Ya no tengo un recuerdo que me acoja
A papá
Ya no tengo un recuerdo que me acoja
ni un sueño que me alumbre… Sola y muda,
sin quietud ideal ni lucha ruda
voy en la tarde gris o el alba roja…
Ya nada me entusiasma o me acongoja,
ya nada me combate ni me ayuda…
ya… sólo soy la tierra cruda
para todos los vientos, mustia hoja…
Ni un recuerdo, ni un sueño… nada, nada…
que es la vida una senda siempre errada
donde el Hombre, cansado peregrino,
impulsado por yo no sé qué empeño
deja cada recuerdo y cada sueño
en las ásperas zarzas del camino…
Dulce María Loynaz Muñoz (La Habana, 1902-1997)
Quiero escribir con el silencio vivo
Quiero decir lo que la mano dice.
Porque tú lees mejor el texto vivo
y el alma, en su guerrear callado, escribe.
A veces la ola blanca da en la roca
de espumeantes cavernas y sus fauces
orla con su jirón que hace y deshace
letras que tú descifras. Que la boca
calle y entre a lo blanco en la esforzada
faena que se pierde. La luz poca,
mi alejarme de ti de cada día,
pausas son del sentido, inacabadas
imágenes de mí. La línea tosca
salta y completa tú la melodía.
Fina García Marruz (La Habana, 1923-2022)
Una dulce nevada está cayendo
Una dulce nevada está cayendo
detrás de cada cosa, cada amante,
una dulce nevada comprendiendo
lo que la vida tiene de distante.
Un monólogo lento de diamante
calla detrás de lo que voy diciendo,
un actor su papel mal repitiendo
sin fin, en soledad, gesticulante.
Una suave nevada me convierte
ante los ojos, ironistas sobrios,
al dogma del paisaje que me advierte
una voz, algún coche apareciendo,
mientras en lo que miro y lo que toco
siento que algo muy lejos va huyendo
Fina García Marruz (La Habana, 1923-2022)
Una cara, un rumor, un fiel instante
Una cara, un rumor, un fiel instante
ensordecen de pronto lo que miro
y por primera vez entonces vivo
el tiempo que ha quedado ya distante.
Es como un lento y perezoso amante
que siempre llega tarde el tiempo mío,
y por lluvia o dorado y suave hastío
suma nocturnos lilas deslumbrantes.
Y me devuelve una mansión callada,
parejas de suavísimos danzantes,
los dedos artesanos del abismo.
Y me contemplo ciega y extasiada
a la mágica luz interrogante
de un sonido que es otro y que es el mismo.
Fina García Marruz (La Habana, 1923-2022)
Soneto del acanto
Derecha, bien erguida flor de acanto
sobre la tapia breve de la alberca,
todo un campo de agua se te acerca
mientras entre sus ondas mueves llanto.
Mientras entre tus hojas cierras llanto
y humedeces tu entraña y pones terca
voluntad de crecer sobre la cerca,
con tanto alzarte y con negarte tanto.
Del agua y de su quieta superficie
te vas con prisa y con desdén de rosa,
hasta que el agua sube y toma un tallo
de acanto vertical en la planicie
de su luz, y lo abraza y lo desposa
y besa y mece y cubre de su mano.
María Victoria Atencia (Málaga, 1931)
[Sabes mi corazón como un camino]
Sabes mi corazón como un camino
que hayas cruzado una y cien mil veces,
como el oficiador sabe sus preces.
Haces costumbre del Amor mi trino.
Te sabes de memoria mi destino,
y en su tierra te hundes o te creces,
cosa que no has ganado ni mereces
pero que quiero darte como un vino.
Sabes tanto que sabes que no puedo
llegarme a otra fuente que tu boca
y que no tengo libre la mirada.
Sabes que te prefiero y que concedo
todo lo que tu dulce mano invoca.
Que en ti está todo, y lo demás es nada.
Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1932-Cádiz 2019)
Fresca, lozana, pura y olorosa
Fresca, lozana, pura y olorosa,
gala y adorno del pensil florido,
gallarda puesta sobre el ramo erguido,
fragancia esparce la naciente rosa.
Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
vibra, del can en llamas encendido,
el dulce aroma y el color perdido,
sus hojas lleva el aura presurosa.
Así brilló un momento mi ventura
en alas del amor, y hermosa nube
fingí tal vez de gloria y de alegría.
Mas, ay, que el bien trocóse en amargura,
y deshojada por los aires sube
la dulce flor de la esperanza mía.
José de Espronceda (Almendralejo, 1808-Madrid, 1842)
Al partir
¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
La noche cubre con su opaco velo,
Como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy a partir! La chusma diligente,
Para arrancarme del nativo suelo
Las velas iza, y pronta a su desvelo
La brisa acude de tu zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
Tu dulce nombre halagará mi oído!
¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…
El ancla se alza… el buque, estremecido,
Las olas corta y silencioso vuela!
Gertrudis Gómez de Avellaneda (Santa María de Puerto Príncipe, 1814-Madrid, 1873)