Escala. Ernesto Pérez Zúñiga

José María Pérez Zúñiga

Texto de la presentación de Escala (poesía 1991-2023), de Ernesto Pérez Zúñiga, publicado por Sonámbulos Ediciones, el día 29 de abril de 2023 en la Feria del Libro de Granada

Por José María Pérez Zúñiga

El día 16 de marzo de 2011 fue un día especial para mí, pues gracias a la invitación de Javier Bozalongo presentaba a mi hermano Ernesto en el ciclo Poesía en Palacio, y doce años después vuelvo a acompañarlo, también gracias a Javier, en la presentación de Escala, esta hermosa antología de la poesía de Ernesto que ha publicado Sonámbulos, una editorial que tiene la fortuna de tener a un editor como Javier, que ya ha levantado otros proyectos y que con Lola Maleno, Ramón L. Pérez, Joaquín Puga y Daniel Fajardo están convirtiendo este sello en una referencia.

A mi hermano Ernesto lo recuerdo volviendo tarde a casa y metiéndose en mi habitación, protector y celoso a un tiempo, contándome lo que había hecho esa noche, interesándose por lo que yo leía o escribía, recomendándome algún libro, autores que luego tendrían mucha influencia en mí: Franz Kafka, Haruki Murakami o Justo Navarro, al que poco después conocería personalmente. Otras veces era yo el que se acercaba a su cuarto para pedirle una cinta de música o para que me corrigiera un poema, y solía encontrarlo tumbado en la cama, leyendo bajo la luz del flexo, muchas veces con un cigarrillo en la boca. Porque a mi hermano Ernesto lo conocí verdaderamente a los catorce años, cuando le conté que escribía, y me gustaba verlo en los recitales de la Tertulia y el Harén de Arquímedes, donde ejercía como lo que es, un ser auténtico, que a menudo se pregunta “Hacia dónde”. Y se contesta: “Hacia la intensidad de seguir siendo” (cito unos versos de Calles para un pez luna).

Ernesto se deja llevar por el lenguaje, por la elección de la palabra precisa y esclarecedora, y la voz de sus novelas, cuentos y poemas es una melodía que nos lleva por los laberintos del sueño y la conciencia, que es una conciencia ética. Porque el autor, como el narrador o el poeta, realiza un viaje, y en los libros de Ernesto el lenguaje es acción que busca el tesoro de la Isla de Stevenson, aunque al final descubrimos que ese tesoro está en el interior de uno mismo. Este viaje se realiza a través de la escritura, y esa búsqueda está presente en la mayoría de sus libros. En Ella cena de día (publicado en el año 2000 por la editorial granadina Dauro) eran Mensajes en el corazón de una botella, Historia de esfuerzos desperdiciados, Canciones de Mercantes, Ruleta Rusa, Mesa de Cartas y Rusa Mercante, los seis cuadernos de este libro, donde podemos leer: “Trata de que uno es su propio enemigo./ Tú, que eras el tesoro y me has vencido,/ lo sabes: contra sí mismo uno vive./ A mí mismo entre nieblas veré diciendo adiós,/ detrás de los cristales.”

 En Calles para un pez luna (2002), su siguiente libro de poemas (con el que ganó el V Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, y publicado por la editorial Visor), paseamos por una sociedad fantasma con las cartas de un cuaderno con hojas colonizadas por las algas, y este Jonás es un ser que reflexiona y dice: “Estoy vivo, lo escribo todavía./ Leemos las palabras de los muertos/ buscando como buzos inexpertos/ con prisa el aire, escribo todavía”.

Una voz de visionario que tiene continuidad en los Cuadernos del hábito oscuro (Candaya, 2007), con el que comparte estructura, pues lo que allí eran las palabras de un cuaderno hundido en el mar, aquí son las “Hojas del libro de los monstruos”, “Hojas del libro encontrado en el bosque”, y “Hojas del libro de la casa vacía”, que recorre la figura del hombre bonsái, que es fantasma y monstruo a un tiempo: “Yo soy el hombre bonsái/Todo/nada// Yo no soy lo que podría// Muero/ vivo// del deseo al sinsentido”.

 Y estos son fantasmas interiores que comunican el mundo de los vivos y de los muertos en Siete caminos para Beatriz (Vandalia, 2014), donde nos adentramos en el infierno de Dante para encontrarnos a todos los otros que son nuestro yo. Allí nos habla el ciego Pew (otra vez La isla del tesoro): “Fue en los acantilados./ Un soldado muy joven soltó su cofre sobre un rectángulo recortado/ en el precipicio y se suicidó tras él./ Pasó el fantasma de un niño entre los rostros que silbaban en la/ pared, burlándose,/ y se topó de frente con el viejo tendero sacasangres”. Y en la Laguna Estigia vemos como olean suavemente las pantallas de una ciudad vacía, electrónica.

Ernesto indaga en el santo y el diablo que hay en cada uno de nosotros, y esa dualidad impregna sus libros, híbridos donde mezclar los géneros, utilizar sus armas, romper sus reglas. Porque cada libro es un intento de aprehender la realidad y aprehenderse uno mismo, y eso pasa por arriar velas, remar, tirarse al agua, tragar agua y, a la mañana siguiente, ser otra vez el mismo. Parafraseando un fragmento de Lance (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2021): “Bebo como un inmortal/ pero hacemos el amor como si fuéramos a morir en ese instante/ plenos de fundirnos/ en órganos que estallan” (…). “Bebo como un inmortal/ y sé que cada sorbo me acerca a la muerte/ y que los mortales sólo podemos libar/ eternidad/ en la flor fugitiva”.

Este crecimiento personal y espiritual culmina en las cartas hasta ahora inéditas con las que concluye por el momento esta escala, y la ultima empieza y termina así:

“No hables más con los santos de manos guarnecidas/ (…)”

“Las palabras externas/ ocultan palabras/ mejores./ Alumbrarán el centro del diamante./ Siempre el Misterio tuvo la palabra”. Ernesto tiene la palabra.

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