En aquel homenaje a Javier Egea celebrado en Granada en 2020, Gracia Morales revisitó la figura del poeta desde una perspectiva a la vez personal y crítica, articulando una reflexión sobre las tensiones que atraviesan su vida y su obra: compromiso político, lirismo, marginalidad y mercado. El texto analiza las contradicciones fundamentales que definen la poética de Egea y su lugar en la tradición de la “otra sentimentalidad”.

En el marco del “Homenaje a Javier Egea”, celebrado en Granada en febrero de 2020, Alfonso Salazar, Javier Benítez y yo nos reunimos en el Aula García Lorca de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, para recordar a Javier Egea y acercarnos a su obra, desde nuestra propia experiencia poética. Las breves reflexiones que incluyo aquí son la reelaboración de mi intervención en esa mesa redonda.
Me sentí muy afortunada por participar en estos actos y compartir un entorno que se proponía volver a hacer presente la figura de Egea, ante la atención de muchos de mis estudiantes. Había en mí también un cierto pudor, porque frente a otros participantes del homenaje, yo no puedo afirmar que fuese “amiga” de Quisquete y tampoco me he especializado, como investigadora, en su obra. A pesar de esto, los días que asistí a conferencias y debates volví a ser consciente de la fascinación que Javier Egea despertaba y sigue despertando en quienes hemos estado próximos, de un modo u otro, a su figura y a su poética.
Yo conocí a Javier, sí, y admiraba profundamente su escritura. Lo recuerdo vivamente en sus recitales de poesía, con esa voz poderosa, apasionada, inconfundible. No obstante, mi propia timidez de entonces y mi sensación de recién llegada al ámbito de la poesía granadina (tan activo, fértil y vibrante) no me permitieron acercarme más a su persona, charlar más con él. Tampoco podía prever el poco tiempo que tendríamos para disfrutar de su presencia.
Fue al acabar mi licenciatura cuando obtuve una beca de investigación bajo la dirección de Álvaro Salvador y eso promovió que me incorporara al grupo que componían el propio Álvaro, Pepa Merlo, Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Ángela Olalla, Carlos del Árbol, Manolo Valle, Ángel Collado, Miguel Ángel García… Qué nostalgia. Recuerdo algunas celebraciones inolvidables en casa de Manolo Valle. Y a veces, en algunos post-recitales, en alguna tertulia, también se nos unían el Murciano y Quisquete.
Tengo la sensación de que Quisquete estaba y no estaba. De que había en él (al menos en este tiempo) algo siempre huidizo. Como si llevara un aura de soledad a su alrededor que provocaba que, aunque se encontrara entre nosotros, riendo, hablando, hubiera una parte de él que se nos escapaba. Así lo recuerdo. Pero, claro, era el año 1998, yo tenía veinticinco años, era la “rubia” del grupo (así me bautizó Juan Carlos Rodríguez) y quizá lo veo con los ojos de mi inmadurez. Era el año 1998 y ya, de golpe, el 29 de julio de 1999, Ángel Collado (que fue quien me regaló el primer libro de Javier que leí, Paseo de los tristes) me llamaba con la voz herida para comunicarme la muerte trágica de Quisquete.
Su ausencia dejó una profunda herida en el mundo de la poesía granadina, que aún sigue doliendo. Porque no hemos dejado de preguntarnos los porqués de ese gesto final suyo, señalando razones más o menos certeras y aprendiendo a digerir ese impreciso sentimiento de culpa que todo suicidio de un ser cercano conlleva.
Desde entonces lamento no haber sabido aprovechar mejor esos momentos vividos con Javier Egea. Como ya dije, me encontraron aún demasiado joven, demasiado ingenua para entender el prodigio y la oportunidad de tenerle ahí. También es cierto que, para la generación que empezamos a conocernos y publicar justo durante este periodo (Marga Blanco, Andrés Neuman, Juan Carlos Abril, Luis Melgarejo, Ramón Repiso, Rafael Espejo…), Javier Egea era el más “secreto” de los poetas o los hacedores de la “Otra Sentimentalidad”: porque a Luis, a Álvaro, a Juan Carlos, los teníamos además en la Facultad, eran nuestros profesores, les pasábamos nuestros poemarios, nos enterábamos de sus publicaciones o de sus recitales. A Javier Egea había que buscarlo en otros sitios: en las tabernas, como él mismo decía, pero también en las tertulias poéticas.
Varios años después, ya en 2004, cuando la asociación Diente de Oro creó el premio Javier Egea de poesía, no dudé en presentar un poemario que tenía en ese momento acabado, titulado De puertas para dentro. Ganar ese premio, con un jurado en el que estaban tres amigos de Quisquete (Álvaro Salvador, Luis García Montero y Antonio Jiménez Millán) fue un enorme orgullo y también la satisfacción de ver, de algún modo, los poemas de ese libro ligados a su nombre.
Tras estos primeros párrafos, donde he perfilado mi memoria personal de Javier Egea, me gustaría detenerme ahora a apuntar algunas características que, desde mi punto de vista, aportan un valor profundo y no agotado a su obra poética. Y para ello, empiezo citando un fragmento del ensayo “La experiencia de la poesía”, donde el maestro Juan Carlos Rodríguez apuntaba:
Entonces para qué saber, para qué leer, para qué la poesía. Esta última pregunta es la más difícil de responder y por ello también la más necesaria. Quiero decir, porque sólo hay una respuesta posible. Esta respuesta: la contradicción. Tanto el inconsciente freudiano como el inconsciente ideológico están llenos de contradicciones respecto a las condiciones reales de existencia. […] Si seguimos escribiendo poesía o leyendo poesía o escribiendo sobre poesía, es, quizás, porque la poesía nos enseña nuestras contradicciones principales. (Rodríguez, 1999: 117-118 y 125)
En este sentido, considero que la figura vital de Javier Egea y su práctica de escritura encarnan muy intensamente una serie de anhelos y contradicciones que son cruciales en la forma de entender y experimentar la poesía desde la modernidad. Recuerdo que algún amigo me decía, años después de su muerte, que Javier era el “más poeta” de su entorno. No el mejor, sino el “más” poeta (el “más” auténtico; el “más” entregado), evidenciando, nuevamente, que inconscientemente presuponemos la existencia de algo esencial, identificable e incluso cuantificable, que hace a una persona “ser” más o menos poeta (y vivir de acuerdo a eso). Personalmente, no comparto esta idea (para mí la poesía no implica tanto una esencia como una acción, un estar haciendo algo, en lo que se pone determinada pasión, determinada dedicación, y para lo que se cuenta con determinadas habilidades), pero me resulta elocuente de la imagen ideal que se sigue teniendo del oficio de escribir versos.
Volviendo a la cita de Juan Carlos Rodríguez, me propongo, entonces, apuntar algunas de las contradicciones vigentes en la búsqueda poética de Javier Egea, pero lo haré sin resolverlas, limitándome a plantear unas cuantas interrogantes.
Como todos sabemos, buena parte de la producción poética de Egea ha sido enmarcada bajo la noción de “compromiso”, si bien, como apunta Paula Dvorakova, “el tema de la poesía comprometida es mucho más complejo de lo que pueda parecer a primera vista.” (Dvorakova, 2013: 48). Pero aceptemos esta premisa claramente defendida por toda la crítica sobre Egea: Troppo mare y su libro posterior, Paseo de los tristes, se sostienen sobre la voluntad de proponer una “poesía materialista”, alejada del mito de la palabra poética (según apunta Juan Carlos Rodríguez en su tan citado trabajo “Como si os contara una historia”). Ahora bien, y aquí vienen las interrogaciones: ¿es posible una “poesía materialista”?; ¿puede inscribirse bajo el amparo de lo poético una práctica de escritura que quiere romper, precisamente, con la noción de “poesía” que se ha mantenido desde el romanticismo?; ¿hasta dónde los límites de esa posible ruptura, para alguien, como Javier, que estaba, a su vez, fascinado por la propia expresión lírica?; ¿no consigue el ámbito de lo poético-ideal fagocitar, incluso, este intento de pasar “a la otra orilla”, apropiárselo al enmarcarlo bajo la tradición de la ruptura de estirpe romántica?
Me hago estas preguntas y no consigo darme una fácil respuesta. De nuevo la contradicción: querer escribir “otra” poesía, pero en la que perviven tantos elementos de la “una” (la musicalidad, la presencia de lo simbólico, la intensidad y exactitud de la palabra, el tema del amor o de la soledad creadora, el malditismo…); aserrar, así, la rama sobre la que estoy sentado, como diría Brecht; intentar transformar, desde dentro del ámbito poético ese lenguaje no inocente, no puro, ese “lenguaje podrido de la explotación ideológica” (Rodríguez 1999: 156). Creo que Jairo García Jaramillo apunta en esta misma dirección cuando se refiere a la tendencia hacia la marginalidad de Javier Egea, con las contradicciones o vaivenes que ello conlleva:
Ahí está en realidad lo desconcertante: que ese deseo de marginalidad [de Javier Egea], con todas las contradicciones ideológicas que conlleva, debe ser tenido en cuenta no sólo para entender sus inicios poéticos, sino también toda su obra posterior, porque en Egea […] los vaivenes continuos entre la aceptación sin más de ese horizonte ideológico burgués y el intento de su superación a través del pensamiento marxista marcarán por completo su escritura hasta el final. (García Jaramillo, 2011: 39-40)
Vuelvo de nuevo a las contradicciones y apunto ahora a otro elemento provocador de incertidumbres. Efectivamente, era (y es) legítima y acuciante la necesidad de proponer una poesía-otra, una “otra sentimentalidad” que dé cuenta de las relaciones de explotación que sostienen al capitalismo (y donde todos estamos involucrados). Ahora bien, ¿cómo no dejarse arrastrar por la frustración al comprobar el escaso poder de denuncia que la expresión poética tiene? Porque es necesario reconocer que los lectores competentes y habituales de poesía conforman una minoría, lo cual limita mucho la capacidad del poeta para agrietar el sistema. Ser marxista y poeta, como Javier Egea, implica entonces la contradicción de aceptar que esa búsqueda a la que se entrega buena parte del tiempo y la energía vital, no conseguirá modificar nada sustancial, no conseguirá provocar un anhelado cambio social. ¿Cómo no caer en el desaliento o cómo sobrellevar la más que probable decepción? ¿Volviendo a romper, arriesgándose en un nuevo salto hacia adelante, como quiso Javier Egea en Raro de luna? ¿Retirándose por un tiempo para regresar con una poesía más reflexiva y auto-irónica, como terminó haciendo Álvaro Salvador? ¿Eligiendo la opción de ofrecer una voz más cercana al lector como la que se propuso la poesía de la experiencia (esa “musa vestida de vaqueros” que diría Luis García Montero)?
Finalmente, me gustaría destacar otra de las problemáticas que la figura de Javier Egea pone de evidencia y tensa hasta sus límites: el oficio del poeta y su relación con el mercado editorial, por una parte, y con la necesidad de ganarse la vida[1], por otra.
Desde hace ya varias décadas el oficio del creador literario no se limita a la solitaria tarea de componer versos o narraciones o dramas. Cada vez más, el escritor es también ese que persigue la mejor editorial para su obra, ese que promociona de ciudad en ciudad el último libro publicado, ese que es entrevistado, se presenta a premios, firma ejemplares en una caseta de esta o aquella feria del libro… Es decir, para el escritor es casi imposible quedarse al margen de la sobreexposición a la que nos lleva, desde hace décadas, la ley del mercado, en el marco de la actual sociedad del espectáculo. Javier Egea siempre tuvo una relación contradictoria, compleja, con ese ámbito. Él anhelaba que su obra obtuviera visibilidad, proyección, reconocimiento, pero a su vez defendía cierta “pureza” o cierto “inconformismo” de la vocación poética. Me pregunto entonces cómo resolver la contradicción: ¿se puede formar parte del mercado literario y estar en contra del capitalismo?; ¿son honestamente compatibles éxito y marginalidad, o éxito e independencia?; ¿se puede hacer una poesía “otra” y, a su vez, tener la aprobación de la academia?
Y todo esto agudizado por esa cuestión que apunté más arriba: la necesidad de tener un oficio al margen de la poesía que permita el sostenimiento económico. Porque, como apunta Juan Carlos Rodríguez, ser poeta, a partir del siglo XIX, dejó de considerarse una profesión útil.
La mayoría de los escritores, y sobre todo de los poetas del siglo XIX a hoy, han sido poetas-paralelos, o sea, abogados, médicos, etc., o profesionales ligados a la nueva industria del periódico y del mercado editorial. […] De cualquier modo, parece claro que, por las razones complejísimas que se puedan aducir, los poetas de nuestro siglo o han sido “ricos de casa” o han sido poetas-paralelos. (Rodríguez, 1999: 108)
Juan Carlos Rodríguez propone también la práctica de la docencia (en la Universidad o en enseñanza secundaria) como un oficio habitualmente conviviente con el de la poesía, refiriéndose en concreto a la generación del 27. Este mismo fue, de hecho, el camino que eligieron algunos de los amigos poetas de Javier Egea: Álvaro Salvador, Luis García Montero, Antonio Jiménez Millán, José Carlos Rosales… Además, todos ellos y también Aurora Luque, Inmaculada Mengíbar, Teresa Gómez, Ángeles Mora, habían estudiado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada.
Javier Egea queda fuera de esta nómina de poetas-licenciados/as y no pareció encontrar una forma satisfactoria de crearse una rutina profesional paralela a la de la poesía. Y, entonces, en su figura se tensiona ese conflicto vital de todo escritor que tiene que invertir un tiempo fundamental de su día a día en ser otra cosa, con lo que pueda ganarse la vida.
Sé que llego al final de estas breves reflexiones sin haber dicho nada definitivo. Me he limitado a poner de manifiesto algunas de las contradicciones que encuentro fuertemente vigentes en la figura de Javier Egea y que son, de un modo más sosegado, las que laten en mi propia vivencia de la poesía.
Estoy convencida de que estas tensiones no resueltas alimentan la mejor poesía de Javier Egea. O al menos lo que a mí más me seduce y conmueve. No me resisto a ejemplificar tomando de uno u otro libro estrofas o versos sueltos algunos de esas cuestiones: su defensa de un espacio de creación solitario y honesto, que lo llevó mantener “esta costumbre vieja de andar erguido y solo”, defendiendo una cierta independencia y una clara exigencia de búsqueda; su amor profundo a la poesía, “pequeño pueblo en armas contra la soledad”, que se evidenciaba al verle recitar; la forma en que sus versos imbrican la expresión de lo íntimo con la conciencia de lo público (“la ciudad adentrada en el estrago / y yo desnudo aquí y en público sangrando / como si nunca nada me hubiera sucedido”; “o será que el mercado nos fue tragando / con sus comadres y su algarabía, / que no supimos vernos ni hablarnos / entre anuncios de sopas luminosas, / promesas y altavoces / pregonando los últimos saldos / de la felicidad.); la confluencia de la ternura y el dolor (que tantas veces me recuerda a Vallejo) (“Atrás quedó mi casa, dejé la llave puesta, / las ventanas en vuelo, por si alguna bandada / que perdiera su norte quisiera refugiarse / entre un resto de vino y algunos libros viejos.”) Y el regreso sobre determinados temas recurrentes, con imágenes que dejan una huella profunda en los lectores: el espejo y su “oscura soledad” –el reflejo del propio rostro que supone una amenaza, que provoca desconocimiento– (“a esta postura absurda de hombre sorprendido/ aquí/ vencido/ en pie/ delante/ del espejo”); la persistencia del frío que, en ocasiones, funciona como sinécdoque de la explotación (“Las historias se cuentan con los ojos del frío”; “No te vayas ahora que asedia el frío”; “Es un frío inhumano, es un dolor antiguo / éste que surge aquí, delante de mis ojos”); los paisajes marítimos y los urbanos…
Y el amor, claro, “el viejo amor, / el pobre amor tan viejo, tan torpe, tan cansado”; pero en él ahora la amada no es un ser idealizado, sino alguien real, complejo, cambiante, sometido al devenir del día a día y a sus dolores e injusticias, semejante entonces a esa poesía materialista que se busca. Porque una “otra” sentimentalidad implica también una “otra” manera de entender a la mujer como compañera. Esta idea es el eje que sostiene el magnífico poema de Paseo de los tristes que elijo para cerrar este breve homenaje a Javier Egea y a su poesía.
Sobre el papel
Scriptoiaze esto, sepades, non vos miento.
Gonzalo de Berceo
Quizá te extrañe
–aunque sea coherente para mí–
esta forma de hacerte llegar mis pensamientos,
estas palabras torpes escritas al tirón,
en vez de aquella charla que debimos tener
de tú a tú, entre gentes que debieran quererse.
Pero cuando tú estás, cuando estás frente a mí,
no consigo saber articular
esas piezas extrañas y sin embargo nuestras,
ese puzzle de vasta soledad donde vivimos.
Después de varios años
durante los que fuiste el mapa señalado,
el pequeño horizonte, el cuerpo en llamaradas,
la diminuta y bella revolución
o acaso el sueño que me hizo avanzar,
es cansado y difícil
soportar la consciencia de que nunca se llega.
Es posible que pienses
que quizá con el tiempo te pude idealizar
–nadie está libre de él: el inconsciente ese
de clase tanto tiempo dominadora y sola–,
pero debes saber que ahora no es así,
ahora ya sé quién eres:
una enorme mujer
con los mismos problemas que yo, que él, que todos,
lo que entiendo y respeto.
Ahora ya no me lleva hacia ti
ningún aire de posesión o cosa semejante
sino un hermoso amor,
un infinito y desdichado amor.
Ahora quiero que sepas –aunque sea por escrito–
que ya sólo pretendo desde cualquier distancia
que te sientas más libre de cárcel o de abrazo
y me cuentes a veces –si es posible–
algo de ti.
Sé que la soledad
no se agota en tus labios ni en los míos
y que la vida es dura
trágicamente seria.
Sé que no llegaremos donde tú y yo soñamos,
que la muerte nos une y sin embargo
ahí está el camino:
hermoso y miserable como un torso desnudo,
como un largo relato de amor y explotación.
Hay que avanzar, hay que avanzar.
Pero es necesario
sentir un cuerpo aquí junto al costado.
Ya sé por qué razón
yo quise siempre, siempre trabajar junto a ti.
Con mi mejor amor, Javier Egea.
(Egea, 1996: 79-80)
Bibliografía:
Dvorakova, Paula. “Las paradojas del “otro romanticismo”: la intimidad como resistencia en la poesía de Javier Egea”. Impossibilia nº 5, abril 2013, pp. 47-62.
Egea, Javier. Paseo de los tristes. Diputación de Granada, Colección Maillot Amarillo, Granada (3ª edición), 1996.
García Jaramillo, Jairo. La poesía de Javier Egea. Editorial Zumaya, Granada, 2011.
Rodríguez, Juan Carlos. Dichos y escritos. (Sobre “La otra sentimentalidad” y otros textos fechados de poética). Hiperión, Madrid, 1999.
[1] Siempre me ha llamado la atención esta expresión, ganarse la vida, porque evidencia mediante la expresión lingüística el trasfondo capitalista en el que nos movemos y su visión del individuo como fuerza de trabajo y como consumidor. Llamamos “ganarse la vida” a obtener, mediante el trabajo, el dinero con que pagamos las facturas, la hipoteca, con el que nos compramos la ropa que nos viste, el coche que conducimos, etc… Pero eso no es “ganarse la vida”, eso es sólo cobrar un sueldo: en cuanto que nos paramos a pensarlo nos percatamos de que “la vida” debería tener un sentido mucho más ancho, no limitado a la obtención de una paga mensual con el que sostenerse económicamente. Yo me gano mi vida cuando trabajo, sí, pero también cuando paso la tarde jugando con mi hijo, cuando salgo a pasear con mi pareja, cuando miro envejecer a mis padres, cuando leo, cuando escucho música… Me voy ganando esta vida cuando trato de aprovecharla en todos sus matices, que no se limitan a lo meramente económico, según pretende la expresión comentada.