meses. Ahora cualquiera puede producirlo. Hasta un crío», declaró Heron Lopes, investigador del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Leiden.

Pero el caso Danny Bones no es solo tecnología. Es una estrategia política deliberada. La música de extrema derecha tiene una larga historia como cohesionador de movimientos y constructora de «confianza social», como señala Broderick McDonald, investigador del Centro de Tecnología Emergente y Seguridad del Alan Turing Institute. Lo nuevo es la escala, la velocidad y la ausencia casi total de salvaguardias. Los equipos de seguridad y moderación de contenidos están siendo desmantelados en toda la industria tecnológica, precisamente mientras el audio —la forma de contenido más difícil de moderar— se convierte en arma de propaganda.

Advance UK y la mecánica de la radicalización

Advance UK es, en muchos sentidos, un producto del ecosistema político que Nigel Farage ha alimentado durante dos décadas, pero que ahora le supera por la derecha. Su fundador, Ben Habib, empresario de origen paquistaní —dato que ha generado fricciones con los sectores etnonacionalistas del movimiento—, define el partido como defensor de «los valores constitucionales cristianos», la soberanía nacional y la deportación masiva. En su conferencia de febrero de 2026, celebrada en una iglesia evangélica de Londres, el partido propuso suspender todas las solicitudes de asilo y prohibir tanto el burka como la llamada a la oración. El vídeo del Node Project fue proyectado ante los asistentes y, según el propio Habib, recibió una ovación.

En las elecciones parciales de Gorton y Denton, el candidato de Advance UK obtuvo 154 votos —cinco menos que el candidato del Official Monster Raving Loony Party, el partido satírico más longevo del Reino Unido—. Pero el resultado electoral es lo de menos. El propósito real de este tipo de formaciones no es ganar elecciones, sino desplazar la ventana de Overton, radicalizar el debate público y presionar desde el exterior del parlamento a los partidos ya establecidos. En palabras del analista político Alex Kane, Advance UK «corre el riesgo de convertirse más en un partido anti-Farage que en una alternativa genuina a Reform». Lo cual, paradójicamente, también sirve: empuja a Farage a adoptar posiciones más extremas para no perder su flanco derecho.

Advance UK no aspira a gobernar. Aspira a que los que gobiernan copien su agenda.

El amo de la plataforma

Pero el fenómeno Advance UK no puede entenderse sin Elon Musk. En agosto de 2025, el hombre más rico del mundo declaró su apoyo explícito al partido con una frase lapidaria: «Advance UK impulsará cambios de verdad. Farage es una salsa aguada que no hará nada.» No era la primera vez que Musk intervenía en la política europea de extrema derecha: anteriormente había mostrado su apoyo al AfD alemán —llegando a publicar «Solo el AfD puede salvar Alemania»— y había cortejado a Tommy Robinson en el Reino Unido, a Giorgia Meloni en Italia y al Reagrupamiento Nacional en Francia.

Lo que diferencia a Musk de otros millonarios que financian la derecha radical es que además posee la infraestructura. X, antes Twitter, es la plataforma donde se concentra buena parte del debate político occidental. Musk no solo amplifica mensajes con sus 215 millones de seguidores: controla qué contenidos se potencian algorítmicamente, qué cuentas son verificadas con la famosa marca azul de pago, y qué investigadores pueden acceder o no a datos. La Comisión Europea lo entendió perfectamente cuando, en diciembre de 2025, impuso a X una multa de 120 millones de euros por incumplir las obligaciones de transparencia de la Ley de Servicios Digitales (DSA): el sistema de verificación era engañoso, el repositorio de publicidad era opaco y el acceso de investigadores a datos estaba bloqueado.

La reacción de Musk fue reveladora. En lugar de corregir las infracciones, declaró que «la UE debería ser abolida y la soberanía devuelta a los países individuales». El secretario de Estado norteamericano Marco Rubio llamó a la multa «un ataque a todas las plataformas tecnológicas americanas». El presidente de la FCC la describió como «Europa gravando a los americanos». Toda la maquinaria política del trumpismo se movilizó en defensa de una plataforma que, en palabras del profesor Joris van Hoboken de la Universidad de Ámsterdam, «ha estado haciendo exactamente lo contrario de progresar en el respeto a los derechos fundamentales de los usuarios desde que Musk la adquirió».

¿Cuál es el plan? La investigadora Valérie Peugeot, de Sciences Po París, lo formula con claridad: Musk quiere que la sociedad europea esté más polarizada, porque la polarización le beneficia económicamente —más clics, más controversia, más ingresos publicitarios— e ideológicamente. Los partidos a los que apoya en Europa son, además, los que se han demostrado más permeables a la influencia de regímenes autoritarios en Moscú y Pekín, lo que encaja con una política de debilitamiento del bloque democrático occidental desde dentro. No se trata de un complot de ciencia ficción; es una estrategia de desestabilización que opera a la vista de todos, en tiempo real, con herramientas legales y masivamente accesibles.

Lo que Danny Bones nos dice sobre el futuro

El caso del Node Project y Danny Bones es un laboratorio en miniatura de lo que está por venir. Un colectivo anónimo —cuya única pista pública es que registra su sede en un museo del pene en Reikiavik, el chiste habitual de los círculos de internet anónimos— produce contenido etnonacionalista e islamófobo de alta calidad técnica a coste mínimo, lo distribuye en las plataformas con mayor alcance juvenil, consigue millones de visualizaciones, y termina colaborando con un partido político que financia sus producciones. La Comisión Electoral británica ha dicho que está «considerando la información». Actualmente no existe ninguna ley en el Reino Unido que obligue a los partidos a declarar el uso de IA en sus campañas.

TikTok bloqueó la cuenta del Node Project tras la denuncia del Bureau of Investigative Journalism. Instagram retiró algunos vídeos. YouTube añadió etiquetas de transparencia. Spotify, en cambio, declaró que los temas pasaron «revisión humana» y no infringen sus normas: Danny Bones puede seguir generando ingresos en la plataforma. El personaje ficticio cobra.

Existe incluso una segunda figura de IA conectada al caso: Amelia, una chica de cabello violeta creada originalmente por el gobierno británico para vacunar a adolescentes contra el extremismo. Fue secuestrada por la extrema derecha online y convertida en icono del movimiento. El candidato de Advance UK en Gorton anunció en redes que había recibido su «endorsement». La herramienta antifascista, vuelta arma fascista.

La herramienta diseñada para vacunar a los jóvenes contra el extremismo fue secuestrada y convertida en icono del movimiento.

Una coda europea

España no es ajena a estas dinámicas. Las conexiones entre Vox y el ecosistema de extrema derecha internacional son conocidas; las redes de desinformación que actuaron en los debates sobre Cataluña o la inmigración en los últimos años anticiparon algunas de estas técnicas. La diferencia es que estamos asistiendo a su profesionalización y su industrialización: lo que antes requería ejércitos de trolls humanos ahora puede hacerlo un colectivo pequeño con las herramientas correctas y una plataforma favorable.

La Ley de Servicios Digitales europea es, en este contexto, una de las pocas defensas institucionales con que contamos. No es perfecta ni suficiente. Pero es significativo que Elon Musk quiera abolir la UE precisamente cuando la UE empieza a exigirle transparencia. La batalla por la democracia en Europa se libra también en los juzgados de Bruselas, en los repositorios de publicidad que X se niega a abrir, y en los algoritmos que deciden qué ve la gente joven antes de votar por primera vez.

Danny Bones no existe. Pero el odio que canta sí existe. Y tiene financiadores muy reales.

Fuentes