Uno que fumar quiso cierto día
Uno que fumar quiso cierto día,
dos cajillas compró de escaso peso;
tres chinas les halló, y además de eso
cuatro huesos oriundos de una encía;
cinco espartos; tres pipas de sandía;
seis moscas; dos avispas y algún yeso;
siete granos de sal; de fruta un hueso;
ocho objetos pequeños de herrería;
nueve estaquillas de un botillo viejo;
diez recortes de uñas de algún caco;
once plumas, pelillos de conejo;
doce o más cerdas de la crin de un jaco;
trece pajas; de habas un hollejo…
catorce gramos de infernal tabaco.
Jesús M Jauret (Jaén, hacia 1880)
La fuga inútil
Tímido corzo, de cruel acero
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero;
en vano busca el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
Así la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;
crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.
Juan Meléndez Valdés (Ribera del Fresno, 1754-Montpellier, 1817)
Alegres horas
Alegres horas de memorias tristes
que, por un breve punto que durastes,
a eterna soledad me condenastes
en pago de un contento que me distes.
Decid: ¿por qué de mí, sin mí, os partistes
sabiendo vos, sin vos, cuál me dejastes?
Y si por do venistes os tornastes,
¿por qué no al mismo punto en que vinistes?
¡Cuánto fue esta venida deseada
y cuán arrebatada esta venida!
Que, en fin, la mejor hora fue menguada.
No me costastes menos que una vida
la media en desear vuestra llegada
y la media en llorar vuestra partida.
Inarda de Arteaga (¿?-??)
Casa de los mascarones
el nardo que, eminente
primer rey escogido, ser pudiera
cetro galán del pueblo de las flores,
Pedro Soto de Rojas
No pudo ser galán esa mañana.
Supo tronchados nardos y locura.
Despoblado su cetro de aventura,
tiró su corazón por la ventana.
No pudo ser galán. De porcelana
debiera tener ella el alma pura
para exigir jardines en la oscura
noche del alma bajo la sotana.
No pudo ser. Ni casa ni quimera
ni aquel orden soñado darle quiso
el cielo al que la tierra pareciera.
No pudo su razón ponerle piso
y en la portada de su madriguera
dejóle mascarón por paraíso.
Javier Egea (Granada 1952-1999)
Soneto LXI
Dulce soñar y dulce congojarme,
cuando estaba soñando que soñaba;
dulce gozar con lo que me engañaba,
si un poco más durara el engañarme;
dulce no estar en mí, que figurarme
podía cuánto bien yo deseaba;
dulce placer, aunque me importunaba
que alguna vez llegaba a despertarme:
¡oh sueño, cuánto más leve y sabroso
me fueras si vinieras tan pesado
que asentaras en mí con más reposo!
Durmiendo, en fin, fui bienaventurado,
y es justo en la mentira ser dichoso
quien siempre en la verdad fue desdichado.
Tengo miedo a perder la maravilla
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que me pone de noche en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío.
No me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
Federico García Lorca (Granada, 1898-1936)
Pincel divino, venturosa mano
Pincel divino, venturosa mano,
perfecta habilidad, única y rara,
concepto altivo do la envidia avara,
si te la piensa enmendar, presume en vano.
Delicado matiz, el ser humano
nos muestra cual el cielo lo mostrara;
beldad cuya beldad se ve tan clara
que al ojo engaña el arte soberano.
Artífice ingenioso, que sentiste
cuando tan cuerdamente contemplabas
el sujeto que muestran tus colores,
dime: si como yo la viste,
el pincel y la tabla en que pintabas
y tú ¿cómo no ardéis, cual yo, de amores?
Gutierre de Cetina (Sevilla, 1520-Puebla de los Ángeles, México, 1554)
El poeta pide a su amor que le escriba
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.
Federico García Lorca (Granada, 1898-1936). Sonetos del amor oscuro.