El temblor de otra caligrafía. David Ferrez y la poesía

Manuel Valero Gómez

La poesía de David Ferrez se sitúa lejos de toda simplificación: nace contra las supersticiones sentimentales y los viejos dualismos que aún pesan sobre el género. Su escritura, atenta a los condicionantes ideológicos del lenguaje, combate la falsa inocencia poética y se adentra en la grieta entre significado y verdad. Un rostro muerto en el espejo confirma un proyecto coherente y exigente, donde la subjetividad se examina críticamente frente a la tradición, la historia y sus sombras.

soñaba que te quería,
soñaba que era verdad
Triana

Quien ha leído la poesía de David Ferrez, aun a riesgo de enfrentarse a los prejuicios de la banalidad o la sobreabundancia dominantes en la actualidad del género, sabe que no se trata de una literatura sencilla. Y de partida, quede claro, damos por superada una dialéctica –ya periclitada– que enfrente, decíamos, una poesía supuestamente sencilla a otra poesía supuestamente difícil. (Que no deja de remitir, como ya podrán imaginarse, a otras dialécticas burguesas como forma / contenido, pureza / compromiso, público / privado, etc.). Pero que sobre todo, sin alejar la cuestión del vigente significado de escribir poesía (su materialidad), contrapone la convivencia (y quizá, por qué no decirlo, también connivencia) de una cultura humanista agotada (o carente hoy de sentido, desde un punto de vista «fuerte» del término) y una cultura basada en la técnica (el capitalismo como única ideología posible en la vida conectada al ciberespacio). De este modo, siempre nos ha entusiasmado aquel poema de Álvaro Salvador incluido en Fumando con mis muertos (2015) bajo el título de «SMEG»: «Algunas noches mi frigorífico se queja», dice al comienzo del texto un fingido sujeto poético tan lacónico como tierno, «¿De qué se quejará mi viejo camarada? / ¿Quizá de que no tiene / la potencia de antaño? / ¿de que ya no lo cuido / como debiera hacerlo? // Yo no puedo dormir. / En el silencio de la noche, SMEG se queja».

Verdaderamente, esta lectura actualizada del tempus fugit y del collige, virgo, rosas nos da pie para comprender que, como la propia pasión por la literatura, el final de la batalla suele conducirnos al consuelo de los camaradas más imprevistos. (Del enemigo, en el más común de los casos). Porque, siguiendo a Gabriel Ferrater y sus reflexiones sobre el lenguaje, todos poseemos ciertas «supersticiones absurdas» sobre la poesía (o una idea determinada de poesía, valdría la pena matizarse aquí). «Inútiles vicios sentimentales» (en palabras de Vázquez Montalbán), «las más sucias monedas: la traición, el olvido» (en opinión de Ángel González). Y no deja de ser contradictorio que, pese al conocido y aceptado carácter minoritario del género, existan estas «supersticiones absurdas» como una verdad ya desleída. Cuando esta formulación antitética, por el contrario, resulta un útil ideológico que explica, precisamente, la hegemonía de esa «verdad» (y no de otra). Probablemente, nuestra sumisa actitud ante la literatura tenga cierta semejanza con la descripción que Flaubert teje a propósito de la protagonista de Un corazón simple, uno de sus últimos cuentos, mediante «una resignación animal y una veneración religiosa». Esa verdad desleída, entonces. Una superstición absurda con una lógica cruel. Y no olvidemos que tras la muerte de su señora, así nos lo recuerda Flaubert hacia el final de la narración, «Félicité la lloró como no se llora a los amos».

Solo que, como concluye Ferrater en su mencionada reflexión, muchos de nosotros sentimos la obligación de «combatir» estas «supersticiones absurdas», («o por los menos olvidarlas», añade con su inteligente doble filo el lingüista catalán), produciendo una «reacción irritada en la persona ingenua». Y aquí se encuentra la brecha decisiva a la que debe enfrentarse un poeta joven que, como es el caso del granadino David Ferrez, ha contraído la firme decisión de tomarse en serio la poesía. (Esta costumbre de mirar el mundo con el ojo izquierdo, parafraseando a Blas de Otero y su «Compendio de geografía general»). Puesto que no se trataría únicamente de pensar la literatura, sino –también– de aceptar tanto esa irritación como ese rechazo que nos obliga a estrangular el cuello del cisne hasta asfixiar la blanca y aséptica norma literaria. Aquella lección aprendida en los libros de Bertolt Brecht, (y que nadie como Jiménez Millán ha logrado asumir), a propósito de un sujeto poético exiliado y fugitivo de su propia condición. «Un temps, uns fets, una estima, una idea», afirma Ovidi Montllor en Autocrítica i crítica sin esconder los agravios de esta toma de conciencia, «tinc un partit i una ideologia, / dic el que dic sense cap covardia, / però també sé el preu de tot això: / més tard o d’hora m’arribarà sentència».

Mas aquí se presenta hoy Un rostro muerto en el espejo, el tercer título de una bibliografía poética breve y sosegada, construida desde sus inicios (mediante Sudores sin fruto y Los ojos del frío) sobre las sólidas bases de un proyecto ideológico calculado. Un temblor de otra caligrafía, por recurrir a esa conocida imagen de Alberti. Y lejos de dificultar una puesta de largo en sociedad, como así suele ocurrir en los casos de las trayectorias con una extensión resumida o –incluso– recién estrenadas, estos primeros pasos de Ferrez Gutiérrez nos advierten de una posición decisiva contra la cual se produce su literatura desde siempre-antes: «Y no saber cómo eres, / solo conocer tu nombre», dirá en un texto deslumbrante de su primer libro. O dicho de otro modo, el historial literario de David Ferrez ya ha nacido con una toma de conciencia clara contra la ideología de la palabra poética y el inconsciente ideológico que nos construye a diario. Y no ha precisado, por mencionar solo algunos ejemplos reconocibles, salir a la calle para romper todos sus versos o enfrentarse a las garras de tanto tigre admitido. (Finalmente: revolucionar su inconsciente ideológico, como así sugiere Althusser). Pero no conviene buscar esta demarcación en amuletos evolucionistas y ahistóricos tan socorridos para la crítica literaria tradicional como el tema o el contenido, sino que debemos descender hasta aquello que el profesor Juan Carlos Rodríguez denomina condicionantes objetivos en la producción de cada texto literario.  

Más que nunca, recordando aquel verso de Roberto Juarroz, «ser no es comprender». Así se entenderá que la escritura de Ferrez Gutiérrez persiga ese hueco dejado por la contradicción, (de nuevo el profesor Rodríguez), entre el paréntesis del significado y la verdad. Una inocencia perdida (Rimbaud, Pasolini, etc.) en esa infancia contada, como un invierno propio o una herencia traicionada, en Sudores sin fruto y Los ojos del frío. Ese mismo rostro que el poeta dibuja ahora en su última entrega: el cuestionamiento de una subjetividad que sigue hablándonos, entre la espesa niebla de un reflejo imposible, mediante una lengua muerta. Por estos mismos motivos, debemos tomar la imagen condensada en su título como más que un guiño pavesiano brindado tanto a su escogida tradición de La otra sentimentalidad como a su maestro Juan Carlos Rodríguez. Precisamente, esos condicionantes objetivos del viento huérfano meciendo una ciudad sin rostro, las grandes alamedas vestidas de una extraña e irreconocible espera, la estampa brechtiana sin adornos o prebendas. Por citar de nuevo a Blas de Otero y su Hojas de Madrid, allí donde la historia enciende su dialéctica. Al contrario, estos nuevos poemas de Ferrez también responden a la profunda reflexión que lleva a cabo Cesare Pavese entre las dos ediciones de su Lavorare stanca (1936 y 1943), dando como resultado su conocido diario (El oficio de vivir, 1935-1950), así como las dos poéticas tituladas «El oficio de poeta» (1934) y «A propósito de algunos poemas no escritos todavía» (1940).

Será durante este periodo, marcado por el exilio, la censura y la represión política, cuando el poeta italiano se consagre a la labor de aquello que llegó a denominar como «nebuloso ideal de la imagen-relato». Si tomamos como base de lectura estas dos extensas poéticas, parece evidente que Pavese tropieza continuamente con el cerco de su inconsciente ideológico. No en vano, pretende superar la propia lógica interna de las literaturas burguesas enfrentándose al «temido cancionero-poema». Es decir, esa promesa de una subjetividad libre mediante la cual nos vendemos de lleno al capitalismo. Por un lado, en noviembre de 1934, «condena» el «género poesía» mientras que se propone «meditar ex novo» esa «exigencia de la viril objetividad en el relato» contra las «miserias de la educación retórica». Aunque toda esta primera tentativa le conduzca, irremediablemente, a afirmar que «aún no he salido de la dificultad» porque, «el punto crítico de toda poética», reside en esa «preminencia del yo [que] me parecía ver acompañarse un más desordenado juego de relaciones fantásticas». Y se cuestionará: «¿Cuándo, en definitiva, la potencia fantástica se hace arbitrio?». Por otro lado, seis años más tarde, confinado por arresto político en Calabria, Pavese habrá resuelto –en cierto modo– la contradicción de ese espejo sin rostro posible: «Pero no será cuestión de narrar imágenes, una fórmula vacía, como se ha visto, porque nada puede distinguir las palabras que evocan una imagen de las que evocan un objeto». (Esa «mancha –invisible– que ensucia la vida y el lenguaje», nos recuerda Ferrez en su poema «El margen», de Sudores sin fruto). Es decir, «será cuestión de describir» […] «una realidad no naturalista sino simbólica» porque «poemas y cancionero no serán una autobiografía sino un juicio». Y así deberíamos leer la compleja trama simbólica que David Ferrez ha sabido construir con maestría a lo largo de sus tres libros: la poetización de la realidad de la explotación, según ha dicho el profesor Miguel Ángel García sobre nuestro poeta. Aunque Pavese, por su parte, no se canse de prevenirnos: ya sea en su diario («No se cambia la propia naturaleza», 5 de enero) como en «I mari del Sud» (1931), su primera realización seria de estas expectativas: «Callar es nuestra virtud». Ustedes, a fin de cuentas, ya conocen mejor que nadie el temblor que puede producir otra caligrafía: Nadie puede abrir semilla en el corazón del sueño.   

Presentación de Un rostro muerto en el espejo, Ateneo de Granada, 14 de noviembre de 2025. Manuel Valero Gómez. Universidad de Zaragoza

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