Soneto500

Soneto a algunos poetas

Todas vuestras palabras son oscuras.
Avanzáis hacia el hombre con serena
palidez: miedo trágico que os llena
la boca de palabras más bien puras.

Decís palabras sórdidas y duras:
«fusil», «muchacha», «dolorido», «hiena».
Lloráis a veces. Honda es vuestra pena.
Oscura, inútil, triste entre basuras.

España es una plaza provinciana
y en ella pregonáis la mercancía:
«un niño muerto por una azucena».

Nadie se para a oíros. Y mañana
proseguiréis llorando. Día a día.
… Impura, inútil, honda es vuestra pena.


Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008)

Soneto LXVI

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.


Pablo Neruda (Parral, 1904-Santiago de Chile, 1973)

Soneto XXII

Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
en regiones contrarias, en un mediodía quemante:
eras sólo el aroma de los cereales que amo.

Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa
en Angol, a la luz de la luna de Junio,
o eras tú la cintura de aquella guitarra
que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.

Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.
Pero yo ya sabía cómo era. De pronto

mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:
frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.


Pablo Neruda (Parral, 1904-Santiago de Chile, 1973)

A Beethoven

Esa luz sobre el mundo, esa alegría
que del dolor brotó, firme e ilesa,
y ese tullido éxtasis, y esa
giratoria guirnalda noche y día,

y esa música, en fin, ¿es que reía
Julieta así, miraba así Teresa?
¿Son ellas? ¿Eres tú? ¿Qué fiel promesa
ilumina esas nubes todavía?

Contigo voy, a navegar los lagos
de tus sonatas, cálidas de halagos,
madres de almas salvadas de la nada.

Que al vuelo de la noche desvaría
esa música o lumbre enamorada,
la luna: quasi una fantasía.


Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987)

Destino

Entre ti, soledad, me busco y muero,
en ti, mi soledad, mi vida sigo,
vencida por tus brazos voy contigo
y allí te aguardo donde ya no quiero.

Desde siempre en mi calle yo te espero,
y amante de mis noches te persigo,
si alguna vez, dolida, te maldigo,
desde tu ausencia, triste, desespero.

Me diste la esperanza de tenerte
en mi dolor. Guiada por tu mano
subí los escalones de la muerte.

Aquí donde a tu sombra soy crecida,
el tiempo, tuyo y mío, va cercano,
dejándome la sangre ya cumplida.


Elena Martín Vivaldi (Granada, 1907-1998)

A Clori

Sentir de una pasión viva ardiente
todo el afán, zozobra y agonía;
vivir sin premio un día y otro día;
dudar, sufrir, llorar eternamente;

amar a quien no ama, a quien no siente,
a quien no corresponde ni desvía;
persuadir a quien cree y desconfía;
rogar a quien otorga y se arrepiente;

luchar contra un poder justo y terrible;
temer más la desgracia que la muerte;
morir, en fin, de angustia y de tormento,

víctima de un amor irresistible:
ésta es mi situación, ésta es mi suerte.
¿Y tú quieres, crüel, que esté contento?


Melchor Gaspar de Jovellanos (Gijón, 1744-Puerto de Vega, 1811)

La mano de un joven muerto

Esta mano que ayer cortó una rosa
y esta rosa cortada en una mano,
esta que aún dormido estoy mirando
y esta que aún despierto no se borra.

Este nardo que ayer fuera paloma
y esta paloma fija que fue nardo,
este campo de nieve de una mano
y esta mano tranquila que reposa.

Esta cosa que canta y esta cosa
que desciende del cisne por su canto
sólo esta mano y esta mano sola,

Aquí la podéis ver a cualquier hora
esta que aún dormido estoy mirando
y esta que aún despierto no se borra.


Nicanor Parra  (San Fabián de Alico1914-Santiago de Chile, 2018)

De piedra, de metal

De piedra, de metal, de cosa dura,
el alma, dura ninfa, os ha vestido,
pues el cabello es oro endurecido,
y mármol es la frente en su blancura.

Los ojos, esmeralda verde y escura;
granata las mejillas; no fingido,
el labio es un rubí no poseído,
los blancos dientes son de perla pura.

La mano de marfil, y la garganta
de alabastro, por donde como yedra
las venas van de azul muy rutilante.

Mas lo que más en toda vos me espanta,
es ver que, por que todo fuese piedra,
tenéis el corazón como diamante.


Luís Vaz de Camoens (Lisboa, 1524-1580)