Nuevos combates por la historia. Maravall y la literatura española contemporánea, de Miguel Ángel García, se presenta como una obra imprescindible para comprender las tensiones ideológicas que atraviesan la historiografía y la crítica literaria del siglo XX español. Desde una lectura rigurosa y materialista, el autor revisa las aportaciones de José Antonio Maravall y contrasta su trayectoria con las líneas de pensamiento marxistas y con la evolución de la escuela de los Annales. El libro no solo ilumina la compleja relación entre literatura, ideología e historia, sino que también reconstruye el itinerario intelectual y político de Maravall, desde sus primeros años como poeta y crítico hasta su consolidación como historiador de las mentalidades. Un examen lúcido, crítico y profundamente necesario.
La editorial Visor ha publicado a finales de 2024 Nuevos combates por la historia. Maravall y la literatura española contemporánea, un libro de ensayo cargado de análisis detallado y riguroso, donde el catedrático de literatura de la Universidad de Granada Miguel Ángel García recoge el guante de la crítica dominante, parte de pensadores marxistas (Juan Carlos Rodríguez, Althusser, Gramsci y Marx fundamentalmente) y examina las etapas de la revista Annales y la trayectoria intelectual de José Antonio Maravall. En la introducción, el profesor García sostiene que los marxistas deben hablar un lenguaje comprensible sin abandonar el materialismo histórico y dialéctico, presta atención a la relación entre literatura, ideología e historia, y concluye con unos versos de Ángeles Mora que materializan el concepto de historia en imágenes poéticas.
El libro consta de dos partes. En la primera, el autor estudia la revista de historia social y económica Annales, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929. García marca distancias con la historia de las mentalidades maravaliana y l’histoire des mentalités de los Annales, ancladas en la sociología. Lo hace desde la radical historicidad de la literatura, que entiende los textos literarios, de acuerdo con el maestro Juan Carlos Rodríguez, como discursos ideológicos y radicalmente históricos. García reivindica, como postulaba Gramsci para la filosofía, una historia radical de la literatura lejos de Febvre y de la historia social de las mentalidades cultivada por Maravall. El setabense entra en contacto con la corriente historiográfica de los Annales cuando dirige el colegio de España en París (1949-1954). Maravall no pierde de vista la historia social en su trabajo de las mentalidades y coincide con annalistes como Duby. En cambio, la historia social de las mentalidades de Maravall se aleja del cariz marxista de Duby en su historia de las ideologías.
Los Annales procuraron cerrar la teoría marxista de la historia mediante ficciones provenientes de las ciencias sociales. Según el programa de los Annales, la historia de las mentalidades se asienta en una historia donde el aspecto cultural tiene la misma importancia que el nivel económico. La historia de las mentalidades de los terceros Annales renuncia a la historia económica y social y queda al borde de la antropología. Esta desideologización de la historia hacia la cultura, la antropología o la psicología se vinculaba, observa García, con los primeros Annales y dejaba atrás los segundos, ajustados a la historia económica, cuantitativa y social. El concepto de mentalidad es psicológico en Febvre y sociológico y antropológico en Bloch. En los años sesenta y setenta la noción de Bloch prevalece. Febvre critica el sociologismo de Bloch, pero no están muy distantes. Bloch se aparta del marxismo y rechaza la idea de las mentalidades como superestructuras, como manifestación de la base económica. Con el crecimiento del estructuralismo y la crisis del marxismo en los años sesenta la historia de las mentalidades se practica abundantemente. El objetivo era desideologizar la historia, es decir, sustituir el marxismo de la radical historicidad por el programa antropológico de la Naturaleza Humana. Da la sensación de que, después de disolver la historia en la antropología, se acude al marxismo para salvarla, explica García.
Los terceros Annales marcan una época productiva, pero de retroceso de la historia económico-social. El trabajo historiográfico de Maravall dista de los terceros Annales y jamás quiso estudiar la historia literaria, sino la historia social de las mentalidades. García distingue unos Annales marxistas (Duby, Vovelle) y un marxismo annaliste (Pierre Vilar). De modo distinto a los Annales,el marxismo sí asumió teóricamente la historia. García pone el ejemplo de Pierre Vilar, que promueve la elaboración de una historia marxista. Al historiador francés el marxismo le proporciona una teoría, un instrumento crítico y una dialéctica constructiva en su trabajo.
El profesor García analiza las interpretaciones sobre cómo concebir la historia de distintos pensadores marxistas. En este debate histórico e ideológico, el historiador inglés Edward P. Thompson se revolvió contra Althusser y calificó su antihumanismo de expresión teórica del estalinismo; una acusación falsa a todas luces, como demuestra el filósofo francés en Lo que no puede durar en el Partido Comunista (1978), donde desmonta la crítica sin fundamento de Thompson. No es el único. La hostilidad de la historiografía anglosajona prolifera contra Althusser, como en el caso de Cohen, que alerta del peligro de su materialismo histórico en Gran Bretaña. Para Althusser la ideología implica una relación imaginaria con nuestras condiciones reales de existencia, es decir, controla la explotación; Zizek entiende el concepto burgués de libertad como una forma de esclavitud; Marx y Engels lo expresan mejor: el obrero está obligado a permitir que fijen su salario y el capitalista a establecerlo lo más bajo posible; por tanto, la libertad de las partes contratantes ha dado paso a la esclavitud; Althusser lo completa: la relación de producción capitalista se presenta como una relación jurídica, de compra y venta de la fuerza de trabajo, pero es una relación de fuerza, una violencia ejercida por la clase capitalista contra quienes solo tienen su fuerza de trabajo; y Juan Carlos Rodríguez lo perfecciona: el mercado capitalista necesita que el capital y las fuerzas de trabajo se encuentren como libres e iguales, pero esta relación de contrato económico-ideológico entre sujetos supuestamente libres e iguales no basta; porque es preciso que el trabajador piense que es un sujeto libre e igual, esto es, que piense que vende su trabajo y no su fuerza de trabajo, lo único que tiene (su vida).
En esta primera parte del libro, García sigue profundizando en las distintas interpretaciones de los conceptos de historia e ideología. El Estado pone en funcionamiento, explica Althusser, los aparatos ideológicos de Estado dedicados a conseguir la unidad ideológica de la clase dominante y su dominio sobre la clase explotada. El filósofo francés observa una lucha de clase filosófica y por eso define la filosofía en última instancia como «lucha de clases en la teoría» y al filósofo como alguien que contiende en la teoría. García subraya que la teoría marxista de la historia conduce a una teoría y a una historia de la ideología, de la producción ideológica. Las relaciones económicas o de producción, explica Juan Carlos Rodríguez, son las que en última instancia determinan los demás niveles del todo social, pero no generan automáticamente las relaciones políticas e ideológicas: todos estos niveles están interconectados y se influyen mutuamente, como vasos comunicantes.
El profesor García destaca que Althusser realiza dos afirmaciones ajustadas en Iniciación a la filosofía para los no filósofos, un texto que comienza en los años sesenta y retoma y termina en 1978: en la primera asegura que el hombre es un animal histórico; y en la segunda, que el hombre es por naturaleza un animal ideológico. Juan Carlos Rodríguez matiza a su vez que no somos animales racionales o lingüísticos sino ideológicos. La ideología y los aparatos ideológicos de Estado se encargan de reproducir las relaciones de producción. Este Estado árbitro, como lo denomina Rodríguez, no se encuentra por encima de la lucha de clases sino para sostener la reproducción de las condiciones de dominación de la clase dominante, de las relaciones de producción y explotación. El Estado es, interpreta Marx, un organismo de dominación que emplea la ley, la policía y el ejército para perpetuar la explotación de aquellos que solo tienen su fuerza de trabajo por parte de quienes detentan los medios de producción. Para Lenin el Estado, la violencia organizada, surge cuando la sociedad se divide en clases y su existencia se hace imposible sin un «poder» situado, supuestamente, por encima de la sociedad y separado de ella. El Estado sirve, a decir de Althusser, para la reproducción de las condiciones generales (económicas, jurídicas, políticas e ideológicas) de las relaciones de producción y, por tanto, de las relaciones de clase existentes en beneficio de la clase dominante. En cuanto a la ideología del Estado de clase, la ideología dominante, que es la de la clase dominante, tiene como objetivo garantizar las condiciones de explotación de las clases oprimidas.
En este capítulo dedicado a la ideología, los planteamientos de Juan Carlos Rodríguez y Althusser vuelven a ser fundamentales. El primero apunta que teoría e historia son indisociables en el marxismo y lo que une a Marx con Freud es su análisis de la configuración de la vida: el inconsciente libidinal de Freud sería la línea horizontal de la vida humana; y lo que Rodríguez denomina «inconsciente ideológico» a partir de Marx, la línea vertical de la vida humana. El concepto de inconsciente establece una categoría teórica sin la bruma de las mentalidades. El inconsciente psíquico está constituido por el inconsciente ideológico para configurar nuestras vidas y ninguno se ve. Althusser, por su parte, destaca que la categoría de sujeto es fundamental para la ideología burguesa porque hace creer al explotado que es un sujeto libre, moral, político, jurídico, estético o científico; y, por otro lado, el Estado ampara las condiciones de la explotación y de su reproducción.
La segunda parte del libro analiza la trayectoria intelectual de José Antonio Maravall. El historiador valenciano va adoptando un perfil más progresista y europeísta en los años cincuenta y sesenta como integrante destacado de la «resistencia silenciosa» contra el Régimen, obstinado en la modernización de España y vinculado con el intelectual liberal católico de los años treinta. Sin embargo, no se puede olvidar, señala García, que Maravall fue un ideólogo del Estado nacionalsindicalista, como demuestran sus colaboraciones en Arriba entre 1939 y 1941. El humanismo reaccionario del primer franquismo o el humanismo liberal posterior alejan al historiador valenciano del marxismo, con el que alguna vez se lo ha relacionado. Maravall solo realiza referencias al marxismo desde una perspectiva humanista liberal burguesa.
El profesor García observa que Maravall bordea la cordillera de Marx o la traspasa bordeándola. Por un lado, rechaza el tan traído y llevado determinismo economicista, lo individual sacrificado a lo colectivo; y, por otro, afirma que todo lenguaje es social e histórico. Sin embargo, una cosa es hacer historia social de las mentalidades como Maravall y otra hacer historia y teoría de la producción ideológica. El historiador valenciano, vinculado a los Annales y distante de la idea marxiana de interacción entre los distintos niveles de una formación social, incluido el ideológico, recurre al concepto de estructura desarrollado en su Teoría del saber histórico (1958). Para Maravall las estructuras son «entrelazamientos» que el historiador crea desde su punto de vista. Por esta razón su libro La cultura del Barroco (1975) lleva el subtítulo de Análisis de una estructura histórica. En su última obra, La literatura picaresca desde la historia social (siglos XVI y XVII) (1986), entiende la literatura como un testimonio que muestra una representación o visión mental de la sociedad.
Pero en esta segunda parte de Nuevos combates por la historia se atiende a una faceta no tan conocida del historiador valenciano. García recuerda los años juveniles de Maravall como poeta hasta convertirse en discípulo de Ortega y su interés por La Gaceta Literaria, que compra regularmente en su pueblo antes de estudiar en Murcia, donde tiene como profesor a Jorge Guillén. Datos que permiten vincular su figura con la cultura literaria de los años veinte y treinta. Estas páginas analizan cómo el historiador de las mentalidades se aproxima a lo que tradicionalmente se ha llamado el 98, a autores como Ganivet, Unamuno, Azorín, Baroja y Valle-Inclán, procurando aclarar su interpretación de la historia; analizan además la participación activa de Maravall en la vida literaria, fundamentalmente poética, de la España de su juventud; pero no se centran en su labor como poeta, sino en sus artículos críticos, su pensamiento estético y su pensamiento filosófico-político, marcado por la influencia de Ortega y Gasset.
Ortega es fundamental para la formación intelectual de Maravall, para sus orientaciones ideológicas (su paso del liberalismo católico al falangismo y de aquí al europeísmo modernizador) y su consagración a la historia. Otra influencia importante es la de Jorge Guillén en la Universidad de Murcia. En esos años de juventud hace amistad con Salinas, Alberti, Cernuda, Aleixandre y Maruja Mallo, y trata mucho a Juan Ramón Jiménez y Azorín. En los años ochenta el Maravall intelectual liberal rememora, advierte García, su lejana militancia de izquierdas a principios de los años treinta, soslayando su papel de ideólogo del primer franquismo.
En 1931 comienzan, declara Maravall, sus primeras colaboraciones en periódicos y revistas: El Sol, Luz, Revista de Occidente y Cruz y Raya. El joven poeta valenciano admira a Juan Ramón Jiménez, quien valora su preparación y le pide su colaboración para una revista suya, que no ve la luz. Asimismo, le invita a antologar con José Ramón Santeiro la poesía española entre 1900 y 1930 más extensamente que Diego en su antología de grupo de 1932. El proyecto no se cumple porque ambos editores se dedican a la política. En el único número de Boletín Último (1932), una revista de vanguardia que fundaron Ricardo Gullón e Ildefonso Manuel Gil, se publicaron cinco poemas de Maravall, precedidos de una breve sinopsis de sus ideas poéticas y una fotografía. El procedimiento recuerda, señala García, al que emplea Diego en su antología de 1932 y los cinco poemas parecen aproximarse al aire nuevo ultraísta-creacionista, pero el tono evoca la poesía pura del 27.
Las colaboraciones de Maravall en Nueva Revista muestran que es receptivo a las corrientes de la nueva estética. En el joven intelectual habitan el deseo de separar arte y vida y el interés por el «arte superrealista». El profesor García comenta los artículos que Maravall publica en 1931 sobre Pedro Salinas y Juan Ramón Jiménez y el titulado «La poesía, fervor de realidad» en El Sol. Asimismo, analiza el artículo «El atavismo de la poesía», que el setabense publica ese mismo año en La Luna y El Pájaro. Sobre todo presta atención a la labor de Maravall como teórico, crítico y antólogo de poesía. La primera colaboración del setabense en la Revista de Occidente es una reseña de Mentira desnuda, de Marichalar (1933). También publica en esta revista el artículo titulado «Teoría del poema» (1933), cuya estética se basa en el formalismo y en una visión fenomenológica esencialista.
Maravall se ubica como poeta y crítico de la poesía en un horizonte entre juanramoniano y orteguiano que comparte similitudes con la estética inicial del 27, la gongorina y pura, aunque en determinados poemas del valenciano se aprecian huellas expresivas del surrealismo/romanticismo cernudiano. Con todo, el setabense rechaza ese surrealismo como crítico y teórico. Pero Maravall no se limitó a ejercer como poeta y crítico, sino que también aspiró a desempeñar el papel de antólogo, como demuestra la frustrada antología que programó, como ya se ha dicho, junto a José Ramón Santeiro.
No se descuida a la vez la biografía intelectual de Maravall y su actividad durante los años treinta. Nos encontramos con un joven orteguiano comprometido a nivel político e ideológico. García subraya que no debe confundirse al Maravall de los años treinta –el que participó en el Frente Español y el que, poco después de su viaje por Castilla, veía en el falangismo de Primo de Rivera el único dique frente a la descomposición social que, según él, amenazaba al país– con el historiador de las mentalidades que sería más adelante, quien, progresivamente alejado del Régimen, concibió su trabajo historiográfico como una herramienta para poner a España en sintonía con Europa y culminar su proceso de modernización.
La ideología castellanófila del 98 reluce en un ensayo que Maravall publica en la Revista de Occidente y que titula «Castilla o la moral de la creación» (1934). Se trata de una visión claramente inspirada en Menéndez Pidal. El profesor García comenta también el artículo «Castilla 100 por 100. La tierra castellana es algo más que geografía inanimada», que publica con anterioridad en El Sol (1931) y se encuentra en la misma línea. A lo largo de varias páginas se resalta el profundo influjo del pensamiento orteguiano en los escritos del Maravall de los años treinta y, en concreto, su adhesión a un vitalismo inspirado en Ortega, una postura que con el tiempo lo llevará a situarse cerca del falangismo.
Después de guardar silencio durante la guerra, las colaboraciones de Maravall en Arriba revelan claramente su adhesión al nuevo régimen franquista. En «Tristeza roja y alegría del césar» (1939), critica los efectos de la revolución marxista en España y exalta las palabras del Caudillo. Cuando trasladan los restos de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante hasta el Escorial, reivindica la figura del fundador de Falange en otro texto. En 1940 se pronuncia a favor de eliminar el liberalismo porque es, argumenta Maravall, una orden del Caudillo en su último discurso. No fueron, destaca García, los únicos artículos ni proclamas falangistas en Arriba. Eugenio Montes, Sánchez Mazas y Antonio Tovar expresaron también su triunfo. Las casi sesenta colaboraciones que Maravall publicó en Arriba entre mayo de 1939 y mayo de 1941 lo convierten en uno de los principales teóricos y divulgadores del proyecto fascista.
La influencia de Ortega, evidente en las ideas del Maravall falangista, vuelve a manifestarse en los dos estudios que escribe en los años sesenta dedicados a su amigo de juventud y poeta del grupo de Escorial Leopoldo Panero. Tanto Maravall como Panero han sido situados, señala García, dentro de la llamada «generación de 1936», junto a otros miembros de Escorial como Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Luis Rosales, Antonio Tovar y Luis Felipe Vivanco; o, según otra clasificación, junto a historiadores como Vicens Vives, Domínguez Ortiz, Julio Caro Baroja, Tuñón de Lara, Joan Reglà y Jover Zamora. En este punto de su análisis, García interpreta la trayectoria intelectual de Maravall como un itinerario político e ideológico que va desde su inicial liberalismo católico durante la República hasta su adhesión al falangismo en la inmediata posguerra, para culminar, finalmente, en un europeísmo modernizador propio de su etapa madura como historiador, cada vez más distanciado de la política del régimen franquista.
Tras la guerra, su tesis doctoral, Teoría del Estado en España en el siglo XVII, publicada en 1944, sobresale dentro del limitado panorama historiográfico del primer franquismo, ya que se inscribe en el ámbito de la historia de las ideas y de una ideología antimoderna que se manifiesta también en su siguiente obra, El humanismo de las armas en don Quijote (1948), cuyo prólogo es escrito por Menéndez Pidal. El de Xàtiva, instalado en una ideología nacionalista, antimoderna y católica, intenta incorporar a su causa a diversos escritores heterodoxos. Así, Maravall critica a Baroja en dos artículos consecutivos publicados en Arriba en 1942. Por otra parte, no resulta extraño que publicara una obra como El concepto de España en la Edad Media (1954), centrada en analizar los orígenes y la formación de la identidad nacional.
Un momento clave en esta trayectoria es la publicación, en 1958, de Teoría del saber histórico, obra que representa un intento de modernizar la historiografía española. La etapa que Maravall pasa en París entre 1949 y 1954 como director del Colegio de España en la Ciudad Universitaria, ya mencionada, resulta decisiva en la renovación de su pensamiento historiográfico. Pero la influencia decisiva no son los Annales sino nuevamente Ortega y Gasset. A lo largo de su trayectoria intelectual, Maravall fue configurando distintas interpretaciones del filósofo, adaptadas a las circunstancias de cada etapa. En un primer momento se fabrica un Ortega vitalista y antimoderno, contrario a las masas, de espíritu aristocrático, católico y antiliberal, lo que lo aproxima al falangismo; y, más tarde, construye un Ortega liberal, reformista, demócrata y europeísta. Esta última visión termina imponiéndose a partir de los años cincuenta. Para Maravall hablar de mentalidad burguesa equivalía a hablar de modernidad. De esta concepción surgen, advierte García, sus obras más representativas, iniciadas con Teoría del saber histórico y continuadas con Carlos V y el pensamiento político del Renacimiento (1960), Velázquez y el espíritu de la modernidad (1960), Las Comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna (1963), El mundo social de La Celestina (1964), Antiguos y modernos. La idea de progreso en el desarrollo de una sociedad (1966) y, finalmente, Estado moderno y mentalidad social (1972).
Los libros sobre Velázquez y Carlos V ya no permiten catalogarlo como un historiador del pensamiento político vinculado ideológicamente al Régimen franquista. En Las Comunidades de Castilla, el setabense interpreta el levantamiento de las ciudades castellanas contra la política imperial como la primera revolución de carácter moderno ocurrida en España y posiblemente en toda Europa, analizada desde la perspectiva de la historia social del pensamiento político. Un año después, Maravall realiza otra importante incursión en el ámbito literario con El mundo social de la Celestina, una obra que continúa la línea de análisis ya iniciada en su estudio sobre El Quijote. Tanto en este estudio como en Estado moderno y mentalidad social Maravall expone su interpretación de los primeros siglos modernos en España desde el enfoque de la historia social. Los dos libros responden a ese propósito.
El de Xàtiva incide en la concepción moderna de libertad que aparece en La Celestina. Los personajes de las clases bajas buscan vivir plenamente, disfrutar y enriquecerse. En realidad, apunta García, lo que describe La Celestina es la lucha de la ideología burguesa de la libertad con la ideología feudal de la servidumbre, del animismo con el organicismo, como bien explica Juan Carlos Rodríguez en Teoría e historia de la producción ideológica. Las primeras literaturas burguesas (siglo XVI) (1974) y en La literatura del pobre (1994). Maravall no llega a percibir que esa lucha, desarrollada a lo largo de varios siglos, es en realidad un enfrentamiento entre el sistema burgués y el sistema feudal que comprende los ámbitos económico, social, político e ideológico. El historiador social de las mentalidades, que en ocasiones toma ciertas referencias del marxismo, termina convirtiendo su campo de estudio en una especie de abstracción imprecisa basada en «espíritus».
El segundo volumen de Estudios de historia del pensamiento español, centrado en el siglo XVII o el «Barroco», se publicó en 1975, al mismo tiempo que La cultura del Barroco. En este célebre estudio, de cuya publicación ahora se cumplen cincuenta años, Maravall adopta una visión simplificada y condicionada del arte y la literatura, percibiéndolos como instrumentos de propaganda e ideología. Este planteamiento ya se observa en un trabajo anterior, Teatro y literatura en la sociedad barroca (1972). Por otro lado, el historiador de las mentalidades se interesa por el pensamiento utópico porque, como señala en la introducción a Utopía y reformismo en la España de los Austrias (1982), representa un fenómeno propio de la modernidad y es producto de la mentalidad burguesa emergente, pero el valenciano evita referirse a la burguesía como una clase social.
Del volumen de Estudios de historia del pensamiento español dedicado al Renacimiento, García destaca el trabajo sobre Garcilaso de la Vega, donde Maravall sitúa al poeta en una sociedad moderna marcada por el surgimiento del individualismo. No obstante, en Garcilaso todavía no se observa la lógica del sujeto libre, sino la del alma bella, producida por el animismo burgués de carácter laico, como plantea Juan Carlos Rodríguez. El volumen de Estudios de historia del pensamiento español sobre el siglo XVIII se publicó de manera póstuma en 1991. García subraya que toda la obra refleja, como siempre, el propósito fundamental de Maravall: destacar la conexión de la sociedad, el pensamiento y la cultura de España con el contexto europeo.
Esta «evolución» ideológica –el paso hacia la mencionada actitud de «resistencia silenciosa»– no pasó inadvertida ni para el franquismo ni para los que luchaban por la democracia. Por ello Maravall fue atacado junto a Ridruejo, Laín Entralgo, Montero Díaz, Tovar y Aranguren en un panfleto anónimo de 1965 titulado Los nuevos liberales, donde se intentaba desprestigiarlos sacando a la luz antiguos textos de orientación falangista. Unos textos que revelan las ideas de Maravall acerca del Caudillo, de Primo de Rivera y de la revolución nacional, así como sus reflexiones sobre el nacionalsindicalismo, el Estado fascista, el derecho y la libertad (una libertad que entiende orientada o controlada).
Maravall formó parte de aquellos intelectuales españoles que intentaron reinterpretar el liberalismo para incorporarlo dentro de un proyecto fascista. Este proyecto surgió de profesores y escritores falangistas seguidores de Ortega y de la tradición liberal anterior a la Guerra Civil. Figuras como Maravall, Ridruejo, Laín Entralgo, Aranguren, Tovar o Torrente Ballester coincidían en la idea de que el liberalismo estaba agotado y se sentían identificados con las ideas orteguianas sobre los regímenes totalitarios. Con el fracaso del fascismo en la Europa de posguerra, estos jóvenes fascistas abandonaron progresivamente esa ideología. A partir de los años sesenta, comenzaron a reescribir su pasado político, disimulando su adhesión inicial al fascismo y presentándose como liberales renovados.
El recién estrenado liberalismo europeo y modernizador de Maravall es evidente en las reseñas que escribe de dos obras publicadas en 1954: El rapto de Europa, de Díez del Corral, y La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, de Sarrailh. En esta nueva orientación política e ideológica, acabará publicando una versión totalmente modificada de su libro sobre el Quijote. El título original, El humanismo de las armas en don Quijote (1948), se transforma ahora en Utopía y contrautopía en el Quijote (1976). Evidentemente, el historiador de la mentalidad moderna termina distanciándose de aquella interpretación política inicial, propia de su etapa como intelectual franquista. En su nueva lectura del Quijote –también con un trasfondo político– sostiene que la utopía caballeresca se despliega a lo largo de la obra para poner en evidencia y desacreditar a quienes se aferran a ella. En esa nueva edición de su libro sobre el Quijote suprime el prólogo de Menéndez Pidal, quien había negado que la obra fuera una utopía regresiva y había defendido su carácter moderno, postura que ahora asume Maravall. Con todo, siendo director de Cuadernos Hispanoamericanos, en 1969 se publica un extenso número dedicado a rendir homenaje a don Ramón. Diez años antes había escrito en la Revista de Estudios Políticos un artículo extenso sobre el célebre filólogo y la renovación historiográfica, que en 1960 se integraría, junto con otros tres textos, en el libro Menéndez Pidal y la historia del pensamiento. El título resulta revelador. El valenciano sigue siendo, como señala García, un historiador del pensamiento, no de las mentalidades.
Maravall percibe en el Menéndez Pidal de La España del Cid (1929) un aprovechamiento máximo de los enfoques de la historia del pensamiento aplicados a la historia general. Se aprecia la influencia del espíritu de los Annales, con su rechazo a una historia política centrada únicamente en los hechos aislados. Asimismo, se suaviza la ideología castellanista del filólogo. El historiador de Xàtiva rinde homenaje a quien considera su maestro, pero al mismo tiempo siente la necesidad de limar ciertas ideas para adaptarlas a su propia visión historiográfica. En otro de los textos incluidos en Menéndez Pidal y la historia del pensamiento, Maravall considera que España, un enigma histórico de Sánchez-Albornoz presenta una visión esencialista de la historia española, entendida como algo permanente e inmutable. Para García resulta significativo que este libro sobre Menéndez Pidal incluya la reseña de El rapto de Europa, de Díez del Corral, publicada anteriormente en la Revista de Estudios Políticos. Díez del Corral sitúa a España dentro del contexto europeo, una cuestión que preocupa especialmente al futuro historiador de las mentalidades.
Nuevos combates por la historia analiza, para terminar, los comentarios del historiador valenciano sobre las distintas visiones de la historia y de España puestas en juego por los autores del 98. Al tratar el tema de la autenticidad nacional en Ganivet, Ortega se convierte en el principal referente para Maravall. El granadino afirma en Idearium español que España debe cerrarse a Europa para la regeneración de la vida nacional. Esta idea se opone al europeísmo de Ortega y Maravall, que defendían la apertura a Europa como vía para superar la crisis. Resulta difícil imaginar que el Maravall de los años treinta y cuarenta –antimoderno y afín a Ortega y a Heidegger en su rechazo de la técnica– hubiera podido expresarse de ese modo. Quien habla así es el Maravall de los años setenta, el historiador europeísta y progresista de las mentalidades, y su postura tiene un claro trasfondo «político» en la España de entonces. No solo por lo que implica en sí misma, sino también porque Ganivet era una figura reivindicada por el pensamiento franquista. En esa misma época, Maravall sostiene una idea similar en un artículo dedicado a Valle-Inclán. Los estudios sociológicos perciben en la generación del 98 una ideología pequeñoburguesa en crisis, temerosa de la modernización y el capitalismo. Cuando el de Xàtiva se refiere a la ideología de la obra valleinclanesca, la entiende como un conjunto de ideas que tienen un origen social y considera la literatura como un testimonio clave para analizar los conflictos de la modernidad burguesa con mentalidades más tradicionales, como la representada por Valle-Inclán.
Por lo que se refiere a Azorín, el historiador valenciano critica su postura tradicionalista y estática, acorde con el concepto de microhistoria. Del mismo modo, influido por el Ortega liberal, europeísta y defensor de la modernización burguesa, Maravall se ve obligado a tomar distancia con el Unamuno antimoderno e intrahistórico. Fiel a su interés por el problema de España, critica con firmeza a los autores del 98 que adoptaron posturas contrarias a la modernidad liberal. El libro acaba con un capítulo dedicado al magisterio de Ortega. Sin el filósofo madrileño no se entiende la trayectoria de Maravall y su forma de hacer historia o de abordar la cuestión nacional. El catolicismo orteguiano contribuyó a su evolución del liberalismo al falangismo. No vio contradicciones a lo largo de las distintas etapas de su vida –liberal, falangista o progresista– con la filosofía de Ortega porque, como ya hemos dicho, fue moldeando una versión del maestro acorde a cada momento de su trayectoria intelectual.
Maravall postula que la historia debe ser testimonio del pasado, ejemplo para el presente y advertencia para el futuro. El profesor García matiza y concluye el libro afirmando que la historia es, como señala Juan Carlos Rodríguez, «la única realidad que nos constituye» y que podemos «construir con nuestras manos». En suma, Nuevos combates por la historia. Maravall y la literatura española contemporánea es un libro interesante para profesores, importante para estudiantes y fundamental para investigadores de historia, filosofía y literatura; porque aporta, además de lucidez y compromiso, una visión exhaustiva de la trayectoria intelectual de Maravall, así como de la historia y de la literatura española del siglo XX, y un análisis certero de la lucha ideológica entre pensadores, críticos e historiadores. Y recuerda que no estamos solos.