Un siglo después de la publicación del Manifiesto del surrealismo, acta fundadora del movimiento, este trabajo vuelve sobre la noción de escritura automática, núcleo de una experiencia radical del pensamiento y de las prácticas artísticas que desafía las categorías clásicas de autoría, conciencia o control racional. El surrealismo, influido pero no subordinado al psicoanálisis, transforma el inconsciente en una fuente poética y ética que subvierte las jerarquías entre lo normal y lo patológico, entre el lenguaje interior y el discurso público. A través de un recorrido por los textos fundacionales del movimiento, se busca iluminar las tensiones internas del automatismo surrealista y mostrar cómo su relativo fracaso, lejos de invalidarlo, permite abrir nuevos horizontes de sentido en la relación entre lenguaje, imaginación y emancipación.

Pescando el pez soluble. Invención del surrealismo y escritura automática
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, siguiendo en esto la autoridad de André Breton, que el núcleo central del surrealismo lo constituye la noción de escritura automática de la que el primer manifiesto da la siguiente definición de aspecto falsamente académico:
SURREALISMO, n. m. Automatismo psíquico puro mediante el que nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, por escrito, o de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón, fuera de toda preocupación estética o moral.
ENCICL. Filos. El surrealismo reposa sobre la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociaciones descuidadas hasta él, en la omnipotencia del sueño, en el juego desinteresado del pensamiento. Tiende a arruinar definitivamente todos los otros mecanismos psíquicos y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida.
El primer manifiesto caracteriza pues al surrealismo por el automatismo psíquico que se manifiesta tanto en la producción de obras como en experiencias de pensamiento o de actos. El automatismo sería la fuente del surrealismo de donde éste extrae lo que tiene de específico. En esta doble definición de diccionario, de aspecto cartesiano, que se inserta en un texto que no lo es ni lo pretende ser, y al que hay que leer con una distancia algo irónica, aparecen los elementos seminales del surrealismo que podemos desglosar de la manera siguiente: automatismo psíquico puro, funcionamiento real del pensamiento, ausencia de control de la razón en la expresión de sus contenidos, despreocupación estética y moral por el resultado obtenido, reivindicación del poder del sueño y de los aspectos marginados de las manifestaciones del psiquismo humano.
Es evidente que esta “definición” no surge de la nada y que hace falta todo un recorrido hasta llegar a ella. En realidad, aunque la fecha “oficial” del nacimiento del surrealismo es la de la publicación del Manifiesto del surrealismo (1924), la “práctica” surrealista surge años antes, exactamente en 1919, entre abril y junio, cuando André Breton y Philippe Soupault (que se habían conocido en 1917) escriben mano a mano Los Campos magnéticos, que se publicará en 1920. Durante esas pocas semanas, en un estado de febrilidad constante, los dos amigos, según explicará Breton más tarde, se dedicaban a “rellenar páginas y páginas de esta escritura sin tema”, sin objetivo ni preocupación comunicativa; veían “producirse hechos que no habían ni siquiera soñado”, “operarse las aleaciones más misteriosas” mientras avanzaban “como en un cuento de hadas”. La velocidad de la escritura permitía, según Breton, evitar la censura y jugar en favor de la “inspiración”. (Dejemos por el momento el hecho de que la censura es previa a toda elaboración intelectual). Pero, ¿cómo llegan Breton y Soupault a la cuestión del automatismo?
Presionado por sus padres Breton había comenzado los estudios de medicina, lo que le permitió, llegada la guerra, ejercer primero como enfermero/camillero y después continuar sus estudios de médico auxiliar. En 1916 lo encontramos en el Centro neuro-psiquiátrico de Saint-Dizier en el servicio que dirige el profesor Raoul Leroy, gracias al cual lee El Psico-análisis de las neurosis y las psicosis de Emmanuel Régis y Angelo Hesnard. Ahí descubre a Freud que no será traducido al francés hasta 1921. En su correspondencia Breton habla con entusiasmo de Charcot y Kraepelin. El centro recibe a los soldados evacuados del frente por trastornos mentales a los que debe interrogar según un protocolo establecido. En una carta a Apollinaire le comunica el descubrimiento de imágenes asombrosas en los relatos de sus pacientes: “Nada me llama tanto la atención como las interpretaciones de estos locos. Mi impulso es, instintivamente, someter al artista a la prueba análoga”. El genio de esos enfermos residiría en su capacidad instintiva para elaborar “las más lejanas relaciones de ideas, las más raras alianzas de palabras”. Poco después, destinado al centro de neurología del hospital de la Pitié, en el servicio del doctor Babinski, se interesa por la psiquiatría y la neurología y se plantea durante un tiempo hacerse psiquiatra. Sin embargo, el descubrimiento de las imágenes asombrosas en los pacientes es paralelo a otro de no menor importancia, el de Lautréamont. En el servicio del hospital de Val-de-Grâce, donde conoce a Louis Aragon, se pasan las noches en el pasillo de las áreas de dementes leyendo a Isidore Ducasse en voz alta en medio de los gritos de los pacientes. No es extraño que cuando encuentre poco después a Soupault, que se interesa también por Freud y por Janet, el camino esté ya trazado.
Como cualquier vida, trenzada de azares y determinaciones sociales o inconscientes, la de Breton está atravesada por una pasión desmesurada por la poesía y un encuentro vital con uno de los conceptos claves de la época: el inconsciente. Ahora bien, el inconsciente del surrealismo no es el inconsciente del psicoanálisis. Querer juzgar el uno por el otro es fuente de malentendidos. El surrealismo procede del pensamiento freudiano pero se sitúa fuera de él. No convoca al inconsciente en tanto que tal, como una instancia hipotética del aparato psíquico, sino como un conjunto de fenómenos que aparecen en las zonas liminares de la conciencia y que son susceptibles de ser captados por un espectador atento. Los modelos del primer surrealismo son el discurso de asociación libre, la experiencia onírica común y la experiencia endofásica, manifestación del lenguaje humano perceptible solamente por el locutor. Por otra parte, Breton retiene la antropología freudiana pero no adopta su epistemología. El automatismo surrealista no es una hermenéutica sino un procedimiento de recolección de discursos y de imágenes procedentes del inconsciente. El término de automatismo no es freudiano, Freud no habla de automatismo sino de compulsión de repetición, pero eso es otra cosa. Breton lo extrae de Pierre Janet (L’automatisme psychique, 1889), pero en vez de considerarlo una forma depreciada del pensamiento le da un valor supremo, haciéndolo fuente del nuevo lirismo.
Jean Starobinski, en un texto famoso (“Freud, Breton, Myers”, 1968) en el que trata de establecer el origen pre-freudiano del automatismo de Breton, recordaba que si para éste el automatismo favorece la manifestación del pensamiento en estado puro, para la neuro-fisiología desde finales del XIX el pensamiento es resultado de una compleja integración caracterizado por su emancipación de la regularidad previsible del automatismo. El pensamiento se desarrollaría sobre un fondo de automatismos integrados y dominados. La escuela francesa (Janet, Clérambault) veía en el automatismo “la intromisión de una actividad parcial” de donde resulta una “desintegración de la personalidad”. La escritura automática sería uno de los signos de la disociación de la conciencia. Es verdad que para Freud las asociaciones libres implican una especie de abandono al automatismo, pero renunciando a la hipnosis mostraba su deseo de reducir al mínimo la parte del automatismo. Las asociaciones libres son un momento transitorio del análisis, destinado a producir el “material” que se usará en transferencia. Breton era consciente de que para el psicoanálisis no era sino un medio de exploración del inconsciente y que Freud rechazaba el producto automático en sí como proceso creador.
Para Breton, al contrario, la escritura automática es un modo de creación intuitiva en donde la obra adquiere forma de manera inmediata, sin elaboración retroactiva. En tanto que “dictado del pensamiento” se aparenta al monólogo interior o al “flujo de conciencia”, pues resulta evidente que el surrealismo, aunque no lo reivindique explícitamente, es heredero del camino abierto por las teorías de Henri Bergson y William James. Pero el automatismo surrealista supone un dominio de la sintaxis y del repertorio de los motivos disponibles (en realidad del universo del simbolismo y de las primeras vanguardias, que es el “inconsciente estético” en el que crecen los surrealistas). Aunque coincide con el acto de enunciación, se distingue de la improvisación en que dispone de un condicionamiento psíquico destinado a suspender los procedimientos interiorizados del control discursivo o comportamental. Se trataría de realizar de manera artificial las condiciones que se asemejan al sueño. Es un ritual, a menudo practicado en grupo, un entrenamiento mental y una experiencia psíquica y afectiva.
Además, el adjetivo “puro” de la definición sitúa al surrealismo en una exigencia ética y no técnica. Breton distingue el automatismo de los poetas, que son conscientes de lo que escriben, del de los médiums, que lo ignoran. Su problema es elucidar la naturaleza de la palabra poética y localizar la fuente de las imágenes. Para Janet, al contrario, el automatismo es heterogéneo a la personalidad e insiste en la impotencia creadora del mismo, rechazando cualquier semejanza entre genio y locura: la locura es el automatismo librado a él mismo y este automatismo, que se manifiesta en síntesis de una extrema debilidad, no es sino pura miseria psicológica, según Janet. La posición de Breton no es la misma. Hacia 1916, en su tentativa de poner en cuestión radicalmente la experiencia poética, utiliza la psiquiatría como una barrera contra el extravío al que puede conducir el abandono total a la poesía. En la locura la polaridad inherente a la relación entre poesía y realidad se vuelve absoluta.

Los sueños hipnóticos
La noción de automatismo aparece por primera vez en el texto “Entrada de los médiums” (1922): “Esta palabra [surrealismo], que no es de nuestra invención [recordemos que aparece en Les mamelles de Tirésias de Apollinaire] y que podríamos haber abandonado sin problemas al vocabulario crítico más impreciso, es empleado por nosotros para designar un cierto automatismo psíquico que corresponde bastante bien al estado de sueño, estado que es hoy día muy difícil de delimitar”. Este breve texto es un intento de puntualización de las experiencias que practica entonces el grupo surrealista con los sueños hipnóticos.
Cuando René Crevel propone en 1922 al grupo que se va formando en torno a Breton la práctica de los sueños hipnóticos París vive una suerte de “estación metapsíquica” (M. Bonnet): es el año en el que aparece el Tratado de metapsíquica de Charles Richet, mientras en el laboratorio de psicología de la Sorbona se llevan experiencias en colaboración con médiums y la prensa se hace eco de estas experiencias que conducen a las interpretaciones espiritas más delirantes. Para comprender la relación del surrealismo con las prácticas espiritistas hay que tener en cuenta que lo que les atrae del psicoanálisis es, junto a la asociación libre, la exploración de los sueños en los que el surrealismo encuentra una fuente inagotable de imágenes. Es natural que cruzaran entonces la moda espiritista de los sueños hipnóticos pero no hay que perder de vista de que se trata de una experiencia poética y no de una búsqueda del más allá. Breton es claro a este respecto: “Huelga decir que en ningún momento, desde el día en que consentimos prestarnos a esas experiencias, hemos adoptado el punto de vista espirita. En lo que me concierne rechazo formalmente admitir que una comunicación cualquiera exista entre los vivos y los muertos”. Se trataba al contrario de retener la facultad discursiva que el sueño liberaba y de dar cuenta de la naturaleza de ese discurso. Las primeras tentativas pretenden establecer una continuidad entre el automatismo y las experiencias del sueño suprimiendo los controles racionales y sus mediaciones disolventes, y permitiendo el surgir verbal de las capas profundas en un discurso poético libre. Lejos de ser la materialización del espíritu de los muertos se trata de la manifestación de los extraños poderes del lenguaje. Más interesados por los signos que por los significados, los juegos del lenguaje pasaron enseguida a un primer plano. Pero, cuidado, detrás de este juego de desplazamientos que alteran la relación entre pensamiento y lenguaje, detrás de esta aparente gratuidad no utilitaria está siempre la exigencia ética: “que se comprenda bien que cuando decimos: juegos de palabras, son nuestras más seguras razones de ser las que están en juego. Las palabras dejaron de jugar. Las palabras hacen el amor” (“Las palabras sin arrugas”, 1922).
La experiencia endofásica
En esta búsqueda de la palabra poética por medios desviados encontramos esa frase que se impone en el momento del paso de la vigilia al sueño. La experiencia es mencionada ya en “Entrada de los médiums”: “En 1919, mi atención se había fijado en frases, más o menos parciales que, en plena soledad, al acercarse el sueño, se vuelven perceptibles para el espíritu sin que sea posible descubrirles una determinación previa”; tema que vuelve a aparecer en el primer manifiesto. Una frase que antes de dormirse percibe tan claramente articulada que le era imposible cambiar una sola palabra. Una frase, dice, que se vuelve tan insistente que parece que “golpea a la ventana”. El ejemplo que Breton da de este tipo de frases hipnagógicas, frases que se producen en un estado de conciencia entre la vigilia y el sueño, es: “hay un hombre cortado en dos por la ventana” (“Il y a un homme coupé en deux par la fenêtre”); frase “que contiene, dice, una débil representación visual de un hombre andando y serruchado a media altura por una ventana perpendicular al eje de su cuerpo”. Este tipo de frase absurda, que para Janet era fruto de un momento de división del sujeto y que por tanto carecía de valor, el surrealismo la retoma como trampolín posible para el pensamiento poético. Breton percibe la extrañeza de este tipo de frases y las incorpora a su “material de construcción poética”, y una vez que le da crédito, la frase da “lugar a una sucesión apenas intermitente de frases que no [le] sorprendieron casi nada y [le] dejaron bajo la impresión de una tal gratuidad que el dominio que había tomado hasta entonces sobre él mismo [le] pareció ilusorio y no soñaba sino en poner fin a la interminable querella que tenía lugar en [él]”. Pero si esta frase adquiere sentido en Breton es porque se encuentra, según nos dice en el Manifiesto, en un momento en el que a la vez que se interesa por Freud y se familiariza con sus métodos, intentaba practicar sobre él mismo lo que había hecho durante la guerra con los enfermos: “un monólogo de flujo lo más rápido posible, sobre el cual el espíritu crítico del sujeto no hiciera emitir ningún juicio, que no se preocupara por ninguna reticencia, y que fuera, de la manera más precisa posible, el pensamiento hablado”. Es ese tipo de frase el que, en situación experimental, Breton y Soupault intentaron practicar en la escritura de Los Campos magnéticos. En donde la velocidad, creían, era un elemento fundamental para evitar el problema de la censura, pues “la velocidad del pensamiento no es superior a la de la palabra”. Además, poéticamente hablando, sigue explicando Breton en el Manifiesto, los elementos en presencia están marcados por un “alto grado de absurdidad inmediata” cuya función era dejar fluir un cierto mundo interior, tan objetivo como el consciente, y no de menor importancia.
Que existan seres más dispuestos que otros a manifestar este mundo inconsciente, es algo que Breton mantendrá con más o menos fervor a lo largo de su vida. Como afirma en “Entrada de los médiums”: “Nunca dejé de estar convencido de que nada de lo que se dice o se hace valga fuera de la obediencia a este dictado mágico. Ahí reside el secreto de la atracción irresistible que ejercen ciertos seres cuyo único interés es el de haberse un día hecho eco de lo que estamos tentados de tomar por la consciencia universal, o, si se prefiere, de haber recogido sin penetrar rigurosamente el sentido, algunas palabras que caían de la ‘boca de sombra’ [referencia a Víctor Hugo]”. Breton decide suspender la experiencia de los sueños hipnóticos en los que Crevel, y sobre todo Robert Desnos se habían convertido en especialistas. La decisión viene tras un periodo bastante agitado del grupo surrealista en el que algunos parecen rozar la locura, además de la sospecha de simulación por parte de otros. Aunque es sabido que algunos miembros del grupo, Breton incluido, siguieron frecuentando algunos médiums conocidos (en Najda Breton hablará por ejemplo de Madame Sacco, vidente conocida entonces). Es curiosamente cuando los surrealistas intentan acercarse al partido comunista en 1925 que Breton escribe un texto, “Carta a las videntes”, en el que intenta profundizar sus investigaciones alrededor de las instancias en las que brota un lenguaje oracular fuera del control del que lo profiere. Sin duda hay en este texto intempestivo una afirmación de la especificidad del surrealismo que va a entregarse a una militancia más o menos activa en el movimiento comunista. Pero lo destacable es esa tentativa de mantenerse en el dominio de las Luces aun cuando se exploran las tinieblas. Pues frente a las tinieblas de la religión, la vidente, según Breton, se sitúa en la luminosidad de la existencia al permitir sobrepasar su imprevisibilidad. Las videntes serían un homólogo del poeta que relanza la dinámica de lo imaginario, ayudando además a desarrollar las potencialidades del yo escapando al determinismo del pasado. Ningún fatalismo ni determinismo, simplemente un poco de humor.
El mensaje automático
Cuando Breton vuelva sobre el automatismo en 1933 en el texto que le dedica en la revista Minotaure, “El mensaje automático”, será paradójicamente para constatar su fracaso: “La historia de la escritura automática en el surrealismo sería, no temo decirlo, la de un infortunio continuo”. Breton constata, diez años después, que el automatismo se perdió en la preocupación por el efecto literario, en el deleite de sus descubrimientos, y que no fue bastante vigilante con las interferencias que encontraba, con la distinción entre la homogeneidad o la heterogeneidad de los discursos o con los deslizamientos de lo auditivo hacia lo visual: “Aunque no se trataba, originalmente, sino de captar en su continuidad y de fijar por escrito la representación verbal involuntaria, absteniéndose de hacer recaer sobre ella cualquier especie de juicio calificativo”, la crítica no había dejado de subrayar la riqueza y la elegancia del lenguaje interior de alguna de sus producciones.
Y a pesar de todo Breton sigue reivindicando el automatismo como el elemento esencial para acabar con la literatura “calculada” o con la idea de genio, y para abrir a todos la poesía según la consigna de Lautréamont: “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno”. Pero además, dice, “lo propio del surrealismo es haber proclamado la igualdad total de todos los seres humanos normales ante el mensaje subliminal, haber sostenido constantemente que este mensaje constituye un patrimonio común del que corresponde a cada uno reivindicar su parte y que debe a cualquier precio cesar muy pronto de tomarse por la prerrogativa de algunos”.
Al mismo tiempo que afirma la pertinencia del automatismo, Breton intenta ampliar en este texto su teoría sobre los procesos inconscientes y dar un contenido positivo a los fenómenos automáticos. Para ello recurre como vemos a la noción de “mensaje subliminal” que tiene su origen en el poeta, psicólogo y parapsicólogo inglés F.W.H. Myers, autor de La Personalidad humana (Human Personality and Its Survival of Bodily Death), publicado en 1903, dos años después de su muerte. Breton, que buscaba enlazar automatismo y teoría de lo maravilloso, encontraba en las experiencias de Myers justamente un repertorio de hechos maravillosos, además de una concepción del automatismo asociada a una teoría del “yo subliminal”/inconsciente connotado de un valor positivo pues contendría una corriente de pensamiento más rica que la del “yo exterior”.
En su artículo mencionado más arriba Starobinski se sirve de esta referencia para situar a Breton, no del lado de Freud y del psicoanálisis, sino de Myers y de la parapsicología en general. Sin embargo, la especialista de Breton, Marguerite Bonnet, muestra que éste no conoce a Myers hasta 1923 y que no lo lee sino un año después. En cualquier caso Breton se interesa por Myers en este texto de Minotaure en el que intenta ampliar las formas de expresión espontánea que se producen fuera de la voluntad del sujeto y que encuentra en particular en las experiencias médiumnicas. Breton adopta de Myers su noción de “yo subliminal”, que sería esa parte de la actividad mental que se sitúa bajo el umbral de la conciencia, mientras que el “yo supraliminal” correspondería a la conciencia clásica. Breton parece hacer equivalentes yo subliminal e inconsciente.
No obstante, Breton establece diferencias fundamentales con Myers. En primer lugar la pasividad surrealista es voluntaria, no responde a ninguna llamada exterior, de manera que el surrealismo no es arrastrado a las profundidades a las que Myers pretende acercarse. En segundo lugar los médiums actúan de forma mecánica e ignoran lo que escriben o dibujan, “su mano, dice Breton, anestesiada, está como conducida por otra mano. Algunos se dejan guiar pasivamente, otros reproducen figuras”. Por el contrario, la escritura automática se practica con una conciencia intacta del sujeto a lo largo de su experiencia y no hay duda de que la voz tiene un origen endógeno. Breton sostiene que la escritura automática “inconsciente” es “el límite hacia el cual el poeta debe tender, sin perder de vista sin embargo que, contrariamente a lo que propone el espiritismo (disociar la personalidad psicológica del médium), el surrealismo se propone nada menos que unificar esta personalidad”. Para el surrealismo la cuestión de la exterioridad de “la voz” no podía plantearse.
Rechazando el espiritismo de Myers (no hay comunicación entre los vivos y los muertos) el surrealismo trata de resolver las contradicciones valorando lo que queda de comunicación medianímica una vez desembarazada de las implicaciones metafísicas y adoptando lo maravilloso del espiritismo al mismo tiempo que niega las premisas dogmáticas. Breton cree poder disociar el dispositivo experimental de sus implicaciones metafísicas (el conocimiento de un más allá). Para él las manifestaciones automáticas son testimonios de una surrealidad situada en el corazón de este mundo: quien habla es la espontaneidad del pensamiento común de todos los hombres y esta palabra liberada puede articular un flujo neutro donde la conciencia se vuelve impersonal para dar paso a la voz maravillosa del universo.
Hemos visto cómo, lejos de ser un simple experimento literario, la escritura automática en el surrealismo representa una tentativa sostenida de liberar la palabra del dominio de la conciencia vigilante y de reconfigurar el lugar del sujeto en el lenguaje. Si bien la escritura automática fracasó en su pretensión de mantener una pureza originaria, su legado perdura como gesto inaugural de una poética de la emancipación. En su rechazo del espiritismo, pero también de la psicología positivista, Breton defendió una zona intermedia: un espacio en el que lo maravilloso no se opone a la razón, sino que la desplaza. En resumen, el automatismo no es una técnica muerta, sino una pregunta aún viva sobre los poderes del lenguaje y los umbrales de la subjetividad.