Ni me entiendo ni me entienden
Ni me entiendo ni me entienden;
ni me sirve alma ni sangre;
lo que veo con mis ojos
no lo quiero para nadie.
Todo es extraño a mí misma,
hasta la luz, hasta el aire,
porque ni acierto a mirarla;
ni sé cómo respirarle.
Y si miro hacia la sombra
donde la luz se deshace,
temo también deshacerme
y entre la sombra quedarme
confundida para siempre
en ese misterio grande.
Concha Méndez (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)
Estas que fueron pompa y alegría
Estas que fueron pompa y alegría
despertando al albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana
durmiendo en brazos de la noche fría.
Este matiz que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana:
¡tanto se emprende en término de un día!
A florecer las rosas madrugaron,
y para envejecerse florecieron:
cuna y sepulcro en un botón hallaron.
Tales los hombres sus fortunas vieron:
en un día nacieron y expiraron;
que pasados los siglos, horas fueron.
Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681)
Mientras por competir con tu cabello
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido, el sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello, juntamente,
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 1561-1627)
Otoño
Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.
Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!
¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!
En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.
Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-San Juan de Puerto Rico, 1958)
Esta calma caída en el sublime
Esta calma caída en el sublime
silencio del paisaje abandonado
desnuda mi tormento estructurado
debajo de ese abismo que me oprime.
Si mi labio es la rosa que me exime
del callado torpor de estar callado,
sea mi voz perfume enajenado
hacia el duro fulgor que me redime.
Incendien mis arbustos los metales,
acordes en el canto y la promesa,
coral de los abismos, roncos, ciego.
Mas allá de los astros virginales
lleguen mis manos, con la palma ilesa,
al contacto del fuego de los fuegos.
Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973)
Soneto fecho al itálico modo
En el próspero tiempo las serenas
plañen e lloran recelando el mal;
en el adverso, ledas cantilenas
cantan e atienden el buen temporal.
Mas, ¿qué será de mí, que las mis penas,
cuitas, trabajos e langor mortal
jamás alternan nin son punto ajenas,
sea destino o curso fatal?
Mas emprentadas el ánimo mío
las tiene, como piedra la figura,
fijas, estables, sin algún reposo.
El cuerdo acuerda, mas non el sandío;
la muerte veo e non me dó cura,
tal es la llaga del dardo amoroso.
Íñigo López de Mendoza y de la Vega, Marqués de Santillana (Carrión de los Condes, 1398-Guadalajara, 1458)
Soneto V
En esto estoy estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Escrito está en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.
Garcilaso de la Vega (Toledo, 1491/1503-Niza, 1536)